Cae el calor a plomo por mi ventana y aún boqueando como un pez recién pescado, doy íntimamente las gracias porque todavía no ha llegado de verdad el calor, el calor de este lado del río, el calor que supera los cuarenta grados centígrados, ese… el que estamos bordeando esta tarde.
Siempre he pensado cuando llegan estas fechas que no se debe de estar muy distinto en el infierno (Dante estuvo aquí documentándose) y me pregunto si andamos purgando en la tierra o pagando quizás el precio de algún gracioso que se pasó de la raya alguna vez. Algo semejante al «ganarás el pan con el sudor de tu frente» pero estacional y a lo bestia.
Pienso que debería existir un serio estudio con conclusiones concisas y certeras, nada de expertos de los que asesoran a políticos, gente seria con conocimiento de verdad que nos dijera por qué durante dos meses el Infierno se vuelve terrenal y hace su aparición. ¡Y que no me vengan con acercamientos al sol! ¡Nada de astronomía! Esto es mucho más serio…
Es difícil de explicar el sentimiento al abrir una ventana o una puerta, esa «bofetá» que agresivamente llamamos nosotros a esa entrada masiva de aire denso y caliente que te golpea en el cuerpo entero a lo Cassius Clay y te deja K.O en un asalto. No voy a intentarlo, ni tampoco recomiendo a nadie que la padezca en carne propia para comprenderlo… nadie me ha hecho nunca tanto daño como para deseárselo.
La chicharra me acompañó una siesta imposible de dormir, y estoy a la espera de una de esas tardes que languidecen dando paso a una noche en la que en el mejor de los casos es posible dormir algunas horas siempre y cuando los mosquitos no quieran volverse sangre de tu sangre.
Y mañana, más de lo mismo…
Pese a todo reconozco que prefiero el verano al invierno, sea donde sea, incluso en este infierno de andar por casa, aunque cuento los días para cambiar la piscina por la playa, el aire acondicionado por el salitre y las noches ardientes por el relente de costa…
Empieza la época de leer más que de escribir, de descansar, de ser hija y de ser nieta y ejercer de ello, de volver a ver amigas de siempre, de noches de cervecitas y sonido de abanicos, volver a ser un poco niña sin dejar de ser madre, que ya luego llegará septiembre…
Autor: @AhoraRo
16/ENERO/2012 ENTREVISTA A ALVITE
Esta entrevista nació por un cúmulo de casualidades y llevó mucho tiempo. En ella aparecen nombres de personas conocidas de José Luis Alvite, participantes continuos de su grupo en Facebook que colaboraron en la redacción de algunas preguntas a petición mía. Gracias a todos y espero que no os parezca mal la publicación en mi humildes gotas.
Por cierto, echo de menos sus maullidos.
R: Tendrá frío.
R: Paco Lara te dice que porqué tus relatos algunas veces son tan enrevesados y para decir una cosa le das tantas vueltas?
A: Vaya, eso me sorprende. Tendría que estar en su cabeza para tener esa percepción y responderle. Se puede escribir de una manera más simple, es obvio, pero para eso ya existían antes los telegramas y en algunas tribus usan el tan tan o las señales de humo, que no tienen sintaxis ni ortografía. Malher hace música. Las campanas de las Iglesias, también. Malher es más complejo, y las campanas, más simples. Para llamar a misa están bien las campanas; para disfrutar de la música, sinceramente, prefiero a Mahler.
R: Tus seguidores y lectores gallegos han podido disfrutar de una obra tuya que tenía lugar en un manicomio, «El manicomio de Alvite», ¿crees que podremos el resto acceder a este grupo de artículos en un libro en algún momento?
A: Esa es mi intención. Solo falta con dar con el editor adecuado, y con la persona que sistematice los textos y lo organice un poco.
R: Conmigo cuentas…claro..
R: Por último quisiera ponerme un poco trascendental, bueno…solo un poco.
A: Adelante
R: ¿Crees en Dios?
