EL SUSURRO DE FRANK

No es una hora taurina. Son las siete menos veinte de la tarde. Queda un último sorbo de café frío en mi taza de Mickey – a penas un chorreoncito de leche desnatada y ningún tipo de edulcorante -. Imagino un cenicero rebosante de colillas de un tabaco que fumamos a medias. Libretas abiertas a mi alrededor y notas por tomar. La cabeza, la imaginación, me van más rápido que las manos.
La habitación donde estoy, mi salón, se va volviendo gris, se cierne un atardecer monocolor. Quizás sería adecuado encender alguna luz, pero dejo que la prematura nocturnidad me abrace. Es un abrigo estéril. La poca claridad que entra es a través de los dos ventanales que tantas veces me llenan de sol. Los cristales están llenos de lunares de gotas de lluvia; lunares que a veces lagrimean. Las persianas se bambolean al ritmo de un viento marítimo en el secano de olivos. Quizás está agresivo porque no sabe dónde está. Me recuerda a esas moscas tozudas que intentan una y otra vez atravesar un cristal.
Estoy sentada en el sofá. Mi espalda en el brazo del sillón y la cabeza apoyada en el respaldo. Soy una ele torcida como la caligrafía de las niñas que estudiaban en las monjas. Seguramente me duela después la espalda, pero estoy muy cómoda. Las piernas cruzadas «a lo moro» que se decía cuando yo era pequeña, quizás sea hoy una expresión políticamente incorrecta. De rodilla a rodilla los cantos del ordenador y su pantalla de luciérnaga. Me cubro con una mantita beige, más que calor da compañía.
Como una diadema de las que llevaban las realezas europeas me sujeto la leonina melena con los auriculares. Son rosas, muy poco discretos, pero consiguen que la música me envuelva y no haya nada más a mi alrededor.
En esta tarde lluviosa y nostálgica es Frank Sinatra quien me susurra palabras de amor al oído, siempre una magnífica orquesta acompañando a la mejor voz. Me imagino esos maravillosos ojos azules con su sonrisa de medio lado cantando para mí. Me veo glamurosa con un elegante traje de noche que me acaricia la piel y que me caiga hasta el suelo. Más vestida que nunca y a la vez sensualmente desnuda para el ojo que sepa mirar. Me supongo envuelta en raso verde, un verde claro, pero no infantil. Con un escote atrevido pero no vulgar. Calzada con unas maravillosas sandalias doradas hechas para bailar.
Me veo en el centro del local, de pie, sabiéndome observada por los demás y dueña del mensaje musical de Frank. Y cuando, por fin, vaya a sentarme en la mesa reservada para mí, ver su mano extendida para bailar con él.
O quizás sea mejor imaginar un viejo todadiscos danzando con un vinilo de Frank,mientras tú y yo bebemos lentos, con la  pausa que precisan la urgencia de los besos. Saboreas el bourbon en mi boca mientras yo muero en el suspiro de la tuya. Y sabremos que el tiempo pasa sin urgencia, buscando la comodidad y provocando el deseo. Esperarás que el disco se acabe para que yo me levante y disfrutarás viéndome andar con el sensual caminar del equilibrio de mis botas de tacón alto. Notaré tus ojos clavados en mi espalda. Y cuando Sinatra vuelva a cantar para nosotros, se nos atropellaran las caricias, los besos y el alcohol ardiendo por nuestras gargantas.
Pero la realidad es que ya se ha hecho de noche, la persiana sigue siendo compás del Rat Pack, Frank sigue regalándome la banda sonora de mi tecleo, invitándome a volar ahora, y la lluvia sigue obstinada resbalando por los cristales. Y yo mientras sigo preguntándome dónde estás ahora…

(A Flora, que me empuja)

