Roof se paseó elegante por el alféizar de la balconada neoclásica, sus andares elásticos, el viento meciendo su pelaje como si le soplaran levemente a un diente de león para que se desprendiera y comenzara su viaje por entre las nubes. Roof estaba de caza.
No era fácil tener glamour y a la vez ser un gato independiente de ciudad, era tentador quedarse a vivir en alguna casa con calor de hogar y comida segura, pero ninguna le parecía adecuada para un gato como él. Cuando había niños sabía de sus torturas por experiencia propia y solo pensarlo le erizaba el lomo. Cuando eran señoras solas se imaginaba perfumado, con un lazo con cascabel y manoseado, sentía el fuerte olor del perfume en su hocico y le hacía estornudar. Con un hombre solo…mejor no, los que vivían por la zona a veces estaban en peores condiciones que él.
Andaba a la búsqueda y captura de algún despistado saltamontes que pese a no ser su plato favorito tenían la divertida cualidad de crujir mientras se masticaban. Y esa opción es la que quedaba porque los cubos de basura estaban vacíos.
Algo estaba sucediendo en la cuidad, ya no llegaban las bolsas como antes, ahora la mondadura de la patata era cada vez más fina. Roof había tenido más de un altercado con algún bípedo a la hora de disputarse las sobras de algún garito de mala muerte de olor a fritanga.
Llevaba mucho tiempo ya por este barrio, algunos de los más observadores ya lo conocían, no eran muchos los humanos espábilados y eran bastantes los gatos callejeros, pero no tenían el savoir faire de Roof, ni su distinción, ni su descaro, pero algunos le tenían aprecio y el chico que repartía los periódicos a veces compartía su almuerzo con él.
Normalmente no duraba tanto en un mismo lugar, había atravesado el país de punta a punta y sus huellas estaban en muchos vagones de tren y en alguna que otra furgoneta desvencijada donde el crujir de la lata y su motor acallaban sus lastimosos gemidos producidos por sus huesos chocando contra las paredes. ¿Por qué llevaba tanto tiempo por aqui? Pues se lo preguntaba muchas veces, cuando se tumbaba en algún alféizar a mirar las motas de polvo en los rayos de sol. No llegaba nunca a una conclusión ni válida ni concreta, tampoco le preocupaba demasiado, sabía que cualquier día solo tendría que seguir andando justo en el momento en el que debiera volver.
De repente, un piso más abajo algo llamó su atención, le brillaron los ojos, algo…saltaba…¡por fin! Casi planeando como un peludo avión de papel, llegó en el momento justo en el que el pobre bichito le servía de tentempié. Se relamió entre orgulloso de sí mismo y goloso.
Continuó su paseo por el barrio y ya, en la puerta del barbero se paró a descansar, los hombres siempre eran más tolerantes con su presencia y molestaban menos. Además le gustaba el olor a loción y las palmadas del barbero tenían un compás agradable.
Olisqueó el aire, movió sus bigotes y se tumbó largamente en la piedra caliente, llovería pronto, tormenta de verano, pronto llegarían los truenos, el preaviso de los rayos, como un burofax de la lluvia, no sabía el lugar que tendría que buscar para refugiarse, pero esa falta de previsión era lo que a Roof le hacía sentirse bien, libre, contento.
Y así, a la espera del trueno, con el estómago lleno y en la emoción de no saber que hacer ante la lluvia, Roof se durmió con la conciencia felina limpia y brillante. (Al tejado del Savoy)
Sin categoría
GURÚS
Hay dos maneras de enfrentarse a la vida y por ende al amor: decir que tienes hambre y que todo el mundo sepa que te vas a comer el mundo a mordiscos o sentarte a que te sirvan la comida después de haber ido a un buen restaurante.
A los primeros, hombres y mujeres, se les dice que son sagaces, astutos, intrépidos y aunque tientan a la suerte muchas más veces y descubren su juego en el primer movimiento, también es cierto que aumenta su riesgo y por extensión la posibilidad de acabar con el corazón destrozado.