A: Es un asunto peliagudo, complicado, que no me atrevería jamás a reducir a una respuesta lacónica o efectista. Yo no soy creyente, ni ateo. Soy un agnóstico atribulado, angustiado, sin duda necesitado de resolver esa duda. He evolucionado mucho en mis actitudes frente a la religión y admiro a los creyentes. Porque contra lo que que se piensa, entiendo que lo fácil es no creer y que lo que requiere esfuerzo es la fue. Yo miro a mi alrededor y me doy cuenta de que los escépticos vivimos con miedo y envejecemos con pánico. Pero yo no creería jamás en Dios por conveniencia, como quien cree en la cirujía plástica, sino porque a veces creo que me lo pide el cuerpo. Supongo que Dios no es un capricho, ni una apuesta, sino una necesidad. Es algo que tengo que resolver sin complejos intelectuales de ningun tipo.
R: ¿Eres feliz?
A: No soy feliz en términos generales pero tengo razones personales muy íntimas, de índole sentimental, para considerarme un hombre muy afortunado y muy feliz. También es cierto que esa felicidad lleva aparejado sin remdio el temor a perderla.
R: ¿Qué te hace llorar?
A: Me hace llorar el heroismo cotidiano de la gente sencilla, sus esfuerzos para salir adelante, su resignación y su callada tristeza. Y me hace llorar el recuerdo de la inocencia perdida, de cuando en la mañana de Reyes incluso me hacía feliz jugar con la caja del regalo.
R: ¿Eres celoso?
A: Muy celoso. Insoportablemente celoso. Me doy cuenta de ello en intento controlarme, pero es una batalla siempre perdida. Si dejase de ser celoso, sería seña inequívoca de que ya no estoy enamorado. Comprendo que los celos hacen daño a los demás, pero ¡demonios!, también hace daño el fuego de la cocina si se nos va de las manos.
R: Me consta que eres un hombre muy generoso en todos los aspectos de la vida, pero dime, ¿qué es lo último que te han regalado?
A: Alguien que respeta mis decisiones pero sería feliz si yo dejase de fumar, ironicamente me ha regalado un sugerente y evocador mechero de martillo. Tiene grabadas las iniciales L.W., referidas a Lorraine Webster, el personaje femenino del Savoy que tantas veces acude como recuerdo a una cita con Al en la soledad de la madrugada. Supongo que ese mechero no es un incentivo para que fume, sino una tentación para que lea.
R: ¿Y lo último que has regalado?
A: Sinceramente no recuerdo cual fue mi último regalo. Soy muy descuidado con los gastos.
R: Una pregunta de Adela Martin Pose, si pudieras pedir un deseo, ¿cuál sería?
A: Soñar con ella dentro de la cabeza de la mujer a la que amo, para que no le quepa ninguna duda.
Otro deseo, que quienes tenemos las dos manos ocupadas, dejemos algo para que ocupen al menos una de las suyas las personas que no tienen trabajo en España.
R: ¿Confías en las personas?
A: Por desgracia, en eso voy caso por caso. Creo en la gente en general, pero me he llevado unos cuantos chascos. Lo que hago es perdonar. Tampoco guardo rencor. No sé hacer esas cosas tan ruines. Aunque reconozco que tiene su encanto, me falta habilidad para el mal.
R: Mari Carmen Diaz Guerrero te pregunta, ¿Qué asignatura tienes pendiente en la vida, aspiras a conseguirla?
A: Como nunca me he marcado un objetivo profesional, no considero que tenga metas sin alcanzar. Mi idea de la satisfacción consiste en llegar a donde sea y pensar luego que ese es justamente el sitio al que tendría que haber llegado. Mis metas incumplidas son de otro orden y tienen más que ver con mi felicidad sentimental y con mi conciencia. Si es a esas metas a las que se refiere la pregunta, mis metas sin alcanzar tienen que ver sobre todo con mi estabilidad espiritual.
R: Tu sobrino Nacho, que sé que es especial para ti y que os tenéis un gran cariño ha tenido la deferencia de mandarme también una pregunta pese a que evidentemente vuestros lazos familiares dan para otra confianza… El te pregunta ¿Cuál fue el momento más feliz de tu vida?
