EMPEZANDO

Ya no se hacían los días como los de antes.
Días en los que amanecía con el olor del desayuno y el chocar de la loza y anochecía con el calor del sol aún en la piel.
Esos días en los que las horas duraban más y la siesta de los mayores era el refugio de la imaginación, la maquinación de faraónicos juegos y la espera a que la digestión se hiciera.
Ya no formaba parte de su cuerpo el salitre, la arena que ni en la ducha se había despegado de sus pies, ni el cansancio de la batalla de bolas de arena.
Habían llegado pronto los uniformes a los centros comerciales, y sufrió un horror cuando su madre, previsora, se empeñaba en meter sus pies, acostumbrados a la libertad de una sandalia, en unos coartadores calcetines para comprar unos zapatos cerrados que le angustiaban y le apretaban hasta en la caja. ¡Hasta tuvo que probarse un jersey de manga larga!
Las libretas ya tenían su nombre, y aunque este año no estrenaba ni estuche ni mochila, su madre la había dejado limpia y reluciente, parecía casi nueva. Ya estaba todo preparado y vivió el momento de la desavenencia personal con ella misma; por un lado le aterraba pensar en los madrugones, las largas horas sentada, los deberes para casa… y por otro se sentía contenta de volver a ver a sus compañeros y hasta a sus profesores, pero…¡con lo bien que estaba ella a su ritmo de playa, lectura y juegos!
Tumbada en la cama notó algo parecido a los nervios, al miedo, a la añoranza…mañana vuelta al colegio, ya no había vuelta atrás, sabía que lo pasaría bien, en el fondo le gustaba, sólo es que a veces, costaba empezar.

VACIOS DE PIEL DE GALLINA

Hay muchas cosas que me afectan emocionalmente en el día a día, unas de manera positiva y otras de manera negativa, como a cualquiera, no presumo de ser un ser especial, mas bien al contrario reivindico mi normalidad.
Soy de lágrima fácil, tanto para lo bueno como para malo, puedo emocionarme hasta el llanto con un libro, un anuncio, una película o una historia….generalmente si hay niños o personas mayores de por medio. Cuando algo me toca la fibra  desde un punto de vista negativo, me afecta hasta físicamente, no sólo por las lágrimas, que también, es un conjunto de sensaciones que me dejan fuera de juego, a veces sin capacidad de reacción, de entre todas éstas, lo que más, la desilusión.
Si algo o alguien me desilusiona, en ese momento noto un vacío en el estómago, como si fuera en caída libre, como en esas atracciones extremas de los parques que tanto me gustan, sólo que no grito, no me divierto, sólo tengo en el paladar un regusto amargo; y la piel se me pone de gallina con un frío interior que me congela hasta el alma. Y sí, también lloro, sobre todo si estoy sola.
Soy absolutamente pasional y racial en mis reacciones y reconozco que no siempre es una ventaja, más bien al contrario, aún así admito que la desilusión es la que más provoca en mí cambios de estado. A mi misma me digo que la culpa es mía porque realmente la expectativa la creamos nosotros mismos.
¿Hasta que punto es culpable una persona o una circunstancia de lo que tú esperas de ella? Incluso si alguien te promete la luna, tienes que saber o debes de ser consciente de que es un imposible, una metáfora del momento, una exageración o incluso un deseo real de ese astronauta ratero, pero … irrealizable. 
Por eso, cuando se secan las lágrimas, me vuelve el pulso a su ritmo normal, y consigo analizar la situación con mayor o menor serenidad, me enfado conmigo misma…y me repito que no me va a volver a pasar, que no puede ser que con la edad que tengo – una señora edad – me ilusione como una cría y aún peor, reaccione de semejante manera si las cosas no suceden como había esperado.
Hasta ahora por lo general no lo consigo, y sigo confiando en las personas, e ilusionándome con casi todo…y ahora, en este instante, me pregunto si no merece la pena un mal rato ante una desilusión si a cambio puedo vivir intensamente la alegría de tantos otros buenos momentos.
Yo creo que si ¿no?

NIEBLA SIN GAFAS

La vida sin gafas y sin lentillas es en mi caso la nebulosa londinense en mi horizonte.
El feliz estado de pseudoinconsciencia frente a la falta de visión debería tranquilizarme e incluso me debería permitir dejarme llevar por la distorsión de la realidad. Un momento casi psicotrópico sin gastos ni contraindicaciones, a priori.
Sin embargo, sin la nitidez que me procura mi óptico de cabecera siento miedo, me falta la costumbre de mirar, de ver. Temo no reaccionar a tiempo ante algún imprevisto o confundir las cosas importantes, y sin embargo, soy consciente de que si estoy un tiempo así, en mi cuasi ceguera ocasional, mi visión se va amoldando y mi recuerdo va intentando suplir de peor o mejor manera lo que mis ojos no me pueden aportar.
Mi costumbre es coger las gafas en cuanto abro los ojos y en ocasiones los cierro con ellas puestas. Esto provoca que algún alma cándida mucho menos necesitada del sueño o menos dormilona, me las quite…pero…entonces surge el horror, ahí si siento pánico. Mis gafas no están donde deberían, no las encuentro, ¡horror, sin gafas no encuentro mis gafas!, es cuando mi mente trabaja rápido hasta que consigo recordar e intuir lo último que ocurrió y buceo en la rutina del otro para saber donde estarán mis gafas antes de dar un solo paso sin mi esperanza en la certeza de la costumbre ajena.
Aunque ahora, sinceramente, a estas horas en las que mis ojos enfundados en prótesis favorecedoras y de color chocolate, me muestran el teclado de mi ordenador, me apetece cerrar los ojos…o quitarme las gafas, que viene a ser más o menos lo mismo.

