Sueño con una cama grande con vistas al sol. Que los rayos tibios tamizados por el cristal me calienten la piel y lentamente me hagan abrir los ojos. Sueño con despertarme con pereza y disfrutar de las sábanas arrugadas por la noche de descanso. Mucho se escribe de las noches de pasión, de las de ternura entregada y hasta de las de sexo desenfrenado, de dormir arropado por quien amas, o descansar en el pecho de quien te hizo tan suya como tú a él propio, pero lo cierto, es que una noche de sueño reparador, es mágica.
Mañanas de despertar con tiempo, de buscar sensaciones epidérmicas que cuajen en el corazón, y viceversa, sentir con intensidad los latidos de la piel hasta que la piel se erice en el recuerdo, real o imaginado. Cuánto disfruto de las historias que no han pasado. He llegado a sonreír con los ojos llenos de lágrimas al emocionarme de una ensoñación y ser consciente de ello.
Y despertar en silencio, sin despertador ni timbre telefónico, sin radio ni música ni televisión, sólo el crujir de las sábanas suave y delicado, por el afán del cuerpo deslizándose por ellas, atravesando de un lado al otro la cama, como si fueran caricias saladas en alta mar.
Y mi teoría es, que en las noches que se descansa bien, es porque se hace en sábanas limpias, planchadas e inmaculadas. Y cuando les da la caricia del astro rey, me acuerdo de esos grandes tendederos de la azotea de mi casa familiar, con las sábanas ocupando más de media cuerda, imponentes fantasmas diurnos de hilo, grandes, azotadas por el viento, hablándome en golpes de «levantera». Un plop plop plop de código morse con olor a limpio y un deje de salitre. Me gustaba sentirme abrazadas por su balanceo y jugaba entre cordeles. Otras veces me iba a la última de ellas y jugaba a que me pillara. Corría y volvía, y cuando la veía inflarse volvía a correr, y si me despistaba, me rozaba, y me ganaba ella. Me recuerdo muy pequeña preguntando por qué decían blanquear al sol, y sin embargo, ahora no puedo dejar de sonreírle a la niña que fui, porque es una magnífica expresión, tan clara como cierta.
Y después de soñar con despertar al sol, en mi cama grande, muy grande, sin prisas y en silencio, lo mejor es sonreírle a un café recién hecho.
Buenos días.
Mes: abril 2014
ZAPATILLAS CON LUCES
Cuando despierto, mi horizonte son puntos de luz que uno de manera distraída en mi imaginación, lo hago, buscando dibujar un sueño. Puede que sea porque aún me faltan horas de sueño, o porque la mente inquieta no quiere volverse a quedar suspendida en mis ojos cerrados.
Si las constelaciones son la unión de las estrellas que cuelgan luminosas en el nocturno cielo, las luces de mi alrededor -bajas y brillantes- pueden ser mi urbana guía en el mar de asfalto. O una ruta que seguir.
Amanece a la izquierda de mi taza de café, y mientras lo dejo enfriar al calor helado de mis manos, la intensidad de las luces varía, y hasta los colores, algunas son más blanquecinas y otras de un amarillo animal. Otras parpadean como un faro, no sé a que se debe. La oruga de luz podría ser parte del sky line de Nueva York, faros de automovil en la línea de salida, esperando una populosa carrera ilegal de coches, o pequeñas lámparas de mesa en una inmensa boîte y yo, en el escenario, con un largo vestido azul petróleo, esperando que me den paso para comenzar a cantar. También pudieran ser luminarias señales al otro lado de una bahía o un gigantesco crucero que se acerca a atracar.
Decido que mi alma lleva tacones porque es imposible imaginar algo tan bello y glamuroso calzada con zapatillas de casa. El pijama puede aceptarse, sobre todo dependiendo del modelo, pero las zapatillas, las que sean, jamás podrán ser elegantes. Y eso incluye las de piel y tacón con pompón de plumas. Hasta conjuntadas con una elegante negligee.
Será, aventuro con cierta osadía, que la feminidad es más cuestión de calzado y la imaginación, avispada según el entrenamiento que se le dé, decide el modelo que llevamos puesto en ese momento.
Se acaba el café y las luces se van apagando dejando paso a la claridad, hoy no hay sol. Quizás se atreva más adelante. Necesito que sea capaz de apartar las nubes a manotazos. Es el momento de dejar de imaginar y volver a la rutina de la vida terrenal. O quizás lleguen esas horas en las que mientras el tedio se instala, dejar volar la mente, nos salva. Miro con cierto desagrado a mis zapatillas azules.
Definitivamente hoy, me calzo unos tacones.
HACIENDA SOMOS TODOS
Sigo en la estela de la actualidad que tampoco me gusta y en el fondo me apasiona. Mi dicotómica realidad me lleva a seguir las noticias con pasión y a la vez me repele y desagrada porque la mayoría de las veces sólo consigo enfadarme, entristecerme o exasperarme. Hay noticias que consiguen las tres cosas a la vez. Es entonces cuando mentalmente mando todo a freír espárragos y me obligo a desconectar un poco.
Estos son los días en los que comienza la campaña de la Renta. Días de contener la respiración hasta el resultado final. Y entonces, una cifra, una casilla, se vuelve indignación y alivio. Es lógico que para mantener un cierto estado de bienestar haya que pagar impuestos, aunque igual la manera de pagar no está bien distribuida, por eso, y aunque sea impopular, yo comprendo que tengamos que pasar por caja. Es cierto que creo que los que más tienen deben de pagar más, con la proporcionalidad adecuada, pero sobre todo, estoy muy a favor de que se persiga a quien defrauda.