A: Nunca me he preocupado de hacer una lista de momentos felices. Mis tres paternidades son momentos felices, pero hay mucho más que tienen un rango distinto y son tambien esenciales en mi vida. En el orden profesional, mi primer contacto con Carlos Herrera es sin duda fundamental. Y no podría negar que fui feliz las dos veces que me casé.
Pero en conjunto mi máxima felicidad fue durante la infancia y el comienzo mi adolescencia.
R: Después de tantas preguntas me queda la de Luchy López a la que por motivos de auténtica osadía al atreverme a hacerte esta entrevista, me añado: ¿Qué pregunta te hubiera gustado contestar y sin embargo, jamás te la hizo nadie?
A: Podrían preguntarme por mis remordimientos, que son unos cuantos y me tienen siempre muy ocupado. Pero no estoy seguro de que fuese capaz de conestar porque me hace mucho daño recordar los motivos por los que tengo esos remordimientos.
La entrevistadora tiene conmigo la suficiente confianza para estar al tanto de esos remordimientos y creo que comprenderá que sea reservado.
R: Comprendido.
Te he oido en varias charlas a las que he tenido el inmenso privilegio de asistir contigo, con periodistas de la vieja escuela, que las redacciones ya no son lo que eran, que no hay sonido de máquinas, ni humo, ni alcohol en el cajón del redactor jefe, sin embargo tú ahora escribes desde casa, cómodamente, llega rápido, sin necesidad de llegar a la redacción…el mundo avanza, ¿que opinión tienes hoy de facebook?
A: Facebook ha sido una agradable sorpresa para mi. Recelaba de las redes virtuales. Me parecían una estupidez. Es obvio que mi actitud frente a ellas es ahroa bien distinto. Muchas de mis mejores amistades las tengo en Facebook. En La Red no hay antros, ni garitos, ni copas, pero hay imaginación. Y la imaginación es el material con el que trabajo más a gusto.
R: Termino ya, ¿he aprobado?
A: Has sido un hallazgo periodístico, pero no me sorprende porque te conozco. Tu actitud es verdaderamente profesional y me confirma en la idea de que el periodismo pertenece a la gente que lee. A esa gente, a ti, es a quien hay que devovlerle la iniciativa de la verdad. Gracias por la entrevista. Ha sido un honor y espero haber estado a la altura.
Naturalmente, agradezco el interés y las preguntas de mis amigos de Facebook, a quienes tanto debo.
R: Gracias por todo, por la confianza y el cariño.
CAMBIO DE LEY PUEDE, CAMBIO DE MENTALIDAD: URGENTE
Puede que con lo que escriba hoy levante cierta polémica, algunos dejen de seguir lo que escribo y difícilmente consiga más seguidores, pero soy sufridora en segundo grado de lo que voy a contar.
Soy madre de dos niñas «listillas», no puedo ni quiero decir que son super dotadas, ni sobre dotadas, ni siquiera de altas capacidades (aunque así esté reconocida al menos una de ella), simplemente son niñas muy estimuladas intelectualmente porque tienen la suerte de nacer en una familia que les puede dedicar tiempo – a veces a cambio de algún que otro sacrificio -, que intenta orientarlas y además a ellas les gusta.
Evidentemente me alegro muchísimo que la educación tanto pública como concertada y privada se dedique con especial interés a los niños que tienen dificultades en el aprendizaje, trastornos en la atención o discapacidades psíquicas. Era algo normal y justo que tenía que llegar más pronto que tarde y sin duda la educación pública es la que más recursos tiene para ello.
¿Pero y los que necesitan más?
¿La teoría no es enseñar en función de las necesidades del niño?Vayamos por partes.
La primera gran mentira es decir que los colegios concertados tienen más recursos, es incierto, y no sólo eso, sino que los docentes trabajan más horas y por menos sueldo. Ni que decir tiene la privada donde se autogestionan y los profesores son los que más horas trabajan y sin embargo cobran menos dinero. ¿Por qué entonces tienen mayor calidad en general dentro de la deficitaria educación española? ¿Por qué políticos, sindicalistas y demás afines llevan a sus hijos a colegios privados?
