La noche del pánico fue la que vino después de la noche de los suspiros. Si había que ponerle nombre al insomnio es mejor que sean literarios y hasta grandilocuentes. Es la opción de vestir de importancia el común trastorno del sueño. También es cierto que al denominarlas así, se clarificaba de perfectamente lo que sucedió en esas horas de oscuridad.
Cuando llegan esos días en los que los ojos se niegan a cerrarse, y que cuando se cierran, están más abiertos que nunca, las noches son ésas donde la cama se vuelve enemiga, la almohada un saco de arena de los que sirven para entrenarse en el gimnasio y las horas eternas.
La primera noche fue la de los suspiros, la presión en el pecho buscaba un escape, temblaba el aire en los pulmones como tiritando, y se iban hilvanando sin parar y casi sin descanso. Se podría decir que salía más aire del que entraba, a penas podía inspirar. Las lágrimas no salían a borbotones y sólo la pequeña humedad que el lacrimal iba destilando como si fueran gotas de oro, empapaban levemente las pestañas.
La segunda noche fue la del pánico. Se acababa el tiempo. Había tomado la decisión de esperar, y eso conllevaba estas dos noches de ansiedad, pero tras asumir que pronto habría que coger el toro por los cuernos y que desde ese mismo instante, tendría que aceptar lo que viniera, ya no quedaba la opción del suspiro, ya sólo había que intentar contener los nervios. Tarea inútil. Imposible. Sin dormir, sin haber descansado, con la cabeza sin parar de girar como una noria, agotada mentalmente y el cuerpo incapaz de rendirse, con la tensión manteniéndole en pie.
Pero llegó el sol acariciando la piel desde muy temprano y se echó a reír. Ni un segundo más de angustia. No esperaría más. Se acabó el drama. No se iba a permitir caer, ni siquiera tropezar. Era un paso atrás, tampoco iba a engañarse, pero cualquiera sabría a donde le llevaba ese camino, a lo mejor era lo que necesitaba. Ya había tenido duelo suficiente. El mundo seguía girando y no era cuestión de que pasara la vida en un lamento.
Era el día de pintar de colores el gris…
Mes: mayo 2014
EXCUSAS
He empezado este post varias veces hoy.
He borrado y descartado unos siete comienzos y habré post puesto unas doce ideas. He mirado la libreta y no he sido capaz de seguir las notas que cojo durante todo el día, en cualquier momento, por extraña que sea la idea y absurdo que sea el instante -me he llegado a salir de la ducha chorreando agua-.
He intentado contar un cuento, algo alegórico, feliz y positivo, lleno de moralejas escondidas, de fe en el ser humano, de alegría de vivir. Intenté ponerme a hablar del día de la madre, de si se echan de menos cuando no están, si a veces somos capaces de entender a las nuestras y si eso cambia cuando eres tú la madre, si es un día más o si en el fondo hay que darle todo el bombo que una madre se merece, aunque se le quiera todo el año.
Me puse a escribir de las noches en las que sueño no viene, como me ha pasado a mi esta oscuridad pasada, y de los días en los que las risas son el anticipo de las lágrimas. He querido contar hasta que punto a veces las redes sociales son mágicas, y por qué hay personas que nunca fallan. Empecé a escribir del orden cosmológico de las personas: el escalafón social, y de los pantalones de flores.
Pero lamento decir que no he sido capaz. No consigo hilar ideas que estén al nivel que deberían, ni me veo capaz de plasmar toda la emoción que tengo hoy aprisionando la caja torácica. La lista de todos los sentimientos que se me agolpan es tan larga que creo que es lo que me tiene bloqueada de cuerpo, alma y mente.
Seguro que me estoy dando demasiado tiempo para oírme y me estoy excusando públicamente de por qué hoy no soy capaz de escribir. Ambas cosas no dicen nada bueno de mí, pero como excusa -otra vez- a lo primero, diré que soy muy poco de compadecerme y escucharme, le pongo fecha de caducidad a los dramas que me arrinconan y no me dejo llevar por la angustia más de unas horas (es que todavía no han pasado). Respecto a lo segundo, no tengo excusa para mi falta de concreción mental, me enfada y me desconcierta que las pequeñas grandes cosas puedan conmigo hasta el punto de no poder cumplir con una obligación que no es tal. Romperé una lanza en favor de mí misma, si es que se puede hacer eso, diciendo que aquí estoy dando la cara por ser tan poco capaz de sobreponerme al cóctel de emociones. No me doy mucho tiempo más, pero pido perdón por no estar aquí contando una historia, un cuento, una vivencia, una tradición.
