RECUERDA POR FAVOR, RECUERDA

¿Recuerdas? Tú sentado inamovible y sin embargo tan cómodo. Yo sobre ti, recostada en tu hombro algo inquieta, mi pelo caía por tu pecho y me leías con tu voz grave y cadente y el significado de las palabras se volvía secundario.
¿Te acuerdas? Teníamos todo por delante y nada en las manos, sólo ilusión y ganas de comernos el mundo sin más ambición que contemplar juntos las cosas simples. Escucharnos. Saber que si nada teníamos nada podíamos perder porque lo material no importaba, nos pertenecíamos por voluntad propia.
Noches en vela sin más compañía que un libro y la lamparita, a veces un café y si estabamos de fiesta una copa de vino, o de whiskey que duraba hasta el amanecer, hasta que el azul rosáceo de la mañana nos recordaba que otra vez habíamos usado la noche en lugar de dormir.
Aún te recuerdo leyendo al aire, entre calada y calada a un cigarro apurado hasta más allá del filtro:

«Regálame una rosa que no esté usada
Entrégame una vida que no se gaste
Olvídame despacio, si así lo quieres
y vuélveme la espalda de tu regazo.»

Y parabas, dejando la última palabra suspendida en el aire y aún no se si es porque necesitabas aire, estabas reflexionando, querías que lo hiciera yo o todo a la vez, pero yo no rompía el momento, nunca lo hice, saboreaba hasta tus pausas.
Era una época donde el día tenía más minutos porque habíamos aprendido a dejarlos parados a nuestra conveniencia y la derrota y el cansancio no formaban parte de nuestro vocabulario.
Fue otro momento, ni mejor ni peor, pero dime ¿recuerdas?

LA EXCLUSIVIDAD DE UNA CANCIÓN

La recordaba de rodillas, con su cubo al lado, cantando coplas mientras fregaba los suelos. «La fregona no limpia señora, eso a lo mejor para las señoritas, pero siempre fregué así y así lo veo más escamondao» y seguía frota que te frota luciendo el suelo.
Según el momento su cante era un susurro y en otras ocasiones, un desaforado «Ojos Verdes» a pleno pulmón. De tanto observarla se había ido dando cuenta de que la plata daba para melodías a media voz y los cristales merecían auténticos do de pecho, siempre pensó que hasta en sus oidos le sonaba la orquesta y cuando callaba, desde su escondite acechador, le sorprendía encontrar a la señora de la limpieza y no a una de esas bonitas cabareteras de labios rojos y escotes generosos.
Sabía que era así porque cuando acompañaba los domingos a papá a comprar el periódico, en las alas del kiosco de la prensa, había revistas llenas de colores y artistas de varietés.
Ella tenía un novio, que venía a recogerla religiosamente. Hubo un día que él se retrasó y ella le esperó en el portal, con tan mala fortuna que el conserje ya había recogido las basuras y le dió charla y ¡había que ver al señor mecánico de automóviles, era una fiera!. Así que ya no lo hacía más, esperaba sentada en la cocina, deseando que sonara el timbre de la puerta del servicio para poder por fin salir de alli.
El pensaba que se iba a cantar a un bar o a un merendero lleno de lucecitas para parejas de bailarines enamorados, pero la realidad era una madre medio ciega y un padre mayor que necesitaban la cena y la medicación.
En esos casos ya no cantaba, miraba preocupada un minúsculo reloj que llevaba colgado con una cadenita, un regalo de su novio, decía, lo único fino que le vió hacer, apuntaba para que no hubiera equívocos o lamentándose, porque en ella todo sonaba como un brote de alegría y no sabía distinguir.
Ella en la sillita de madera y cuerda, sentada en el filito, incómoda por la situación, tensa, y entonces, él se atrevía a salir del escondite y se acercaba, y era cuando maternalmente le ordenaba el pelo y le preguntaba cómo le había ido en ese colegio de señoritos donde le mandaban tan guapo y tan formalito, y luego, muy bajito, murburaba «angelito, con el frío que hace, tan chico…»
Luego sonaba el timbre y se acababa la magia y él volvía a su realidad envidiando a ese novio despiadadamente celoso al que le tenía que agradecer los minutos de cercanía que tenía con su particular cantante de revista.

