PELDAÑOS CON WHISKEY

Venía caminando por la acera, eran pocos metros desde aquel magnífico coche. A penas veinte pero su paso lento y firme hacía que parecieran la quinta avenida.
Él era un tipo duro, un hombre que pese a no tener mucha altura poseía una gran sombra, se sentía su presencia antes de que llegara, atraía la atención. En realidad solo era un chico de la calle que consiguió encauzar su frustración a costa de peleas ilegales, matones de trajes baratos, y whiskey con regusto a matarratas.
Tuvo compañeros, súbditos, sicarios a sueldo, asustados hombres que temían por su vida bajo la mirada tuerta de su pistola, mujeres llorosas por continuar a su lado viviendo un poco mejor de lo que lo hacían antes en el arroyo en el que le conocieron, barman solícitos y muchos conocidos. Tuvo todo eso, pero nunca amigos, no tenía a nadie a quien acudir, ni le tentaba la idea. Él era la voz y el poder que los demás temían, de los pocos valientes intentaban plantarle cara nunca más se supo, otros más inteligentes se ofrecían a sus servicio, y también le pedían dinero a un adecuado interés…con penalizaciones muy justas, dijera lo que dijera el fiscal del distrito.
Ella era pequeña e inteligente, demasiado guapa para llorar y demasiado lista para conformarse con la triste vida de pobre chica que le había tocado en suerte. No confiaba en nadie y nunca se había enamorado, ambas debilidades podían apartarla de su plan de vivir en una gran casa sin tener que preocuparse ni de hacer un café.
Sabía perfectamente a quien se acercaba cuando hizo lo imposible por sentarse a su lado, se acomodó como sin ganas, ajena a las miradas que la atravesaban como puñales provenientes de una simple mujerzuela que se había ausentado minutos antes al baño. La ignoró, suspiró hipócritamente y siguió la conversación con él…con monosílabos con sabor a parrafada, y consiguió lo que casi nadie había hecho: hacerle hablar.
El corpulento varón no sabía bien como se perdió en esos ojos oscuros y por qué empezó a descargar en su fragilidad todo su pasado, pero lo hizo, y ella le escuchaba atenta hasta que rompió a llorar y él, desconcertado por primera vez en su vida, no supo reaccionar.
Sus lágrimas le aturdían y no sabía qué decir, qué hacer, se sitió desarmado mientras su pistola seguía en el mismo sitio que siempre, sólo sentía ganas de hacer lo que fuera, matar a quien hiciera falta, poner la ciudad a sus pies si era lo que necesitaba pero que el torrente que resbalaba por su rostro parara.
Entonces, con la suavidad torpe de unas manos que nunca habían acariciado con el corazón, le secó las lágrimas y le levantó suavemente el mentón buscando con su mirada los labios de ella. La besó despacio sin la acostumbrada prisa del beso vacío de la premura del sexo. Se dio inmediatamente cuenta de que algo no iba bien, ¡maldita sea! se había enamorado.
Y mientras ella sacaba su polvera para intentar hacer desaparecer los surcos en el maquillaje con coquetería, sonreía para sus adentros. El primer peldaño de esa gran casa, ya lo había subido.

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