UNA NIÑA NORMAL

Infinidad de veces me dicen que no supe ser una niña. En muchas ocasiones, cuando se habla de juegos, de maneras de enfrentar las tardes de merienda, de vivir las mañanas de los domingos y hasta de cómo debe comerse un helado, siempre hay alguien que me dice que no supe ser una niña.
Lo he oído tanto que no tengo ninguna duda de que no fui una niña normal. Bueno que no fui normal, ya que lo de niña al uso está descartado. Ya lo he asumido. En su momento no le di importancia, claro, sabes que perteneces al grupo de los niños, pero no te planteas si además hay que seguir un código de conducta. También depende de si tienes tres, ocho, once años…la infancia es larga y nos empeñamos en resumirla como si fuera un abrir y cerrar de ojos cuando en realidad, a esas edades, los días son años.
No aprendí a montar en bicicleta pese a tener una azul preciosa y brillante escondida detrás de una cortina, no entendía para qué servía jugar con muñecas (sólo les lavaba en el lavabo y después las dejaba reliadas en un toalla abandonadas en el bidé) y no tenía ningún tipo de adoración por las tardes en el parque.
Me gustaba pasear con mi madre, y cuando era muy pequeña hacerme fotos en los fotomatones de cortinillas grises, pardas, sucias. Disfrutaba de ver como el banquito subía y bajaba según girara hacia derecha o izquierda. Me subía, sonreía y corría a ver como salía la tira con mi cara de manera inmediata. Selfie mecánico y rústico aquél que me alucinaba.
Es cierto que hacía facturas y montaba empresas. Podía pasarme horas y horas leyendo, incansable, todo lo que caía en mis manos y pasaba la censura; hubo épocas en mi corta vida en la que la poesía era importante, como lo fueron las leyendas y más tarde el teatro costumbrista español. Es verdad que imaginaba historias hasta vivirlas en el presente inconcreto. No reniego de que no me gustaba el campo, sigue sin gustarme. No es mentira que me daba miedo entrar a oscuras en el cuarto de baño y que estudiaba sin necesidad de que me dijeran que debía hacerlo. Reconozco que dejaba los diarios a medias pero terminaba mis cuentos autobiográficos basados en ensoñaciones, pero yo no sabía que eso no era normal.
Lo que sí reconozco que era muy raro, y no me da vergüenza decirlo, eran las horas que pasaba envolviendo cosas. Cogía un folio y tres cosas, podían ser cualquiera: una libreta, un sacapuntas y una goma, por ejemplo. Usaba todas las combinaciones posibles y las posiciones. A veces usaba fixo, a veces no. Hacía bolsitas de papel o lo envolvía como si fuera el charcutero (lo que me costó aprender ese doblez), otras veces imaginaba que era un regalo…No tenía sentido, ni valía para nada, como un juego cualquiera de esos a los que jugaban los niños normales, bueno, no, que ya lo he aceptado: No fui una niña normal.

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