Entiendo que un autónomo que adelanta el pago del IVA, que si trabaja para algún estamento oficial y le pagan -si lo hacen- en ciento veinte días, cuando no son más, y debía ser ipso facto, se enfade. Yo me enfadaría. Lo que me enerva es el uso de «Lo Público»
Es fantástico lo que cabe dentro de esas comillas.
Cualquiera que haya trabajado en una empresa privada, en unas condiciones laborales justas, sabe bien que hay unos límites que no se puede uno saltar porque se ve en la calle. Sabe que hay excesos que no debe cometer, ni tiene carta blanca para hacer su santa voluntad. Bien, eso en «Lo Público» no se da.
Voy a generalizar por injusto que sea.
Me indigna llegar a la consulta de un médico, «por lo privado», y encontrarme que el señor doctor lleva una bata del SAS. Servicio Andaluz de Salud. Esa bata, que él está utilizando en su consulta privada la he pagado yo, y usted, y a la hora de pagarle su factura a mi no me hace ni el más mínimo descuento. ¿Chocolate del loro? No…que el loro ya está empachado.
El otro día una señora muy maja que conozco imbuida en el mundo de las manualidades me enseñó unos puntos de lecturas hechos con los depresores -creo que se llaman- de madera con los que el médico ve las gargantas. Maravilloso, qué bonito. Al poco rato llegó su vecina, celadora del Hospital Público Virgen del Rocío, con su caja de depresores, nuevecita, para que su amiga se dedique al mundo de la manualidad. Manualidad que por cierto vende en negro. ¿Por qué tengo yo que pagarle a esa señora los materiales de su afición o negocio ilegal?
A esto se pueden unir las fotocopias, botes de Betadine, las llamadas, los paquetes de folios, los termómetros, bolígrafos, el limpiasuelos, y tantas otras cosas que mis ojitos han visto. ¿Por qué tengo que dar por bueno ese robo, que lo es, de un material que está comprado para el uso en el centro laboral público, en beneficio de los consumidores -contribuyentes pagadores-? No lo comprendo.
Esto sin hablar de cuando las tarjetas de crédito de señores públicos, que lo son, se convierten en coladero de trajes de flamenca, sesiones de peluquería, cenas pantagruélicas o combustible como para dar la vuelta al mundo.
Tampoco veo con lógica el uso del tiempo. El tiempo es oro, vale dinero. Conozco a cierta trabajadora de un juzgado, que su tiempo de desayuno la emplea en hacer la compra. Esto sería perfectamente válido si lo hiciera en los veinte minutos, media hora, que debería ser. Pero me la encuentro paseando hacia la otra punta de la ciudad. Hora y media, dos horas, para desayunar. Su sueldo va en función de unas horas productivas (no de estar allí en de pasmarote, charlando, hablando por teléfono con sus amigas…) ¿Por qué le tengo que pagar su tiempo de esparcimiento? Cualquiera que trabaje en una empresa privada sabe lo que es ir, agotada de trabajar, a hacer la compra casi cerrando el comercio, o sacrificando sus sábados libres.
Sé que son pequeñas cosas, cantidades minúsculas dentro de presupuestos inmensos. Pero amén de que no quiero que se queden como privado lo que entra dentro de «Lo Público» es que me desagrada la miserable mentalidad del mangazo. Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero.
A mi no me importa que se vaya contra quien defrauda, porque no defrauda al Gobierno, me defrauda a mí que pago los impuestos, y mi dinero no me lo roba nadie.
LA PASIÓN SOCIAL
Las pasiones se han desbordado.
No creo que sea una cuestión de la primavera, ni siquiera del amago de primavera que hemos tenido que en estos días se ha vuelto invierno en unas zonas, otoño enfurruñado en otras. No tengo muy claro el motivo, pero quizás tenga que ver con el desgaste de contener el aire frente a las adversidades. Estábamos cianóticos y nos quedaba respirar o morir en el intento. Quizás las cosas no estén mejor, pero se nos ha agotado la capacidad de sufrir. Al menos, el sinvivir lo vamos racionando – ¿o quizás racionalizando?-. Este relax ante la durísima situación no creo que sea por conformismo, tampoco por aburrimiento, creo, y es opinión personalísima, que sin acostumbrarnos a lo malo, hemos decidido avanzar.
En esta huida hacia delante, cargados con la mochila de problemas pero sin dejar de estar estáticos, se ha instalado la pasión. Reconozco que me resulta un estado de ánimo social encantador. Creo que es el mejor de todos de cuantos hemos vivido. La única queja que le pondría es la promiscuidad. Estamos instalados en una rapidez informativa y de acontecimientos que no nos da tiempo ni a disfrutar de los preliminares y, muchísimo menos, del relax posterior al clímax. Gozamos con ansiedad. Incluso somos infieles: mientras estamos enfrascados en una absorbente pasión, miramos de reojo a la de al lado, a la que viene o incluso, a veces, recordamos la anterior. Corremos el peligro de equivocarnos de nombre, con lo mal que queda eso.
Sodoma y Gomorra. Informativamente hablando.
Pero me gusta, soy culpable de disfrutar de este momento, también soy una apasionada. Sigamos así, que se nos una el fútbol, con la gala de oscars, y hasta con un funeral de estado. Que perdamos el resuello viendo a Nadal y empecemos a disfrutar de que llega Eurovisión, o la final de un concurso televisivo o el último episodio de una serie. Que una noticia con errata sea distensión popular hasta que llegue una rueda de prensa sin preguntas o la portada de un periódico deportivo nos inflame hasta que muramos de amor con un vídeo tierno de una niña bajo la lluvia.
Que no decaiga…la pasión.