¿CAMBIARÍA ALGO?

Volvía sobre sus pasos, la humedad cayendo sobre sus hombros le obligó a subirlos levemente hacia el cuello en un estéril instinto de cobijo, el gesto al instante lo reconoció como absurdo y relajó la postura e incluso levantó el mentón con cierto orgullo y muestra de desafío. Gotas finas de lluvia empezaron a mojar su pelo y no hizo nada por evitarlo, dejó a su espalda una de esas preciosas puestas de sol que llenan fotografías que ahora, casi con seguridad, estaría coronandose con un idolatrado arcoiris y el sonido de sus pasos fue la banda sonora de un decisión.
Minutos atrás aun le surgían las dudas, jugueteando con el borde de su copa mantenía la tensión en la conversación mientas se concentraba en lo que realmente era importante: sus pensamientos. Tenía una extraña habilidad para parecer interesada en un diálogo incluso juguetona e irónica, cuando en realidad sus verdaderas preocupaciones estaban muy lejos de esas palabras.
Pudiera decir alguien que era un rasgo de maldad, de  castigadora femme fatale, incluso de mala educación, no lo negaría, bueno, de esto último seguro que no lo era, el interlocutor a duras penas era consciente de  abstración y hasta se sentía halagado pero ¿pará que entrar en consideraciones absurdas sobre el nombre de las cosas?
La realidad era que un persona tenía que ser un mínimo de inteligente e interesante para que consiguiera su atención. ¿Tenía ella la culpa de que sus mínimos fueran máximos para los demás? Una de las siete plagas era la mediocridad y estaba segura que las langostas o cualesquiera que fueran las otras no eran más que una metáfora, una licencia del autor y en realidad estaban retratando el conjunto de seres sin aspiraciones, sin ganas de superación y sin estilo.
Casi llegaba a su destino y ya el pelo empezaba a gotearle por su rostro, marco acuático para los que algunos llamaban “insultante belleza”, disfrutó de la sensación y la conversación anterior con aquel emisor de mediocridades pasó al olvido y ahora, chorreando agua y carácter, concentrada en aquellos otros pensamientos que se balancearon al filo de su copa sonrió con la elegancia de una media sonrisa, su decisión, ya firme, era inamovible, se había basado en una condicionalidad “Si las cosas fueran distintas, ¿cambiaría algo?” Y al apurar su copa se respondió, no…no cambiarían.

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