Mañana ya no habrá más excusas, prometo que no tendré más presión, perdonadme la debilidad.
Sé que sois buenas personas, gracias de antemano.
UNA NIÑA NORMAL
Infinidad de veces me dicen que no supe ser una niña. En muchas ocasiones, cuando se habla de juegos, de maneras de enfrentar las tardes de merienda, de vivir las mañanas de los domingos y hasta de cómo debe comerse un helado, siempre hay alguien que me dice que no supe ser una niña.
Lo he oído tanto que no tengo ninguna duda de que no fui una niña normal. Bueno que no fui normal, ya que lo de niña al uso está descartado. Ya lo he asumido. En su momento no le di importancia, claro, sabes que perteneces al grupo de los niños, pero no te planteas si además hay que seguir un código de conducta. También depende de si tienes tres, ocho, once años…la infancia es larga y nos empeñamos en resumirla como si fuera un abrir y cerrar de ojos cuando en realidad, a esas edades, los días son años.
No aprendí a montar en bicicleta pese a tener una azul preciosa y brillante escondida detrás de una cortina, no entendía para qué servía jugar con muñecas (sólo les lavaba en el lavabo y después las dejaba reliadas en un toalla abandonadas en el bidé) y no tenía ningún tipo de adoración por las tardes en el parque.
Me gustaba pasear con mi madre, y cuando era muy pequeña hacerme fotos en los fotomatones de cortinillas grises, pardas, sucias. Disfrutaba de ver como el banquito subía y bajaba según girara hacia derecha o izquierda. Me subía, sonreía y corría a ver como salía la tira con mi cara de manera inmediata. Selfie mecánico y rústico aquél que me alucinaba.
Es cierto que hacía facturas y montaba empresas. Podía pasarme horas y horas leyendo, incansable, todo lo que caía en mis manos y pasaba la censura; hubo épocas en mi corta vida en la que la poesía era importante, como lo fueron las leyendas y más tarde el teatro costumbrista español. Es verdad que imaginaba historias hasta vivirlas en el presente inconcreto. No reniego de que no me gustaba el campo, sigue sin gustarme. No es mentira que me daba miedo entrar a oscuras en el cuarto de baño y que estudiaba sin necesidad de que me dijeran que debía hacerlo. Reconozco que dejaba los diarios a medias pero terminaba mis cuentos autobiográficos basados en ensoñaciones, pero yo no sabía que eso no era normal.
Lo que sí reconozco que era muy raro, y no me da vergüenza decirlo, eran las horas que pasaba envolviendo cosas. Cogía un folio y tres cosas, podían ser cualquiera: una libreta, un sacapuntas y una goma, por ejemplo. Usaba todas las combinaciones posibles y las posiciones. A veces usaba fixo, a veces no. Hacía bolsitas de papel o lo envolvía como si fuera el charcutero (lo que me costó aprender ese doblez), otras veces imaginaba que era un regalo…No tenía sentido, ni valía para nada, como un juego cualquiera de esos a los que jugaban los niños normales, bueno, no, que ya lo he aceptado: No fui una niña normal.
LIBERTAD
Se bloqueó ante la nueva vida, no sabía que hacer con la libertad que estrenaba. Nadie sabía que era un momento diferente y sólo observando con detenimiento se podía llegar a pequeños detalles de postura y comportamiento que no eran los usuales. No había un observador tan detallista, al menos no existía nadie que se fijara tanto en ella, como para saber que estaba estrenando algo más que una mañana.
En el fondo, que es como llamamos a la cara interna de nuestra manera de ser, temblaba. El tiritar subjetivo y profundo no deja rastro a simple vista, pero quien lo siente se tambalea pensando que lo puedan identificar. Un círculo vicioso de autoestima reducida: «no quiero que noten mi inseguridad y esto me hace sentirme insegura y debo disimularlo, y la falta de certeza que me produce saber si he conseguido engañar a los demás hace que la inseguridad se ancle, esa justo que no quiero que noten los demás».