EL DESPERTADOR

Sonó el despertador y lo apagó de malas maneras. Lo hubiera tirado contra la pared si no temiera un desconchón o una antiestética raya negra en mitad de la misma. Cómo se podía odiar tanto a un ser inerte.
Al final siempre era igual, incorporarse despacio y buscar la goma del pelo que ya se había vuelto a perder. Recogerse el pelo de cualquier manera y buscar mientras las zapatillas. La de veces que se decía que en las películas siempre estaban perfectamente alineadas al lado de la cama, incontables las ocasiones que se proponía hacerlo. Nunca lo había conseguido. Ni un solo día. Era propósito de primera hora que no llegaba a la noche.
Pasar por el baño. Olvidar poner el agua caliente para lavarse las manos y desechar la idea de hacerlo ya para bajar la hinchazón de los ojos. Hacer a tientas un café. Mordisquear con ganas una tostada.
Es más literario suponer que se come sin ganas, pero ella comía con ganas y más el desayuno. Ni las lágrimas le quitaban el hambre. Bueno, no era cierto, antes las lágrimas no le quitaban el hambre, ahora -sería cosa de la edad- podía pasar sin comer con más facilidad.
Hoy tenía hambre, se analizó, podía comerse todo el pan que quedaba. Despacio, sin prisas, disfrutando y reflexionando. Tostadas con aceite, con mermelada, con jamón de york, más café…pero no podía. La esclavitud de la dieta y de la talla de la ropa era una espada de Damocles pocas veces pregonada.
Ducha, arreglarse y correr. No era vida. En algún momento alguien debería parar el mundo tal y como estaba establecido. Esta vida no era lo que esperaba. Era malvivir. Tampoco podía quejarse demasiado. Luego le reprochaban que era una quejica.
En ese momento le vino a la mente la conversación de la noche anterior. (Bendito internet, cuánto le acompañaba.) Casi pudo sonreír cuando recordó como le afeaban las conductas femeninas. Así, en general, sin paños calientes, le criticaban que las mujeres lanzaban mensajes de amor esperando un hombre perfecto. ¡Sin ser ellas perfectas!
Le dolió, bueno, no fue dolor, fue orgullo herido por el comentario porque ella no era así. Siempre tuvo los pies en la tierra, a veces hundidos en el fango. Tenía claro que estaba llena de defectos y sabía que el amor no era algo etéreo y de cuento de hadas.
Los príncipes azules la mayoría de las veces llevaban un mono de trabajo y en ocasiones, un traje de chaqueta. No habían nacido para complacer a la mujer como a una infantil princesa caprichosa sino para crear juntos una dualidad de apoyo mutuo. Limar defectos, aunar virtudes. Ser feliz sin la estridencia del cinemascope. Y además las mundanales características del sexo, el día a día, la ropa por planchar.
Es cierto que algunas no lo habían entendido y seguían buscando. Lo triste es que a veces hacían mucho daño a su paso. Llegaría el día en el que la sensatez entrara en sus vidas y fueran conscientes de que perdieron trenes que merecía la pena tomar. Puede que luego fuera un viaje divertido o nefasto pero siempre quedaría la experiencia.
Y luego estaban las inmovilistas, las que se habían creído que sólo con subirse a un pedestal a que las observaran era suficiente. También es cierto que había visto a más de uno sucumbir a historias parecidas, incluso ellos mismos las ponían en un pedestal sólo para disfrutar de su joyita. Luego se quejaban de que les faltaba acción…Pero claro, a ver quién era la lista que les hacía ver que la culpa era de ellos.
No era justo que las metieran a todas en el mismo saco, pero en el fondo lo comprendía. Tampoco iba a luchar por hacerles cambiar de idea, ni a los unos, ni a las otras. Eso también lo había aprendido: era inútil. 
En el fondo, era imposible establecer reglas generales, filosofó, generalizar era un defecto y más en estos temas. Pero era inevitable. Al final, siempre nos movíamos en el debe y el haber. En cómo debería ser y cómo lo hacemos. Qué esperamos y qué ofrecemos.
Dejó de sonreír recordando la conversación anterior, dejó de tener pensamientos profundos, apartó de su mente las posibles respuestas que daría a quien le hablara de esas generalidades sobre las mujeres. Se quedó mirando fijamente a su enemigo público número uno. El despertador con sus luces fluorescentes le recordó que de manera irremediable, llegaba tarde a trabajar…

