– Si no te equivocas no aprendes, si no aprendes, no sabes elegir, si no sabes elegir, no serás feliz. Queda cursi, pero es así.
Soltó la copa encima de la mesa justo en el centro del posavasos cuadrado. Era de un papel resistente de color violeta y con unas letras doradas, no quedaba mal, pero podían haberse evitado las grafías o elegir otras más elegantes. No era un mal local, pero lo de los posavasos había sido poco acertado.
Ese momento, tras el sorbo largo y profundo de alcohol desgarrando la garganta, es en el que más se echa de menos poder fumar. Podrían haber estado en la terraza, pero ni el ruido, ni la gente alrededor eran lo mejor para la confesiones. La búsqueda de intimidad y la manera de llover tan torrencial habían acabado forzando entrar al bar y buscar una mesa retirada y a media luz. Aún quedaban sitios donde poder resguardarse de los demás dentro de un pub. Tendría que soportar con dignidad la falta de nicotina y del ritual de tabaco. Pero lo necesitaba.
– Pues dime por qué tengo entonces esta sensación de fracaso, de no haber hecho lo correcto, de no haber estado a la altura, de haberle fallado a todos.
Su copa seguía intacta sudando gotas de frío. Los ojos hinchados de llorar, el corazón en un puño y la voz en un hilo, daba pavor ver hasta que punto una persona puede quedar hecha un guiñapo. Si seguía a duras penas en pie, era porque el corazón se empeñaba en seguir latiendo.
– Buscas un perfeccionismo propio pensando siempre en los demás, así no llegarás a nada, ni a nadie. Necesitas conclusiones en tu vida, pasar página, no mirar atrás. Pero por ti. Sólo por ti. Lo tienes que rehuir de los recuerdos, pero no pueden ser tu punto de partida diario.
– No me hables de recuerdos, por favor, hoy no, soy incapaz de traerlos a mí, no sabes cuánto me duelen.
– Pero si no haces otra cosa, ¿no te das cuenta?. Te machacas constantemente con el pasado.
Mas suspiros, más drama, más aire aprisionado en la caja torácica convertida en caja de los truenos. Y sin tabaco.
– No me entiendes. Son peligrosos. Cuando son buenos, echo tanto de menos los momentos felices. Y cuando son malos recuerdos, parece que no se han ido nunca. Sé que piensas que lo hago queriendo, no es así. Es mi fracaso el que los trae.
– Intento comprenderte. Pero no has fracasado, es el primer concepto que tienes que cambiar. Son pasos que se dan en la vida, unos más derechos que otros, unos dejan huella y a otros se los lleva el viento. A todos nos pasa, pero deberías de dejar de mirar atrás. No es abarcable la nostalgia. Pero, ¿realmente quieres vivir siempre mirando por el retrovisor con dolor? ¿Deseas que el pasado, por duro que sea, predisponga tu futuro? No, no me pongas mala cara, sé que no es fácil y que me vas a decir que no estoy en tu lugar. Es cierto, pero no te rindas, y comprende lo que quiero decirte.
– No voy a poder…y no quiero abusar más de ti.
Ahora venían las lamentaciones, necesitaba más alcohol, más nicotina y más de todo. Siempre se veía en las mismas. Quería ayudar, sabía que la gente necesitaba que la escucharan pero cuando llegaban a ese punto quería huir o abofetear. No podía hacer nada de eso, sólo tener más paciencia.
– Venga. Ni una tontería más. Vamos, bebe. El futuro te empieza hoy. Deja todo atrás. Cuéntame planes. Y si no tienes, los buscamos. Mírame. No llores más. Se acabó. Dejar atrás los recuerdos no es traicionar a nadie, ni a nada. No es un fracaso, es avanzar. Y por amor de Dios…¡vamos a salir a fumar!
Surgieron las risas, suaves, era un primer paso. Pequeño, casi imperceptible, pero era la manera, la única forma de intentar sacar a alguien del pozo de los remordimientos y el dolor. Habían avanzado. Ahora sólo había que fumar.
