EL DON

Mi hija pequeña que es niña y ejerce de serlo, -sin ningún interés feminista, machista, neutro o como sea la disculpa que tengo que tener, que luego ya se sabe…- ha seguido con pasión las historias de «Campanilla» .
Para los que no se hayan adentrado en ese fascinante mundo aclaro, el hada dicharachera de «Peter Pan» de cierto genio y celosa de la encantadora y almibarada Wendy, tomó protagonismo en un momento dado, y Disney decidió hacer un par de películas y editar unos libros donde se conocía a la pequeña hada y su vida en la «Ensenada de las Hadas», que es donde vive. Allí, se aprende que cada hada tiene un don, que es lo que sabe hacer bien, unas son recolectoras, otras son hadas del agua… Y a mi me gusta esa idea del don.
Hay personas con el don de saber escuchar y personas que tienen unas manos angelicales para la costura, la pintura, la cocina, la escultura o la música. También existen los que tienen un don para la palabra.
Los que tienen este don y lo utilizan son pocos, menos de los que creen tenerlo, que a veces algunos se llenan de ínfulas antes de tiempo…o tras muchos años. Ahora bien, cuando se tiene de verdad y se fomenta es una delicia para los que leemos. No se necesitan muchas páginas, tampoco tiene que ser un texto barroco, no hay que llenar líneas de sinónimos imposibles, ni hacernos sucumbir a la reflexión extrema.
La lectura es un placer. Hay autores que como el sabor de tu helado favorito, te gusta desde pequeña y le eres fiel por encima de cualquier cosa (bueno, casi), otros autores te van gustando con el transcurso de los años, a base de edad se van añadiendo a la lista de lectura temas y formas de escribir más complejas, en ocasiones te ligas a la obra de un autor en función del momento que vas viviendo, sucede igual que ocurre con la música, hay días que necesitas a Metallica subiéndote el ánimo, a Elvis para disfrutar de un día redondo o lo más melancólico de Barbara Streisand para regodearte en tu dolor, por poner unos ejemplos musicales cualquiera…
Personalmente hay algo que me produce mucho placer, es algo de lo que disfruto en la intimidad de mi soledad con un libro (o la pantalla) y es cuando descubro a alguien que creo que tiene el don, me emociona pero mantengo una prudencial reserva. Entonces le sigo y compruebo si es cierto y si mis pálpitos son realidad es cuando egoístamente me callo y durante un tiempo esos textos y yo tenemos una relación en la clandestinidad, conociéndolos bien, y después de haber gozado de su compañía, sólo entonces, me atrevo a hacerlo público y le cuento a los míos lo que se pierden y así tras el privilegio que me concedí comparto que he descubierto un gran autor…y quizás ese sea mi don.

PELDAÑOS CON WHISKEY

Venía caminando por la acera, eran pocos metros desde aquel magnífico coche. A penas veinte pero su paso lento y firme hacía que parecieran la quinta avenida.
Él era un tipo duro, un hombre que pese a no tener mucha altura poseía una gran sombra, se sentía su presencia antes de que llegara, atraía la atención. En realidad solo era un chico de la calle que consiguió encauzar su frustración a costa de peleas ilegales, matones de trajes baratos, y whiskey con regusto a matarratas.
Tuvo compañeros, súbditos, sicarios a sueldo, asustados hombres que temían por su vida bajo la mirada tuerta de su pistola, mujeres llorosas por continuar a su lado viviendo un poco mejor de lo que lo hacían antes en el arroyo en el que le conocieron, barman solícitos y muchos conocidos. Tuvo todo eso, pero nunca amigos, no tenía a nadie a quien acudir, ni le tentaba la idea. Él era la voz y el poder que los demás temían, de los pocos valientes intentaban plantarle cara nunca más se supo, otros más inteligentes se ofrecían a sus servicio, y también le pedían dinero a un adecuado interés…con penalizaciones muy justas, dijera lo que dijera el fiscal del distrito.
Ella era pequeña e inteligente, demasiado guapa para llorar y demasiado lista para conformarse con la triste vida de pobre chica que le había tocado en suerte. No confiaba en nadie y nunca se había enamorado, ambas debilidades podían apartarla de su plan de vivir en una gran casa sin tener que preocuparse ni de hacer un café.
Sabía perfectamente a quien se acercaba cuando hizo lo imposible por sentarse a su lado, se acomodó como sin ganas, ajena a las miradas que la atravesaban como puñales provenientes de una simple mujerzuela que se había ausentado minutos antes al baño. La ignoró, suspiró hipócritamente y siguió la conversación con él…con monosílabos con sabor a parrafada, y consiguió lo que casi nadie había hecho: hacerle hablar.
El corpulento varón no sabía bien como se perdió en esos ojos oscuros y por qué empezó a descargar en su fragilidad todo su pasado, pero lo hizo, y ella le escuchaba atenta hasta que rompió a llorar y él, desconcertado por primera vez en su vida, no supo reaccionar.
Sus lágrimas le aturdían y no sabía qué decir, qué hacer, se sitió desarmado mientras su pistola seguía en el mismo sitio que siempre, sólo sentía ganas de hacer lo que fuera, matar a quien hiciera falta, poner la ciudad a sus pies si era lo que necesitaba pero que el torrente que resbalaba por su rostro parara.
Entonces, con la suavidad torpe de unas manos que nunca habían acariciado con el corazón, le secó las lágrimas y le levantó suavemente el mentón buscando con su mirada los labios de ella. La besó despacio sin la acostumbrada prisa del beso vacío de la premura del sexo. Se dio inmediatamente cuenta de que algo no iba bien, ¡maldita sea! se había enamorado.
Y mientras ella sacaba su polvera para intentar hacer desaparecer los surcos en el maquillaje con coquetería, sonreía para sus adentros. El primer peldaño de esa gran casa, ya lo había subido.