Los segundos, también hombres y mujeres, suelen ser personas más comedidas socialmente, puede que más elegantes, respetuosos, reposados, su caminar es más lento, más pausado y no corren riesgos innecesarios, tienen un punto de cobardía, prefieren estudiar la carta de platos antes de acceder al menú degustación en el que irremediablemente y por una terrible casualidad, el plato que menos te gusta es el último que comes y que deja un peor regusto en la boca con lo que afrentas los postres con una avidez que en ocasiones sienta mal.
Entre estos dos grupos viven y conviven los libros de autoayuda sentimental, unos los leen, los primeros, justo al acabar una relación, para reafirmarse asi mismos y los otros con auténtica fruicción como si fueran sus biblias de cabecera. Y no es broma, para algunos son leitmotiv en sus vidas.
Estos gurús del sentimiento que escriben libros muchas veces sin ningún tipo de especialidad médica son como radiaciones al alma. No hace mucho que llegué a la conclusión que su consumo y seguimiento por estas personas es como la del paciente de cáncer que en plena quimioterapia, agobiado por los distintos efectos secundarios del tratamiento curativo deciden adentrarse en el mundo homeopático dejando atrás la medicina convencional, estos enfermos al principio sienten una notable mejoría pues desaparecen vómitos, mareos, pérdida del cabello…pero no es más que un espejismo y cuando por fin se convencen del error vuelven a la planta de oncología cuando ya no hay remedio.
Igual que hay un proceso cicatrizante de una herdida, una convalecencia de una operación quirúrgica o una rehabilitación física, las heridas, dolores y sufrimientos del alma, del corazón, requieren un tiempo para curarse y cualquier otro atajo solo lleva a engaño, a más sufrimiento o a tener que volver a pasar por quirófano.
A nadie le gusta sufrir, pero la condición humana nos hace débiles y proclives a él, la confianza, la esperanza y una sonrisa hacen muchísimo más por las personas que un millón de palabras convertidas en best seller.
SUEÑOS OSCUROS
Abrir los ojos de par en par, y descubir que la oscuridad negra me rodea.
No quiero dormir, no quiero dormir, me lo repito algunas noches en las que sé que cuando cierre los ojos volverán las pesadillas, no quiero dormir, el miedo puede más que yo y cuando quiero descansar vuelven esas imágenes, ese sentimiento de angustia, como si me aplastaran fuerte el pecho, como si una mano oculta, negra e invisible presionara fuerte y me dejara sin respiración, no me dejo vencer, prefiero tener los ojos abiertos, pasear de un lado a otro, volver a la cama y llenarme la cabeza de tonterías, pensamientos vacíos, de rutina doméstica, cualquier cosa antes de que los parpados, pesados, llenos de sueño, caigan y vuelvan esos sueños oscuros. Pocas cosas me dan miedo, muy pocas, y antes no me importaban, pero ahora sé lo que es el pánico solamente por un sueño.
No quiero dormir, no quiero dormir, busco el consuelo rezando desgastadas oraciones que aprendí de niña pero la suave letanía me induce al sueño, y no quiero, no debo, las manos llenas de frío sudor me las paso por los ojos para despejarme, están heladas, sé lo que suele suceder en estos casos, me duermo y entonces como si fuera una película de antaño, de las que tenían descanso, se retoma mi mal sueño, mi pesadilla y despierto aún más asustada, más desconcertada y con el corazón en la boca.
No quiero dormir, no quiero dormir, me adapto al abrigo de la noche y veo pasar los minutos en el reloj, demasiado lentos para que llegue el amanecer del nuevo día. Y finalmente, arropada por la oscuridad y el tictac cardiaco del reloj, me siento relajada, acompañada como si de un vientre materno se tratara, y me duermo tranquila…
LA PRINCESA CELESTITA
Este cuento se lo escribí a mi hija mayor cuando era pequeña, a ella le encantaba y se lo he contado miles de veces:
Érase que se era un reino muy lejano donde vivía un rey viudo con su única hija. La salud de este rey ya no era la que fue y nuevas preocupaciones acudían a su real cabeza, y ahora la gran preocupación de este rey era la boda de su hija, la princesa Celestita.