(A todos los que, fumando o no, han decidido que es el momento de avanzar)
Autor: @AhoraRo
HILO DE PENSAMIENTO
Había momentos en los que se quedaba abstraído, reflexivo y profundo, mi abuelo era elocuente en silencio. Era entonces cuando le preguntábamos que en qué estaba pensando y siempre respondía igual «profundamente en nada». Luego, me explicaba que era imposible dejar la mente en blanco porque hasta pensando en blanco se estaba pensando en algo. Era forzar un pensamiento.
Pues debe ser verdad eso que me decía mi abuelo. Yo, desde luego, siempre lo creí, -lo que decía mi abuelo me parecía siempre tan sabio…- pero con el paso del tiempo me voy reafirmando en la teoría.
Si yo dejo la mente libre, sin predisponer a nada, me lleva a muchos sitios distintos. Depende del momento, del humor, de la climatología y hasta de lo que he comido, acabo pensando, por ejemplo, en si tengo que planchar o si el atardecer me traerá algún regalo. Pero cuando el momento es de conjunción interplanetaria, y consigo no tener otra preocupación, tarea pendiente o lágrimas por llorar, entonces vienen a mi mente dos frases. No es que las «vea» escritas, es que llegan como pensamiento recurrente:
La primera es, «Y al final, la nada». Si sigo el pensamiento, lo que visualizo es una especie de ático, de madera, como los que salen en las películas estadounidenses o los «soberaos» de las casas de pueblo. Y allí al fondo, centrado en una pared vacía, un baúl abierto, me asomo y no hay nada, es grande, viejo, está forrado en beige con florecitas minúsculas rojas pero no hay nada más. No sé que explicación puede tener, si es que la tiene, porque no es un sueño, así que no tengo claro si es digno o no de análisis. Si alguien lo sabe, que me lo diga, por favor. Tampoco sé porque «Y al final, la nada»…igual es mi subconsciente dictándome mi epitafio…
La otra frase me lleva a la reflexión constante y suelo llegar a conclusiones semejantes cada vez que buceo en ella, tome el camino que tome para la contestarme, siempre acabo en el mismo punto. La pregunta es: «¿Se puede echar de menos lo que no se conoce?» Por un lado, me digo que de lo desconocido no se puede tener conciencia de su existencia, así que es imposible sentir añoranza, pero también pienso que de una manera u otra todos tenemos implícitos muchas cosas sin conocerlas y eso hace que tengamos la posibilidad de echarlas de menos. Tampoco sé si dentro de mi reflexión cabe echar de menos las risas con alguien que conoces sólo por las virtualidades o el abrazo de un pariente lejano pero desconocido. En el colmo de mi desconsideración conmigo misma, ni siquiera puedo saber cómo de definidas me hago las preguntas.
Lo más seguro es que sea mucho mejor tener otras cosas en las que pensar, pero no me cabe duda de que si dejo la mente libre acabe al final, en la nada y echando de menos todo lo que no conozco….
GANAR (CUENTO INFANTIL)
Había una vez una niña.
No era una princesa y no se sentía como una reina, pero tenía algo que no tenían otras niñas. Lo sabía. Ella era consciente de su suerte, pero no presumía delante de otros, ni siquiera en el recreo, donde todo el mundo se empeña en contar que todo los suyo es lo más. Y eso que Mateo era muy pesado, siempre su casa era mejor, sus juguetes, su merienda…¡desesperaba a todos! Él decía que le tenían envidia, todos, los de nuestra clase y hasta los otros niños de la clase de enfrente, pero no era verdad, lo que pasa es que era un repelente. Lo era, aunque la señorita les regañaba si protestaban por sus tonterías. Paciencia y cariño, decía. ¡Si seguro que de eso también tenía más y mejor él!
Incluso cuando Mateo la desesperaba, se callaba. Sabía que les ganaría, sobre todo a algunos, incluido «don todo lo mío es lo mejor», pero no era necesario. Se guardaba el secreto y así era mucho más importante.
También sabía que había niños que lloraban por no tener lo que ella tenía y que hasta en los países más lejanos podían tenerle envidia. Ella no quería generar sentimientos tan feos. Quisiera que todos tuvieran lo mismo que ella, sería lo justo. Ella no era egoísta, es que su tesoro era difícil de compartir. Aunque ella quisiera, no podría.