ABSTINENCIA

La Real Academia de la Lengua Española, la RAE para entendernos, es ese sitio donde hombres y mujeres hablan del idioma, le ponen normas que ellos se saltan y llegan tarde a la realidad coloquial y escrita del español (o castellano o como quieran decirle, que depende mucho del que se exprese respecto el idioma…) pero que por otro lado edita un diccionario que así en grandes rasgos, es ese libro gordo donde vienen todas las palabras y lo que significan. Y eso está muy bien.
Pues esta antiquísima Real Academia define la palabra Abstinencia, del latín abstinentia, en su segunda acepción, como: «Virtud que consiste en privarse total o parcialmente de satisfacer los apetitos». Demoledor.
Creo que no hay una palabra más poco agradable, menos simpática, y más coercitiva. Dar de lado a un placer además siendo consciente de que se está abandonando la posibilidad de disfrutar de éste, sea el que sea. Porque no todos tenemos los mismos apetitos, nos hacen disfrutar las mismas cosas o nos satisface de igual manera una realidad.
Abstenerse puede llegar a ser una manera de no dar una opinión, de no comprometerse con un momento determinado, no expresarse en favor o en contra de una disyuntiva. Eso puede estar bien, aunque personalmente no estoy muy por la pasividad de decisiones y las personas tibias que no se definen en la vida o frente a problemas o cuestiones de mayor o menor relevancia, es decir, me fastidia el que no toma decisiones en su comunidad de vecinos (y luego se queja) y el que no vota a nadie (y protesta por todo), por poner un ejemplo.
Pero la Abstinencia, ¡esto ya son palabras mayores!, es realmente condenarse en vida, no dejarse llevar, no satisfacer lo que deseamos…eso no puede ser bueno, estoy segura que habrá médicos que estarán en contra y movimientos ciudadanos establecidos en plataformas, con su correspondiente subvención, que están inmersos en actividades reivindicativas en contra de la abstinencia.
Creo que voy a desterrar a esta palabra de mi vida, y de mi diccionario, buscaré algo menos angustioso.
Además yo me voy a quedar con la sabiduría popular que cuando estás enfermo con una gastroenteritis y te entran ganas de comer algo presuntamente dañino, viene alguien y te dice: «si te se apetece, es que no te va a caer mal».