CABALLEROS

Hoy me quiero solidarizar con el hombre moderno. Es cierto que lo he hecho en  más de una ocasión, pero estoy convencida de que en estos tiempos inciertos-ya, la frase no es mía, ni tan siquiera es original- es el sexo débil. Ruego encarecidamente que no entremos en tipificaciones específicas, es decir, sé que hay luchadores de sumo, violentos ultras, aguerridos esteparios, pero yo me refiero al hombre normal. Bueno, voy a puntualizar, al hombre normal y educado.
No hace tanto todos los hombres pese a su condición humilde tenían una cierta educación y saber estar. Puede que no tuvieran estudios, que trabajaran de sol a sol, que apenas tuvieran tiempo de enamorarse de su maestra, pero sabían estar donde correspondía en determinados momentos. Habrá quien me diga que era miedo o represión, yo no lo creo, pienso que era más bien cuestión de respeto.
No sé si lo he comentado alguna que otra vez, pero de los hombres más educados y cultos que recuerdo en mi vida, por encima de algún Obispo, estaba el charcutero al que íbamos en el Mercado (Plaza de Abastos me suena mucho más bonito, y así se llama). Llevaba toda su vida detrás del mostrador y se jactaba de cortar, de espaldas y a cuchillo, el salchichón en lonchas finitas. Yo nunca lo vi porque ya llegué en la época de las cortadoras de fiambre automáticas pero de lo que nunca presumió era de la educación y el saber estar que tenía. Y sin embargo era excelente. Más mayor, él y yo, cuando ya podía darle el dinero sin ponerme de puntillas, me enteré que era un sabio que además dominaba el Quijote y sus recovecos. A penas estuvo en la escuela: leer, escribir y las cuatro reglas.
El hombre educado de hoy -repito que no tiene que ver con posición económica o social, estudios superiores o zona geográfica- tiene una difícil tarea para constar como un señor y a la vez no herir nuestra independiente sensibilidad femenina.
Por ejemplo, a las mujeres nos gusta el gesto de que nos ayuden a ponernos o a quitarnos el abrigo, sabemos hacerlo solas, es cierto, pero es un gesto de elegancia que agradecemos. También la de que nos presten la chaqueta si hace mucho frío. No pasa nada por abrir la puerta del coche solas, pero si está lloviendo y te sujetan el paraguas mientras la abres para que no te mojes, pues ese caballero gana enteros.
Sin embargo ha habido costumbres que se han tenido que ir desterrando, más que nada por miedo a morir desangrados por mirada letal. Hoy ningún hombre te elige lo que vas a tomar de cena. Puede que el chef sugiera, que te comenten el plato estrella, pero jamás se decide que vas a tomar o cual vino se va a pedir sin una conversación previa, aunque sólo sea «Elige tú que conoces mejor el local».
Como estos ejemplos, muchos, y yo les tengo cierta consideración a los que se esfuerzan por ser unos caballeros y a los que lo traían aprendido de hace años y se intentan poner al día, limando lo obsoleto. No lo reconocerán, pero estoy convencida de que les gusta pensar que son, a diario, caballeros elegantes de chaqué y británicos modales. Porque además saben que un señor que se precie es un derroche de masculinidad.
A mí, en el fondo, y en las formas, me producen cierta ternura…