Muchas veces, cuando caminaba de vuelta del colegio, saltando y corriendo sin parar, se paraba en seco y se planteaba contar lo que le sucedía, pero al final callaba, bueno, se callaba esto porque no dejaba de hablar: lo que le habían explicado en clase, lo que le dijeron las otras niñas de su ropa, lo que había comido en el comedor…Hablaba y reía, hacía planes y se entusiasmaba con cualquier novedad que tuviera para pasar la tarde. Pero siempre le quedaba esa pequeña duda de si tenía que contar sus preocupaciones.
Un día, jugando y bailando con un atardecer en los pies, pensó si era malo ganar en algo. Se lo preguntó primero con la voz de dentro porque ella no quería ser una niña como Mateo. Lo malo es que no encontraba la solución si le decían que estaba feo, pero le aterraba esa idea, bueno, le aterraban las dos, no sabía que era peor. Le hizo la pregunta a sus abuelos que eran sin duda las personas que más sabían, mucho más que la seño y más que el director del colegio. No se lo contó todo, no podía…pero le dijeron que no estaba mal ganar, lo que estaba mal era presumir.
Entonces se tranquilizó, lo estaba haciendo bien. No presumiría, pero sabía que ganaba: Tenía al mejor papá.
AULA AL SOL
El aula tenía vistas al sol. Era un invernadero. En verano esos sitios estaban vacíos porque el calor era insoportable y habían dejado de poner el aire acondicionado. Recortes decían, pero estábamos convencidos de que el Rector había distribuido el presupuesto de manera equivocada, por no decir cosas peores. Pero ahora era primavera y disfrutábamos del sol cuando el frío todavía estaba presente, gozábamos de un calor agradable.
Ella aprovechaba esas plazas pegadas a las ventanas en cuanto terminaban los exámenes del primer cuatrimestre. Eran sitios cotizados. Llegaba pronto, se quitaba los guantes, y tocaba el marco de la ventana si ya había empezado a subir el sol. Necesitaba que éste estuviera más alto que la Facultad de Políticas. Solía ser a partir de las once. Entonces llegaban los rayos directos, un lujo.
También elegía ese sitio porque le gustaba su pelo brillando al sol, se veía más bonito, muy llamativo y ella era presumida. No mucho, un poco, quizás la palabra correcta fuera coqueta. Pero ese adjetivo resultaba anticuado, como de soltera inglesa de setenta y cinco años, sonrosada como una figurita de Sèvres. Ella era demasiado racial para tanta delicadeza.
Los días que tenía «Literatura del Siglo de Oro» se esmeraba un poquito más, puede que entonces sí que fuera presumida. Pasaba por el baño antes de entrar al aula. Se peinaba y repasaba el poco maquillaje con el que solía ir a clase, pero en lo que se notaba la diferencia respecto a otros días en los que no estaba esa asignatura en su horario, era en la ropa. Siempre se vestía con lo más favorecedor, lo nuevo, lo que le hacía sentir más guapa.
El profesor de esa asignatura era el más guapo de la Facultad. Todas lo sabían. Seguro que él también lo sabía, que era guapo y que todas esas alumnas no tenían una necesidad irrefrenable de conocer los entresijos de la obra de Quevedo. Pero era muy profesional. Llegaba, y pese que había incluso gritos ahogados de sorpresa y emoción, conseguía que todas siguieran con interés el tema que trataba, y cuando recitaba poesías con esa voz tan de hombre, sin engolar, sin exageraciones ni teatralidad, volvían a enamorarse más y más. Los pocos hombres que acudían a esa clase se desesperaban.
Ella se recostaba en el cristal, lo miraba atraída por la fuerza de su voz, de su personalidad y su sonrisa. Era alto pero parecía que lo era mucho más. Nunca miraba fijamente a ninguna alumna, sería un escándalo. Allí ninguna estudiante era menor de edad, pero no estaría bien visto. Pensarían que hay favores de por medio, aprobados injustos. Él tenía mucho cuidado con eso, ellas se daban cuenta y pese a todo, algunas intentaban llamar su atención descaradamente, pero nunca había sucumbido.