La princesa Celestita sin embargo, no tenía ningún interés en casarse y a penas si podía comprender el insistente afán de su padre, pero el respeto que por él sentía y sobretodo el profundo amor que le tenía, le hacían acudir a todas esas enormes fiestas llenas de comida, de gente y de lindos trajes que su padre organizaba una y otra vez con el único propósito de que Celestita encontrara a su príncipe azul.
Fueron apareciendo por estas fiestas uno tras otro todos los príncipes solteros cercanos al Reino, y como éstos no conseguían enamorar a Celestita, empezaron a llegar de lejanos sitios.
El rey empezaba a inquietarse y Celestita sin embargo llena de dulzura miraba a su padre y le sonreía una y otra vez “no papá, no me gusta este príncipe, no me casaré con él”.
Sucedió un día que la princesa Celestita se aventuró a ir al pueblo y salió del castillo para ir al zapatero, pues tenía una linda idea para su próximo par de zapatos y quería lucirlos en la siguiente fiesta. A pesar de todo, Celestita era una princesita muy presumida.
Celestita llegó a casa del zapatero y llamó a la puerta, le abrió un joven tan bello como jamás había visto la princesa. Repuesta de la sorpresa, Celestita entró en la casa y explicó al joven, hijo del viejo zapatero del que había heredado el oficio y el negocio, como quería su nuevo par de zapatos.
El joven se entusiasmó con la idea y aportó algunas suyas, estaba lleno de vitalidad, de alegría y sus ojos brillaban al hablar.
La princesa regresó al castillo con la promesa de volver personalmente por los zapatos, y así lo hizo, los días fueron eternos esperando el momento de recoger los zapatos, pero por fin la princesa Celestita fue a casa del joven zapatero.
Allí la princesa se dio cuenta que lo amaba y el joven zapatero lleno de osadía le juró su eterno amor.
La princesa esperó al final del baile y llena de dulzura miró a su padre y le dijo “no papá, no me gusta este príncipe, no me casaré con él”, el rey suspiró, y miró a Celestita que continuaba hablando “pero estoy enamorada padre”, el rey sintió que la felicidad le embargaba, ¿Quién es el joven preguntó?¿ de qué Reino…? ¿muy lejano? ¿era rey o príncipe?, Celestita sonrió y le dijo, “el joven al que amo es el zapatero, y él también me ama”.
El rey montó en cólera, se puso rojo como un tomate, y le dijo furibundo “si a él amas con él te irás, pero vivirás de su trabajo y a ver como eres capaz de sobrevivir”
Celestita así lo hizo, y se casó con el humilde zapatero, estaba triste por el enfado de su padre pero feliz con el hombre que amaba, pero era cierto, en aquella época los zapateros tenían muy poco dinero y vivían sin lujos ni comodidades.
El rey, que a pesar de todo quería mucho a su hija, fue a verla y le propuso que fueran los dos al castillo a vivir pero Celestita le miró y le dijo “papá eso sería la mayor felicidad, pero he convivido con estas personas que trabajan tanto, de sol a sol, y sin embargo pasan penalidades y he aprendido de ellos, y ahora sé que esto no es justo”
El rey quedó conmovido con las palabras de su hija que demostraban tan gran verdad y decretó en su reino salarios justos, jornadas de trabajo saludables y días de fiesta para todos los trabajadores.
La princesa Celestita volvió a palacio con su marido que siguió siendo zapatero, y el ejemplo del reino de esta princesa cundió por más y más reinos, llenando el mundo de justicia y a la princesa Celestita de felicidad.