MEDIAS TEJIDAS DE AYER

Nunca usaba medias de liga, o liguero, reconocía la belleza y podría comprender que para un encuentro especial formara parte de su atuendo, pero en su día a día tenía que reconocer que le suponían un engorro, una incomodidad amén de que se sentía insegura pensando que de un momento a otro se las encontraría en los tobillos, y seguro que en el momento más inoportuno.
Tampoco sabía ponerse las medias, panties, de pie, se sentaba siempre al filo de su cama, recordando como su abuela disponía de una pequeña calzadora en su dormitorio, y allí, además de ajustarse las medias – ella si usaba de liga-, se ponía sus zapatos.
Lo que si hacía, como un ritual más que una manía, era subirlas mucho…estirarlas bien, pegarlas como una segunda piel, como si pertenecieran elegantemente a su cuerpo; y es que recordaba la voz de su abuela: «las malas mujeres llevan las medias caídas». No es que lo pensara, pero siempre se acordaba de ella en ese momento.
La memoria emotiva, filosofaba, a fin de cuentas no está en los recuerdos materiales que atesoramos, no está en esa cajita donde está el primer par de zapatitos o los primeros pendientes. Quizás levemente está en las fotos, ese trozo de papel casi ya en desuso donde una sonrisa congelada en el tiempo evocaba un momento de un tiempo atrás. Pero al final, seguía razonando, los recuerdos de una vida son los que componen nuestros hábitos, los gestos aprendidos, las comidas repetidas, las letanías copiadas…ahí es donde están los momentos a rememorar, en lo intangible que nos despierta y nos trae al presente a una persona, a una circunstancia, a un todo.
Se incorporó a la vez que se enfundaba unos zapatos de tacón y cuando se miró en el espejo reconoció facciones heredadas, sonrió y suspiró, no sabía a que venía tanta filosofía matinal, debería preguntarse si le ocurría algo, pero decidió olvidarse de sí misma, no había tiempo y no era importante, seguramente sólo echaba terriblemente de menos a muchos, a todos, lo que formaron parte de su vida y habían hecho de ella quien era. Pero no, no era el momento ni de seguir filosofando ni de analizar sus teorías…aún había dos pequeños grandes recuerdos llenos de futuro a los que darles de desayunar.

BESOS SANADORES

Se sentía tan pequeña como cuando se sentía tan mayor como lo era ahora. Necesitaba como nunca el acogedor lugar del abrazo de su madre y hasta anhelaba la mirada reprobadora de su estricta y elegante abuela. Es la paradoja de la vida, ser quien quieres, no otra persona, sólo ser tú pero en otro momento de tu vida…hasta cuando estaba encantada con ella misma. No era una mujer soberbia pero también era objetiva: con sus defectos y sus virtudes, el conjunto era más que aceptable.
Sus sueños de niñez tenía que ver con grandes empresas y negocios por el mundo, aeropuertos, maletas y una agitada vida de bussineswoman. Siempre quiso ser madre y jamás se planteó ser un ama de casa.  Ahora lo era, aunque mentalmente se etiquetaba como desempleada solamente para no tener la sensación de fracaso.
Entre sus sueños infantiles también algo muy usual para muchos pero no para ella: quería vivir en un piso, en un sitio con ascensor…ella nunca tuvo y le parecía algo cuasi de carrera espacial. Subía a muchos, claro, pero no era lo que ella esperaba. Al final lo consiguió, justo cuando comprendió que no era la opción mejor, tampoco la peor.
No había tenido una vida dramática, ni llena de traumas, no sabía si porque no los había vivido como algo doloroso o si porque realmente no lo había sido. Una vida llena de alegrías y sinsabores, momentos de paz y tranquilidad y temporadas de auténtico torbellino físico y emocional.
Se preguntaba a veces qué había que hacer, cómo habría que ser para pasar a ser una triunfadora, alguien especial y rompedor y después se ponía a si misma como ejemplo y se descubría como alguien demasiado celosa de su vida familiar, de su comodidad emocional y sentimental como para darlo todo por un sueño profesional.
Pero en días como hoy, en el que los pequeños problemas parecían inmensos y las grandes luchas algo infinito, necesitaba volver a ser pequeña, para que le acariciaran el pelo y le dijeran que no pasaba nada, que era una exagerada, que dejara de ser tan dramática, y con esa dulce regañina sentirse reconfortada y «curada», casi como con uno de esos besitos mágicos de madre que quitan las heridas.