OPERACIÓN BIKINI

La sonrisa se le perdió en la mañana y le duró lo que tardó en ver los números reflejados en el neón de la báscula
– ¡Maldita sea! -masculló. Se pasó la mano por la frente mesándose la melena recogida al libre albedrío al despertar y siguió farfullando una cascada de improperios que se dirigían por igual al peso y a ella misma.
En su ritual de la mañana había desterrado el momento de pasar por la tortura de la balanza porque tenía muy claro que solo le iba a dar malas noticias. ¿Para qué sorprenderse ahora? Estaba claro que la dificultad de entrar en los vaqueros, y la falda ajustadísima eran clara consecuencia de algo, no iba a ser la venganza callada y fría de la gravedad. Pero cuando la numeración se hace patente… ¡qué angustia!
Tomó un vaso de agua enfurecida y tan rápido que las sienes empezaron a latirle como si el corazón se le hubiera partido en dos y se hubiera dedicado al intrépido viaje de conocer su cerebro.
El cerebro, veamos, ella era una mujer inteligente, sensata, no se permitía ningún tipo de tontería o de pensamiento absurdo porque generalmente o costaban dinero o tiempo y ninguna de las dos cosas estaba dispuesta a perderla.
¿Por dónde iba? ¿Por qué no podía pensar con claridad?
Era inteligente si, culta, formada, e incluso tenía claro que la «belleza está en el interior» (señora Pots dixit), entonces, ¿a qué tanta preocupación? Ella jamás había condenado a alguien por su aspecto, por su talla, tenía sus gustos, no era un ser inmaculado y perfecto, pero nunca dejó de darle una oportunidad a una persona sólo por su aspecto físico, es algo que había visto muchas veces y siempre le pareció una aberración.
Y luego, con los tiempos que corren, ya comer era una suerte, aunque fueran exceso de hidratos…
Una luz interna se le encendió, una voz le llegó con su misma entonación…»Te autodisculpas» ¡Ah no!- se regañó- ¡eso nunca!. Por ahí si que no, jamás una autodisculpa, ni paños calientes para ella misma. La autocompasión es de cobardes.
No se encontraba mal y tampoco tenía ningún tipo de enfermedad de las que acompañan al sobrepeso, ni siquiera tenía claro que fuera sobrepeso, simplemente se había dejado demasiado. Las causas eran muchas y la culpa solo una, de ella.
Había llegado el momento de coger el toro por los cuernos, había engordado. Había engordado mucho y por inteligente que fuera, por claro que tuviera que era una superficialidad no quería estar así. No había más excusas. Era el día 1 y pronto volvería a resurgir.

