AULA AL SOL

El aula tenía vistas al sol. Era un invernadero. En verano esos sitios estaban vacíos porque el calor era insoportable y habían dejado de poner el aire acondicionado. Recortes decían, pero estábamos convencidos de que el Rector había distribuido el presupuesto de manera equivocada, por no decir cosas peores. Pero ahora era primavera y disfrutábamos del sol cuando el frío todavía estaba presente, gozábamos de un calor agradable.
Ella aprovechaba esas plazas pegadas a las ventanas en cuanto terminaban los exámenes del primer cuatrimestre. Eran sitios cotizados. Llegaba pronto, se quitaba los guantes, y tocaba el marco de la ventana si ya había empezado a subir el sol. Necesitaba que éste estuviera más alto que la Facultad de Políticas. Solía ser a partir de las once. Entonces llegaban los rayos directos, un lujo.
También elegía ese sitio porque le gustaba su pelo brillando al sol, se veía más bonito, muy llamativo y ella era presumida. No mucho, un poco, quizás la palabra correcta fuera coqueta. Pero ese adjetivo resultaba anticuado, como de soltera inglesa de setenta y cinco años, sonrosada como una figurita de Sèvres. Ella era demasiado racial para tanta delicadeza.
Los días que tenía “Literatura del Siglo de Oro” se esmeraba un poquito más, puede que entonces sí que fuera presumida. Pasaba por el baño antes de entrar al aula. Se peinaba y repasaba el poco maquillaje con el que solía ir a clase, pero en lo que se notaba la diferencia respecto a otros días en los que no estaba esa asignatura en su horario, era en la ropa. Siempre se vestía con lo más favorecedor, lo nuevo, lo que le hacía sentir más guapa.
El profesor de esa asignatura era el más guapo de la Facultad. Todas lo sabían. Seguro que él también lo sabía, que era guapo y que todas esas alumnas no tenían una necesidad irrefrenable de conocer los entresijos de la obra de Quevedo. Pero era muy profesional. Llegaba, y pese que había incluso gritos ahogados de sorpresa y emoción, conseguía que todas siguieran con interés el tema que trataba, y cuando recitaba poesías con esa voz tan de hombre, sin engolar, sin exageraciones ni teatralidad, volvían a enamorarse más y más. Los pocos hombres que acudían a esa clase se desesperaban.
Ella se recostaba en el cristal, lo miraba atraída por la fuerza de su voz, de su personalidad y su sonrisa. Era alto pero parecía que lo era mucho más. Nunca miraba fijamente a ninguna alumna, sería un escándalo. Allí ninguna estudiante era menor de edad, pero no estaría bien visto. Pensarían que hay favores de por medio, aprobados injustos. Él tenía mucho cuidado con eso, ellas se daban cuenta y pese a todo, algunas intentaban llamar su atención descaradamente, pero nunca había sucumbido.
Cuando la clase terminaba ya nada era igual. Todo se volvía gris y aburrido. Pasaban las horas y solo apetecía volver a casa, aunque fuera a estudiar en ese minúsculo estudio en el que se había ido a vivir. Incluso sabiendo que la lavadora, la plancha y la cocina le estaban esperando. Cualquier opción era mejor que seguir en esa Facultad sabiendo que su hora del clase ya había pasado.
Volvía a casa con su imagen, recordando su voz y sus gestos. Preparaba la comida ausente y casi sin comida porque había perdido hasta el apetito. Le costaba estudiar el doble y concentrarse era una odisea. Pero llegando las ocho de la tarde todo cambiaba. Se transformaba y se convertía en otra.
Al atardecer, esos que tanto se inmortalizan con el móvil como si antes no hubieran existido, cuando el sol que buscó se iba apagando, y tenía que estar pensando en la cena o en salir a dar una vuelta, se tranquilizaba y esperaba el mágico sonido del timbre. Ese “dindon” era música de jazz en sus oídos. Caminaba hacia la puerta como si entrara en la pista de baile. No había nada que pudiera superar el momento en el que le abría despacio al profesor de “Literatura del siglo de Oro” y él la besaba.

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