«Vida nueva», se decía. Libertad, se repetía. Había roto las cadenas que le ataban a los pensamientos negativos, a la falta de alegría, al sufrimiento innecesario. No había necesitado ninguna voz que se lo dijera, ni tenía en quien apoyarse si se veía tentada por la comodidad de las cadenas. Los eslabones pueden ser soga de una horca, pero al ajusticiado le puede resultar familiar su tacto, quizás sea su costumbre, ya no se siente extraño soñando con su aspereza.
No quería mirar atrás ni para sentirse orgullosa de la decisión que había tomado. Le daba miedo, en el fondo, reconocerse en el ser gris que nunca quiso ser. Temía que el espejo del ayer le reflejara a una mujer apagada, hundida en la melancolía que la acabó poseyendo. Conocía las causas que le habían llevado a lo que ella misma denominaba «un alma en pena», y ahora, cuando las identificó y las hizo a un lado, no quería que el recuerdo le volviera a hacer sombra en el luminoso sendero que había estrenado.
Respiró hondo y sonrió con descaro al mundo que tenía enfrente. «¡Madre mía, qué de cosas me he perdido!» pensó, tengo que ponerme al día. Igual ya iba entendiendo mejor lo que significaba la íntima y buscada libertad.
DESORDEN
Hay días en los que toca ordenar el armario, nadie sabe qué mano despreciable lo alborota, y pese a que normalmente las cosas se guardan con cuidado y se cogen con el mismo mimo -quizás alguna mañana de prisas, con menos, pero a penas se nota-, un día miras el ropero y es un campo de batalla que Waterloo se queda en una tarde jugando con los click de Famobil. No sabes como ha ocurrido, pero no puedes evitar volver a colocar todo en su sitio, cuando eres consciente del desastre, ya no se puede disimular. Empiezas la tarea con paciencia y destreza; la labor no es nueva y se puede convertir en algo de trabajo de autómata con cierto don. Esto deja la mente libre. Incluso hay gente que disfruta con ello. Gente rara.
Lo mismo ocurre el día que a traición entra una corriente de aire en el alma que despeja la niebla, arremolina en una esquina la hojarasca y hace ver el desorden que hay. Es el momento que no acepta espera, como frente al desorden del armario, hay que remangarse y ordenar sentimientos. La tarea es ardua, dura y difícil. El sentimiento no es siempre romántico aunque hagamos esa asociación de ideas, hay frustraciones, anhelos truncados, esperanzas rotas, alegrías desbordadas, miedos, incertidumbres…El problema es que mientras se va colocando cada uno en su sitio se suele sufrir, los sentimientos son material delicadísimo, inflamable, a veces tóxico y en ocasiones el simple roce hace que la tormenta se desate.
Cuando la angustia es demasiado grande, no se puede ni llorar. De la misma manera que se tienen palabras en la punta de la lengua, se notan las lágrimas ahí, en el lagrimal, incapaces de salir porque el conducto está atorado por la ansiedad de un dolor. Es un torrente que quiere y no puede salir. La tormenta que se ha desatado, es seca.
Un daño físico, mental, sentimental, racional, etéreo. La frustración ante el llanto en primera persona. Es difícil reaccionar cuando alguien se pone a llorar, el consuelo es instintivo pero no siempre se tiene claro como ayudar, qué decir, a veces simplemente se abraza al doliente, aunque a veces no se está en distancias tan cortas. Pero qué hacer cuando es un auto consuelo lo que se necesita, cómo ser lágrima y paño de ídem. Imposible. Es entonces cuando queda la lágrima en suspenso. La losa en pecho.
Ante esto, como si de un cólico se tratara, sólo se puede salir expulsando lo que hace daño, es decir, derramando las lágrimas con el riesgo de que no haya nadie para consolarte o para entenderte, y te ahogues en la marea incontenida, o quizás la solución se encuentre en dejar pasar el tiempo y que a base de esperar y aguantar el tirón, la angustia desaparezca, es un proceso largo y hay que ser valiente para aguantar tanto tiempo de tensión emocional.
Como creo que no hay manera de que las cosas no se desordenen porque tienen vida propia, vivo con miedo cada vez que abro mi armario (o mis cajones) e intento tener bien sellada el alma para que no se haga patente el caos que suele reinar. No es que sea ordenada, es que para enfrentarme a ciertas cosas, soy cobarde.