Mi comunidad autónoma, la andaluza, es la última (al fondo a la izquierda) al final de la escala PISA y sin embargo las que más recursos ha invertido en cosas tan fascinantes como ordenadores que se llevan los niños a sus casas y ahora, en épocas de vacas flacas, por no haber dotado a las aulas, si no a los estudiantes, se encuentran que los que vienen detrás no tienen acceso a esa tecnología. Por cierto, las compentencias están transferidas desde hace siglos y siempre han gobernado los mismos. Se que en otros sitios es igual con diferente color político, quizás no tan exagerado como en el nuestro.
No es cuestión de más dinero, está claro, es cuestión de más ganas, de más calidad y cantidad de conceptos, que es a lo que mandamos a nuestros hijos. Para educarlos están los padres, para aprender conceptos necesarios, están los centros educativos.
También estoy un poco cansada de que me digan que tienen que aprender un montón de valores, todos estupendos, que deberían mamar en casa y que le restan tiempo para las asignaturas que conforman la cultura de una persona: arte, literatura, filosofía, y hasta latín, que nos enseñe de donde venimos para entender donde vamos. Por no hablar de ciencias y matemáticas. ¿Cómo es posible que con todos estos medios, estos profesores, al final salgan con un título pero prácticamente analfabetos? ¿Así se les protege de unas cláusulas abusivas de hipotecas, de preferentes, de la negociación de los convenios colectivos? ¿Estos son los grandes profesionales? ¿Cómo van a entender una declaración de la renta, se dan de alta como autónomos o saben si los están timando?
Por otra parte, cómo es posible que no se premie el esfuerzo, la constancia, la dedicación.. Si finalmente el título es el mismo, sólo queda el reconocimiento interior pero en ningún momento se valora, antes bien se suele machacar, a quien se deja su tiempo y su esfuerzo en aprender, en hacer sus tareas, en sacar buenas notas.
A mi desde luego, como usuaria de la educación pública, nadie me va a dar lecciones desde una pancarta. Entiendo y comprendo que la supresión de una paga extraordinaria es un descalabro para cualquier economía doméstica, por mucho que se gane, porque es un dinero con el que se cuenta, pero eso no va en detrimento de los niños.
Los niños necesitan profesores que se dejen el alma en el aula, como se lo dejan otros tantos profesionales en otros empleos, porque los docentes también portan unos beneficios, como son los días no lectivos, y libres por tanto, que no tienen ningún otro trabajador: puentes, Navidad, Semana Santa, y mínimo mes y medio de verano cuando no es dos meses y medio… que parece que no constan entre los incentivos que tienen en una profesión que sin duda desgasta.
Vuelvo al principio, estamos conformando la mediocridad desde la escuela, los niños que sobresalen, son «decapitados» y si no tienen la suerte de tener recursos para ir a un centro privado o unos padres con una buena base cultural y ganas de implicarse, acaban absorvidos por el sistema y eso conseguirá que finalmente la diferencia sea cada vez más grande…volveremos a las castas y clases sociales, esta vez patrocinada, en mi caso, por la Junta de Andalucía.
CÁRCEL DE ORO
Maura era consciente que desde que empezó a convivir con él había vivido entre el lujo, los destellos y una vida que ni en sueños pudo abarcar, era una vida en la que todo lo que deseaba, dentro de un mínimo orden, lo podía alcanzar. Grandes hoteles, viajes, cenas elegantes y hamburguesas de suite, zapatos de firma y suela roja, vestidos de diseño y la última tecnología.
Si hace solo unos años le hubieran dicho que esa iba a ser su vida hubiera reído aunque lo más que se permitía por aquel entonces era una sonrisa, no estaba en los planes de su vida, no existía ni por asomo ese tipo de existencia en la trazada línea de la biografía que suponía que había en algún sitio pintada con un rotulador indeleble. Una línea para cada uno. Se equivocaba. O la línea no era tal o están dibujadas con tiza y se borran y se reescriben con cada decisión que tomamos en la vida.
Y si antes no se permitía reir porque lo consideraba un lujo, una pérdida de tiempo pues necesitaba todos y cada uno de lo segundos para salir adelante, ahora simplemente ni la sonrisa le asomaba a los labios.