SR. CARTERO POR FAVOR…

La generación de adolescentes actuales tienen un abanico de posibilidades que jamás pudimos soñar los anteriores. Y no me estoy retrotrayendo a los adolescentes de la postguerra, ni a los de los años sesenta corriendo delante de los grises que evidentemente la comparación es obvia; me refiero a mi generación, que sufrió los cambios hormonales entre los ochenta y la primera mitad de los noventa. Aquellos que incluso nos llamaron JASP, jóvenes aunque sobradamente preparados, y que visto lo visto lo que nos tenían que haber preparado es para ser capaces de aguantar mentalmente con fuerza una situación de desempleo por muchos títulos o experiencia que tengas…pero eso es otra historia.
El adolescente de hoy tiene los recursos infinitos que le presta la red de redes, que dicen los entendidos, tienen un teléfono en la mano, mensajes «gratis», fotos instantáneas…todo. Que esté mejor o peor utilizado no es culpa de las herramientas, sino del teenager en cuestión, que por desgracia el tema se presta a cierta hipocresía…lo que antes era «mi niño no ha sido, han sido las «junteras»» ha pasado a ser «la culpa es de internet».
Las relaciones sociales son mucho más abiertas y fáciles ahora, incluso con sus profesores del instituto o con alguno de sus ídolos, una vez tienen un correo electrónico, una cuenta en una red social o un número de móvil, ya no hay más de lo que preocuparse. Bueno, sólo de tener un wifi cerca.
Mi generación aún esperaba al cartero sobre todo después de algún amor de verano, la emoción al acercarnos al buzón y ver un sobre si que puede compararse con ver un mensaje de whatsapp o de la aplicación que sea, pero luego venía una segunda parte, leer a escondidas, conocer su letra (a veces descifrarla), lo que te decía y cómo te lo decía…y luego guardarlas para acabar memorizándolas, buscar una caja, un apartado privado fuera de miradas curiosas donde acudir a releer…eso ya no lo tienen. Y si encima el escritor epistolar era considerado un pérfido truhán entonces…había que aprenderse el horario del cartero, casi sobornarlo para que te diera la carta en mano y que nadie se enterara de que ese chico al que en casa le habían puesto mala cara, aún seguía siendo un loco enamorado, ahora remitente impertérrito en la parte de atrás del sobre.
Lo de hablar por teléfono ya podía ser considerado como algo de un nivel superior, sobre todo si estabas -como era mi caso- en un colegio femenino, porque no había, en principio razón, para que te llamara un chico por teléfono, así que primero te tenías que lanzar en plancha cada vez que sonaba para que no lo cogiera ningún adulto lleno de preguntas, y después esconderte convenientemente entre risas, nervios y rubores. Y eso si tenías la suerte de que los inalámbricos hubieran llegado a tu casa o hubiera más de un fijo. Otras veces era pura estrategia, una cabina de teléfono (¡qué cosa más antigua!) y una amiga solícita a conseguir que los dos enamorados pudieran decirse alguna palabra …y eso dependiendo de lo que duraran los cinco duros o de que no llegara alguien a decirte que necesitaba el teléfono.
Esos nervios y esos recuerdos, la caja de cartas siempre queda, no la tienen ahora, personalmente les diría que aunque ya no fuera necesario comprueben la experiencia de lo que es tener un sentimiento que seguramente no durará toda la vida, aunque lo parezca, escrito de su puño y letra.

EL QUE ODIA

Entre las frases que le he oído repetir a mi madre, que ya quisieran Jodoroswky, Cohelo y Benedetti juntos sentenciar como ella, está la de: «Quien odia es el que pierde porque el odiado ni lo sabe, y vive feliz y ajeno al odio que fomenta»
Es cierto que a veces el odiado es plenamente consciente de que no es santo de devoción de muchas personas, como Cristóbal Montoro, pero o le es indiferente o incluso le dá algo parecido al gustito. Las perversiones humanas creo que son tan infinitas como el tiempo, los números y el espacio. Todo junto.
Acabo de leer en la Tercera de ABC a Hermann Tertsch, que no siempre es santo de mi devoción, pero hoy es muy descriptivo de manera bastante notable. Cuenta como se destiló odio con frialdad absoluta en la Alemania nazi y como la noche de los cristales rotos fueron vidrios reventados en silencio, como si hubieran caído en la moqueta o en una carísima alfombra persa. Dolor mudo. El ser humano es capaz de las cosas más nobles y honestas pero también se vuelve una persona cruel y despiadada por unos ideales o un odio exacerbado.
Yo, que soy incapaz de dilucidar nada en psicología o en psiquiatría, no se donde está la diferencia entre el punto de locura o de maldad, no tengo nada claro si el asesino que pone una bomba en Hipercor es perverso o está enajenado con una utopía nacionalista legal, chupiguay y siempre en superávit. No comprendo como desde la mesa de un despacho, alguien ordena destrozar la vida de cientos de personas en pro de una nación y en base a un odio a determinada religión o siglas políticas, y si no entiendo eso, menos aún puedo comprender como hay un coro de seguidores que no solo comprenden y aplauden la moción, sino que también la secundan y ejecutan.
Un día fueron los nazis, otro los dictadores de izquierda comunistas, troskistas y lennistas, hoy es Cuba o es China, ETA o el terrorismo islámico, son países africanos con niños soldados, niñas sin derecho a la educación o mujeres a las que le prohíben conducir…se supone que el poder es cegador, absorbe, cambia, pero me temo que en estos casos no es cuestión de ceguera sino de ser muy hijo de puta.