MERIENDAS

Querida amiga:
¿Te acuerdas cuando éramos pequeñas? ¿Tienes el sabor aún del último bocado de la merienda? Casi puedo vernos con la boca llena, haciéndonos aspavientos exagerados, citándonos para continuar el juego.
¿Recuerdas aquel día en el que me castigaron y tú estuviste enfrente de mí todo el tiempo? Yo estaba en una silla del pasillo, sentada y en silencio, asumiendo que había contestado algo inadecuado y fue cuando llegaste tú. Mamá te dijo que yo no podía ir a juagar y tú te autoexpulsaste del juego para quedarte a mi lado. Bueno, frente a mí. Jamás tuve una conversación más elocuente sin decir una sola palabra. Nos reíamos con los ojos y vocalizábamos palabras sin sonido. Ahora, con la edad, supongo que mamá lo veía y callaba risueña. Pero qué listas nos creíamos entonces…
¿Y cuándo fuimos solas a comprar ropa? No sé como no nos echaban de las tiendas. No siempre eran grandes tiendas de moda donde coges lo que quieres y vas al probador…volvíamos locas a las dependientas, pobres, sin llevarnos nada. Aún tengo remordimientos, pero en nuestro descargo diré que, por lo menos yo, no tenía mala intención.
Qué importante nos sentimos cuando por fin, pasada la madrugada, fuimos a las fiestas sin vigilancia. Te recuerdo con los ojos muy abiertos, entre el miedo y la expectación. ¿Recuerdas aquel chico que nos preguntó el nombre? Soy incapaz de recordar como se llamaba, apenas su rostro, pero con la emoción a ti se te secó tu propio nombre y yo, siempre tan elocuente, dije el de las dos. Fui consciente de que habíamos dejado de ser niñas, por fin.
¿Qué pasó luego? ¿Cómo avanzó todo tan deprisa? ¿Cuándo el tiempo dejó de contarse por horas de colegio y lápices sin punta? ¿En qué momento los juguetes se cambiaron por los diarios íntimos y los peluches se convirtieron en compañeros a los que abrazar cuando nos sentíamos las «más desgraciadas del mundo»? ¿Dónde están esas noches de estudio y risas? ¿Por qué se fueron las tardes de bizcochos y chocolate?
Nos hemos hecho mayores amiga. Somos nuestras madres y a duras penas nos reconocemos en el espejo. Hacemos dieta, usamos cremas, vamos al gimnasio y no hay  duda, estamos estupendas, pero se nos fue la magia del olor a plastilina, de los primeros besos, de creer que ir de la mano por la calle era una osadía, de hacer apuntes con rotuladores de colores…
Quizás, en el fondo de nuestra mirada o en el dibujo de nuestra sonrisa nos quede parte de la infancia. Confío en eso. A fin de cuentas, amiga, somos lo que fuimos.
Me despido ya querida, ya hablaremos como tantas otras veces, pero hoy he tenido un ataque de nostalgia. Lo más seguro es que necesite merendar.

DEFRAUDAR

Aunque parece que ya estamos más avanzados, la verdad es que todavía no se habla con normalidad de los sentimientos. Quizás sea que el sentir, como acto íntimo y subjetivo, lleva aparejado cierto grado de incomunicación. Puede que la naturaleza de lo que sentimos sea la del silencio.
Es cierto que hemos superado algunas barreras. A Dios gracias, las mujeres que sufren maltrato van a denunciar, los niños no temen a sus padres y hay amigas (o amigos) que no prejuzgan y saben consolar, sobre todo en tema de amores. Pero hay temas que no se abordan y si se hace es de puntillas. Todos los sentimientos que llevan anudada la vergüenza.
Yo no sé si a los demás también les pasa. Supongo que también podríamos establecer diferenciación entre la teoría y la práctica. Soy una firme defensora de que en teoría todos conocemos cómo quisiéramos ser y cuáles son los valores que nos gustarían que nos adornaran. Otra cosa es que consigamos tenerlos.
Yo, en la teoría y en la práctica, odio defraudar.
Creo que es de las cosas que más me atormentan. Me quita el sueño, me desliza las lágrimas. Saber que alguien espera algo de mí o merece un comportamiento determinado por mi parte, y no ser capaz de hacerlo me desgarra el alma. No me importa que mi inactividad (o error) haya sido queriendo o sin darme cuenta. Me da igual que me haya esforzado, incluso por encima de mis limitaciones personales, si al final no he acertado, me hundo.
Soy consciente de que hay personas que no miran lo que piensan los demás, sé que hay cierta autocomplacencia sobre los actos propios. «Yo he hecho lo que he podido». «Esto es lo que hay, al que no le guste que no mire». «¿Cómo voy a saber lo que quieres si no lo dices?» «Lo hecho, hecho está». Yo reconozco haber caído alguna vez en esto, sobre todo si no afectaban a nadie o yo no les daba importancia. A posteriori, en ocasiones, me di cuenta de que sí que afectaban o que eran importantes, y entonces surge el remordimiento.
Sí, es remordimiento, pesar, angustia, vergüenza…Es una amalgama de sentimientos de culpabilidad y sonrojo interior que me paraliza. Pese a mi mala memoria (selectiva, dicen algunos) esos momentos no los olvido nunca. No es por orgullo malherido, no es por odio a quien me afea o me recrimina con cariño una mala conducta, no es porque me haya molestado una mirada de desencanto…es la horrible losa de haber fallado a quien no lo merecía.
Supongo que a alguno de los que me leéis aquí os habré fallado alguna vez. No tengo excusa. Sólo os pido perdón y gracias por seguir ahí, pese a todo.