Cruzó con paso firme la calle de punta a punta, se sabía observada, y si en su interior había algún tipo de temblor, no se notó en su caminar.
Podía sentir los ojos clavados en ella y como se movían imperceptiblemente los visillos de las cortinas de las ventanas donde se agazapaban las miradas condenatorias. Gente de boca muy grande y sonrisa muy falsa.
Había quien con absoluto descaro se apoyaba en el alféizar y le seguía con la mirada conforme avanzaba calle alante.
Por un momento pensó que si avanzara más despacio finalmente oiría como se desplomaban la mitad de los mirones y la otra mitad resoplaba en un nivel de decibelios más alto de lo normal. Se sentían en el ambiente las respiraciones contenidas.
Las escoban paraban su runrun y cualquier tarea quedaba suspendida en el aire como el humo de los cigarrillos que se consumían sin ser saboreados.
Quizás hubiera sido más sensato huir, se recriminó, no sabía cuanto tiempo iba a poder aguantar el ser el centro de antención de lenguas viperinas y miradas maliciosas, pero tampoco tenía conciencia de haber hecho nada malo, y no es que su voz interior fuera muy rígida, pero por más que buscaba el porqué de la situación no conseguía entender cómo había llegado a toda esa vorágine de dimes y diretes.
¿A quién quería engañar?, se preguntó, ese paseo por entre los muros que blindaban el pavimiento sólo la hacía crecerse, pues siempre fue una mujer que se rebeló contra la injusticia y se superaba en la adversidad. Seguramente cada uno de los que estaban allí escondidos, serían incapaces de seguir adelante tanto como lo estaba haciendo ella.
Nada más pasar, torcer la esquina, sabía que comenzaría el incesante cacareo en el que le culparían hasta de lo que no había llegado a plantearse hacer.
Pero mientras tanto, segura, firme, con un andar glamuroso y educado, seguía su camino sabiéndose diana de odios, bajos instintos y envidias. Estaba sola, si, pero con la seguridad que da la razón y el valor que da no tener remordimientos.
Autor: @AhoraRo
TORRIJAS
CAIRELES AZABACHES
Tumbado en la cama de un hotel que a duras penas recuerdo dónde es.
ROOF
Roof se paseó elegante por el alféizar de la balconada neoclásica, sus andares elásticos, el viento meciendo su pelaje como si le soplaran levemente a un diente de león para que se desprendiera y comenzara su viaje por entre las nubes. Roof estaba de caza.
No era fácil tener glamour y a la vez ser un gato independiente de ciudad, era tentador quedarse a vivir en alguna casa con calor de hogar y comida segura, pero ninguna le parecía adecuada para un gato como él. Cuando había niños sabía de sus torturas por experiencia propia y solo pensarlo le erizaba el lomo. Cuando eran señoras solas se imaginaba perfumado, con un lazo con cascabel y manoseado, sentía el fuerte olor del perfume en su hocico y le hacía estornudar. Con un hombre solo…mejor no, los que vivían por la zona a veces estaban en peores condiciones que él.
Andaba a la búsqueda y captura de algún despistado saltamontes que pese a no ser su plato favorito tenían la divertida cualidad de crujir mientras se masticaban. Y esa opción es la que quedaba porque los cubos de basura estaban vacíos.
Algo estaba sucediendo en la cuidad, ya no llegaban las bolsas como antes, ahora la mondadura de la patata era cada vez más fina. Roof había tenido más de un altercado con algún bípedo a la hora de disputarse las sobras de algún garito de mala muerte de olor a fritanga.
Llevaba mucho tiempo ya por este barrio, algunos de los más observadores ya lo conocían, no eran muchos los humanos espábilados y eran bastantes los gatos callejeros, pero no tenían el savoir faire de Roof, ni su distinción, ni su descaro, pero algunos le tenían aprecio y el chico que repartía los periódicos a veces compartía su almuerzo con él.