Cuando la clase terminaba ya nada era igual. Todo se volvía gris y aburrido. Pasaban las horas y solo apetecía volver a casa, aunque fuera a estudiar en ese minúsculo estudio en el que se había ido a vivir. Incluso sabiendo que la lavadora, la plancha y la cocina le estaban esperando. Cualquier opción era mejor que seguir en esa Facultad sabiendo que su hora del clase ya había pasado.
Volvía a casa con su imagen, recordando su voz y sus gestos. Preparaba la comida ausente y casi sin comida porque había perdido hasta el apetito. Le costaba estudiar el doble y concentrarse era una odisea. Pero llegando las ocho de la tarde todo cambiaba. Se transformaba y se convertía en otra.
Al atardecer, esos que tanto se inmortalizan con el móvil como si antes no hubieran existido, cuando el sol que buscó se iba apagando, y tenía que estar pensando en la cena o en salir a dar una vuelta, se tranquilizaba y esperaba el mágico sonido del timbre. Ese «dindon» era música de jazz en sus oídos. Caminaba hacia la puerta como si entrara en la pista de baile. No había nada que pudiera superar el momento en el que le abría despacio al profesor de «Literatura del siglo de Oro» y él la besaba.
SOL DE FEBRERO
Hay cosas que nunca cambian. Tampoco quiero que cambien. Tengo una amiga que dice que los postres se hacen por la tarde, y yo mantengo que las magdalenas son de invierno. Y quiero que siga siendo así.
Tampoco cambia que me gusten los días de sol, son los que iluminan mis momentos buenos, aunque sospecho que me resultan buenos porque hay sol. No quiero decir que si no hay sol no tenga momentos agradables, pero no los disfruto igual.
Tengo la certeza de que en otra vida fui un ficus, un rosal o cualquier tipo de planta que necesite sol para vivir, que yo de plantas no sé mucho, la verdad. Así que rellenen el hueco convenientemente: árbol, arbusto o planta que necesite poca agua y mucho sol…igual soy un cactus o una chumbera. La chumbera siempre me pareció divertida, me gustaba buscarle formas, como cuando hay nubes de algodón esponjoso que sirven para imaginar figuras en el cielo. Hoy por hoy, creo que una chumbera se vendería bien en Arco. Cojan ideas.
Los días en los que ni por todo el oro del mundo encontramos una nube en el cielo, esos cuando vienen después de días grises y abombados -tengo la teoría ilógica de que el cielo se abomba con el peso oscuro de las nubes- , los días como ayer, como hoy, son mis favoritos.
Estos días en los que empiezan a sonar animales y hasta revolotean las primeras mariposas, me llenan. Días en los que las amapolas despliegan su elegante traje rojo de domingo y se mecen con la mínima brisa; para mí son como niñas jugando a la rayuela. Días previos a la explosión de olor a azahar. Sol de primavera adelantada, que si además coinciden con el fin de semana, me recuerda a los domingos de mi niñez y me viene el olor a salitre, de cuando paseaba por el puerto después de ir a Misa, y antes de que me llevaran a «tomarme una cervecita». Ahora no tengo el puerto cerca -ni es lo que era-, y me falta poder decir «se ve Ceuta» o exclamar desde la ventana «¡Qué bien se ve Gibraltar! hoy vemos la ropa tendida de las ventanas», pero sigo siendo la misma que busca la compañía del sol (y de tomarse una cervecita).
No soy original, ni la única. Como si fuéramos babosos y hermafroditas caracoles somos muchos los que salimos a calentarnos la sangre, aunque somos más rápidos que ésos que luego cocinan al poleo, -los bares llenos de gente comiendo caracoles es otro signo de buen tiempo-. Lo nuestro es una huida al sol en tropel.
Disfruto cuando, aunque tenga que estar en casa, oigo la risas de los niños camino del parque cercano, el ruido de los patines y hasta el golpe seco de alguien pequeño pero valiente, que intentando montar en bicicleta ha tenido un accidente. Hoy hay un improvisado partido de fútbol al final de la calle, mi calle termina en olivos. Seguirá el murmullo hasta que llegue la hora de comer, la quietud de la siesta (sí señores de fuera, la siesta, privilegio de dioses)
Me gusta saber que hoy será un día con más sonrisas que otros. Si hay sol ,hay más sonrisas.