De siempre Irene fue adicta a las series policíacas, de detectives, abogados, forenses, investigadores criminales, y componentes de magníficos gabinetes que igual sabían diferenciar un mentiroso de un ataque de ansiedad, que hacían un perfil psicológico o empatizaban con un asesino en serie.
Pasaba sus ratos de descanso viendo o escuchando los diálogos de series que a veces conocía de memoria debido a la repetición incansable de las cadenas. Es cierto que sin pudor las reponían una y otra vez pero también tenía que reconocer que iba, mando a distancia en mano, canal por canal buscando alguna de las series que le gustaban, antiguas o modernas, eso tampoco importaba. La mayoría eran norteamericanas pero había llegado a ver alemnas, suizas e italianas. Por desgracia las nacionales no solían ser de calidad aunque también se había aficionado hacía tiempo a alguna que otra.
Este mismo gusto por la investigación policial, criminal y forense la trasladaba a su gusto por los libros y desde la clásica Agatha Cristhie a los rompedores guardia civiles, Vila y Chamorro, pasando por Sherlock Holmes, Perry Mason, Anne Perry, y tantos y tantos volúmenes que ocupaban su casa.
Recostada y con los ojos entornados Irene estaba viendo una de sus series favoritas en un episodio nuevo, ya de por si era una reiteración por la novedad que era que hubiera por fin un capítulo de estreno, absorta en la trama escuchó un ruido brusco en su casa.
Irene estaba inusualmente sola con sus hijas y como toda madre estaba alerta de cualquier cosa que pudiera suceder. Pese a tener las ventanas cerradas, vivir en un piso alto, y la puerta bajo llave se encaminó al reconocimiento de las habitaciones, comenzando por la de su hija pequeña pensando que se habría caido de la cama o quizás como tantas veces se hubiera quedado dormida leyendo y el libro al final acabara estrellado en el suelo.
Su hija pequeña estaba en su cama, dormida, con los cachetes de su carita colorados y los ojos algo abiertos, había personas que se impresionaban pero lo cierto es que ella también dormía así, su hija mayor también. Cuanto más plácidamente estaban mayor era la abertura de sus ojos. Sin llegar a dormir con los ojos totalmente abiertos, claro.
Tras mirar en el estudio se encaminó al cuarto de su hija, y se encontró la cama destapada, con mantas y edredón cayendo por el final de la cama azul de hierro forjado. Se extrañó porue no era su manera de salir de la cama, siempre lo hacía despacio y por uno de los laterales, «Seguro que ha ido a beber agua», pensó, «y no me dí cuenta al pasar por allí».
Con cierta premura fue a la cocina, sin querer asustarla iba sin hacer demasiado ruido pero tampoco estaba, encendió la luz incluso aunque su cocina no era tan grande como para que no la viera a oscuras, además entraba la luz de la calle por la ventana.
Inquieta fue al baño que utilizaban las niñas, no estaba la luz encendida pero aún asi entró, no estaba, miró hasta dentro de la ducha abriendo las mamparas, algo ilógico pero desesperado.
Solo le quedaba el otro cuarto de baño y su dormitorio, Irene empezaba ya a llamarla bajito, suplicando «dónde estás». En su baño tampoco estaba y en su dormitorio no había más que su abrigo recostado en su cama.
Volvió irracionalmente al salón por si se hubieran cruzado y no se hubieran visto pero no estaba, tampoco estaba.
La puerta de la calle seguía cerrada, las ventanas no estaban abiertas, y su hija no estaba. Ni por un segundo pensó que hubiera alguien dentro, no cogió un cuchillo, ni un bate de béisbol, esto último porque no tenía, no hizo nada, solo seguir buscando cada vez más nerviosa y cada vez llamándola más fuerte, hasta que era un grito histérico y agudo.
Empezó a sudar, todo su cuerpo temblaba, notaba la presión en las sienes, creía que iba a caer redonda y seguía buscando, y no estaba.
Abrió los armarios, empezaba a actuar sin lógica alguna, miraba debajo de la mesa, detrás de las cortinas, en el mínimo lavadero sin espacio.
La boca seca, la respiración agitada, el miedo. El auténtico miedo.
Por último empezó a mirar debajo de las camas, y en su dormitorio, debajo de su cama, dormida, estaba su hija. La despertó levemente, era ya demasiado grande para cogerla y tampoco tenía espacio como para hacerlo. La subió a su cama sin dejar de llorar, la tapó y le puso otra manta porque estaba helada y ella seguía durmiendo.
Abrió levemente los ojos «mamá tenía una pesadilla de un tenedor y me vine contigo» Temblando aún, consiguió decirle…»tranquila cariño, quédate con mamá, no pasa nada, descansa».
Volvió al salón, en la televisión seguían los policías derribando puertas, enseñando órdenes de registro y leyendo sus derechos y por fin Irene tuvo un auténtico ataque de histeria.