CALAMARES EN SU TINTA Y EN PAPEL

Durante mi adolescencia, cuando aún rozaba casi la infancia leía unos libros de mi abuela. Tenía su permiso por fin para leerlos y no porque temiera que los estropeara, si no porque los consideraba adecuados a mi edad, y es que mi abuela aún me censura lo que ella cree que no debo leer, a los treinta y siete y con dos hijas en el mundo. ¡Y me encanta que lo haga!
Eran unos libros de una inocencia casi bautismal, pero de rápida lectura y de diversión adecuada para las soporíferas tarde de verano o aún peor, de ese junio en el que aun no iba a la playa pero pesaba la siesta como una losa de hierro fundido. Yo leía libro por tarde. A esa lista se añadían los Agatha Christie y los Mafalda, siempe Mafalda.
La verdad es que tenían, tienen porque siguen estando, un punto de humor inteligente que ya quisieran algún que otro bodrio de esos que te caen en las manos y te entran ganas de venderlo al peso y encima se empeñan en que es la fascinante obra de la temporada.
Eran novelas «de amores»: muchachita, generalmente solita en el mundo o con abuela o tías solteras que intenta ganarse la vida. Tienen su mérito porque estan escritas por una autora española en un época determinada donde muchas mujeres así, independientes, tampoco había… Evidentemente tiene el deje machista de la época pero no mucho más que puede ser «Lo que el viento se llevó» o similar.
Si alguien los ha leido alguna vez, la autora es Luisa María Linares, yo francamente los recomiendo por divertidos, sobretodo «Como casarse con un primer ministro» y «Esta noche volveré tarde».
En mi familia las hemos leído todas, y del mismo modo que con Mafalda, «La venganza de Don Mendo» o «La casa de la Troya» las citamos a menudo, supongo que queda mucho mejor decir que se cita al Quijote o a Joyce pero la verdad es la que es.
Hoy me ha venido a la memoria una frase, cuando ella, la muchacha, iba a tener una cita con un varonil sujeto (siempre altos y fuertes) y ella pese a tener ganas, evita unos calamares en su tinta, porque machan los dientes y es que de siempre la coquetería ha estado en las pequeñas cosas.
Así que dejando de lado la operación bikini, el colágeno, el botox, las liposucciones y el wonderbra no hay que olvidar que además del ajo y la cebolla, si tienes una cita, no comas calamares en su tinta!

TRUENOS DE AÑORANZA

Llovía gris.
El horizonte se había perdido entre sombras verdosas con tintes negros, presagiaba un futuro incierto. El paisaje era apocalíptico como el que se definía en las sagradas escrituras y en las películas de serie B. Un rayo partió el cielo por la mitad y retumbó un trueno, tembló el cristal de la ventana donde estaba apoyada, un mirador lacrimoso y helado.
Se acurrucó en sus propios brazos y subió el cuello de su chaqueta.
Nunca se acostumbraría a las tormentas. Le daban miedo, un irracional y absurdo miedo, un pánico impropio de su edad, sus conocimientos, sus malos ratos vividos.
El viento zumbaba por cada rincón de la casa y un perro aulló en la lejanía, «malos presagios»- decían las antiguas, «suena a muerto»- decían otras. Suponía que la realidad era tan simple como que el pobre animal estaría aterido de frío, solo y perdido en medio de tan tremendo temporal. Pero la explicación sensacionalista y llena de superstición parecía por entonces muchísimo más lógica.
Le gustaban las tradiciones, los dichos, los refranes y los protocolos de siempre,  pero había unido su vida a un hombre de ciencias, cerebral y cuadriculado que no atendía a folclore alguno. Recordaba con una sonrisa cuando su abuela decía alguna de esas frases que conformaban el hilo del recuerdo de su infancia «no presientas que eso es de viejo o de perro» «tanto va el cántaro a la fuente…» «quema romero, santo romero…» y su marido miraba al cielo en una suplica a un Dios en el que no creía o en grito desesperado ahogado por la buena educación y el respeto a quien tanto hizo por ella.
Su abuela. Pese a echarla tanto de menos siempre su recuerdo le traía paz, calor de hogar, olor a jabón y puchero en la olla. Trabajó incansable como nadie, hasta el final, sin una queja o un reproche, dulce y firme no sólo llevó por buen camino a sus hijos sino que también se hizo cargo de los nietos, les dejaba consejos que eran sentencias y enseñanzas en forma de caricias.
Ahora, como adulta, pensaba que hacía magia para dar de comer a tantos, para que no le faltara un detalle a nadie, y para ayudar cuando alguno necesitaba gafas o había que pagar la cuenta del dentista…o de los zapatos.
La claridad de un relámpago hizo la luz en el patio y pudo ver a lo lejos una chaqueta de uno de sus hijos que debió olvidar, estaba empapándose, salió rápida a rescatarla con el recuerdo vibrante de su abuela, y su cara se humedeció de lluvia o de nostálgica soledad del cobijo infantil.