Normalmente no duraba tanto en un mismo lugar, había atravesado el país de punta a punta y sus huellas estaban en muchos vagones de tren y en alguna que otra furgoneta desvencijada donde el crujir de la lata y su motor acallaban sus lastimosos gemidos producidos por sus huesos chocando contra las paredes. ¿Por qué llevaba tanto tiempo por aqui? Pues se lo preguntaba muchas veces, cuando se tumbaba en algún alféizar a mirar las motas de polvo en los rayos de sol. No llegaba nunca a una conclusión ni válida ni concreta, tampoco le preocupaba demasiado, sabía que cualquier día solo tendría que seguir andando justo en el momento en el que debiera volver.
De repente, un piso más abajo algo llamó su atención, le brillaron los ojos, algo…saltaba…¡por fin! Casi planeando como un peludo avión de papel, llegó en el momento justo en el que el pobre bichito le servía de tentempié. Se relamió entre orgulloso de sí mismo y goloso.
Continuó su paseo por el barrio y ya, en la puerta del barbero se paró a descansar, los hombres siempre eran más tolerantes con su presencia y molestaban menos. Además le gustaba el olor a loción y las palmadas del barbero tenían un compás agradable.
Olisqueó el aire, movió sus bigotes y se tumbó largamente en la piedra caliente, llovería pronto, tormenta de verano, pronto llegarían los truenos, el preaviso de los rayos, como un burofax de la lluvia, no sabía el lugar que tendría que buscar para refugiarse, pero esa falta de previsión era lo que a Roof le hacía sentirse bien, libre, contento.
Y así, a la espera del trueno, con el estómago lleno y en la emoción de no saber que hacer ante la lluvia, Roof se durmió con la conciencia felina limpia y brillante. (Al tejado del Savoy)
GURÚS
Hay dos maneras de enfrentarse a la vida y por ende al amor: decir que tienes hambre y que todo el mundo sepa que te vas a comer el mundo a mordiscos o sentarte a que te sirvan la comida después de haber ido a un buen restaurante.
A los primeros, hombres y mujeres, se les dice que son sagaces, astutos, intrépidos y aunque tientan a la suerte muchas más veces y descubren su juego en el primer movimiento, también es cierto que aumenta su riesgo y por extensión la posibilidad de acabar con el corazón destrozado.
Los segundos, también hombres y mujeres, suelen ser personas más comedidas socialmente, puede que más elegantes, respetuosos, reposados, su caminar es más lento, más pausado y no corren riesgos innecesarios, tienen un punto de cobardía, prefieren estudiar la carta de platos antes de acceder al menú degustación en el que irremediablemente y por una terrible casualidad, el plato que menos te gusta es el último que comes y que deja un peor regusto en la boca con lo que afrentas los postres con una avidez que en ocasiones sienta mal.
Entre estos dos grupos viven y conviven los libros de autoayuda sentimental, unos los leen, los primeros, justo al acabar una relación, para reafirmarse asi mismos y los otros con auténtica fruicción como si fueran sus biblias de cabecera. Y no es broma, para algunos son leitmotiv en sus vidas.
Estos gurús del sentimiento que escriben libros muchas veces sin ningún tipo de especialidad médica son como radiaciones al alma. No hace mucho que llegué a la conclusión que su consumo y seguimiento por estas personas es como la del paciente de cáncer que en plena quimioterapia, agobiado por los distintos efectos secundarios del tratamiento curativo deciden adentrarse en el mundo homeopático dejando atrás la medicina convencional, estos enfermos al principio sienten una notable mejoría pues desaparecen vómitos, mareos, pérdida del cabello…pero no es más que un espejismo y cuando por fin se convencen del error vuelven a la planta de oncología cuando ya no hay remedio.
Igual que hay un proceso cicatrizante de una herdida, una convalecencia de una operación quirúrgica o una rehabilitación física, las heridas, dolores y sufrimientos del alma, del corazón, requieren un tiempo para curarse y cualquier otro atajo solo lleva a engaño, a más sufrimiento o a tener que volver a pasar por quirófano.
A nadie le gusta sufrir, pero la condición humana nos hace débiles y proclives a él, la confianza, la esperanza y una sonrisa hacen muchísimo más por las personas que un millón de palabras convertidas en best seller.