Vivía en una cárcel de oro, se sentía apresada entre la ostentación y el buen gusto, era infeliz y pensaba que no era ni siquiera de justicia sentirse tan desdichada, ella conocía bien el otro lado, el de la estrechez y la falta de recursos, el de la lucha por pequeñas metas que hoy podía conseguir levantando el teléfono o con dos clic del ratón. Pero la realidad es que la manida frase de que el dinero no da la felicidad, es más profunda de lo que parece.
Se maquillaba con carísimos productos pero había conseguido hacerlo como si maquillara a una extraña, como lo hacía de niña en el escalón de casa a sus amiguitas del barrio. Para ella los espejos eran armas de destrucción masiva que le enseñaban su rostro bello e inmaculado lleno de vejez emocional.
Alguna vez había intentando huir porque en realidad no estaba apresada, cada vez que él le decía que le daba igual que estuviera o no en su vida, ella amagaba con abandonarlo todo mientras él sin a penas incorporarse en el sofá ni dejar de mirar la gran pantalla super plana de televisión le repetía…por mi como si no vuelves.
Nunca daba el paso final y si lo hacía volvía, con una extraña dependencia y un irracional miedo a la soledad. A veces pensaba que era como la cocaína, sabía que le hacía daño, no le aportaba nada, no se sentía feliz, y sin embargo los cocainómanos siguen consumiendo quizás, como ella, por el miedo a descubrirse sin tamiz y ver el despojo en el que se había convertido.
Ahora, harta de promesas incumplidas, de sueños rotos, de renegar de ella misma, de avergonzarse de su falta de valor y su total y absoluta sumisión, sólo le quedaba esperar a que la muerte llegara antes que el recuerdo.
MADURACIÓN EN BARRICA DE PINO
Muchas personas sobre todo en los últimos años me han preguntado cómo puedo tener conciencia de percepciones y sentimientos que no me corresponden por edad. Suelen comentármelo tras leer alguna de las entradas de este blog o en conversaciones por redes sociales. Al principio era una puntualización que me extrañaba porque aunque me tengo por una persona que empatiza fácilmente con los demás tampoco consideraba que lo fuera más o menos que los demás. Aunque sólo fuera por abrumadora coincidencia acabé por darlo por bueno.
También es cierto que debo reconocer que hay personas con las que soy incapaz de empatizar y su hilo de pensamiento es un misterio insondable para mi, y cuando creo que están pensando en tartas se desmarcan con Kafka, pero claro «nadie es perfecto» y yo no soy infalible.
Yo comprendo que hay edades para todo, y también entiendo que nadie tiene que sentirse distinto a lo que su cuerpo le pide, corresponda o no a su edad según marque el calendario pero me parece que estamos creando una sociedad en la que con tanto estirar la juventud, al final una persona madurará en el ataúd. Maduración en barrica de pino.
Conductas que se relacionarían con la adolescencia, como la desconfianza, la falta de tolerancia a ideas distintas a la propia, incluso unos sentimientos de odio a evitar a todas luces entre adultos, relucen vestidos con las patéticas galas de desdén y los insultos.
¿A qué se debe que todo el mundo se crea bueno e infalible? ¿Cómo es posible que los fallos o errores de otros en vez de matizarlos, ayudar y sacar del equívoco a esa persona con dulzura, se use el peor de los estilos carroñeros? ¿Por qué se es tan autocomplaciente con los errores propios y tan cruel con los ajenos? ¿Y las responsabilidades de los actos por acción u omisión?
Todas esas negativas conductas tendrían que ser corregidos por los adultos a esas personas que se están formando no solo por fuera si no también por dentro: los adolescentes. Pero ¿qué ocurre cuando los que tienen que actuar como «enderezadores» están igual de dispersos?
Yo no tengo la respuesta ni creo que tengamos que retroceder al tiempo en el que las personas ya estaban al final de su vida a los cincuenta años sobre todo cuando es fácil llegar a los noventa. Me parece que la sociedad ha sido pendular y puede ser la causa de que nuestra juventud esté algo perdida sin referencias a las que agarrarse.