HACIENDA SOMOS TODOS

Sigo en la estela de la actualidad que tampoco me gusta y en el fondo me apasiona. Mi dicotómica realidad me lleva a seguir las noticias con pasión y a la vez me repele y desagrada porque la mayoría de las veces sólo consigo enfadarme, entristecerme o exasperarme. Hay noticias que consiguen las tres cosas a la vez. Es entonces cuando mentalmente mando todo a freír espárragos y me obligo a desconectar un poco.
Estos son los días en los que comienza la campaña de la Renta. Días de contener la respiración hasta el resultado final. Y entonces, una cifra, una casilla, se vuelve indignación y alivio. Es lógico que para mantener un cierto estado de bienestar haya que pagar impuestos, aunque igual la manera de pagar no está bien distribuida, por eso, y aunque sea impopular, yo comprendo que tengamos que pasar por caja. Es cierto que creo que los que más tienen deben de pagar más, con la proporcionalidad adecuada, pero sobre todo, estoy muy a favor de que se persiga a quien defrauda.
Entiendo que un autónomo que adelanta el pago del IVA, que si trabaja para algún estamento oficial y le pagan -si lo hacen- en ciento veinte días, cuando no son más, y debía ser ipso facto, se enfade. Yo me enfadaría. Lo que me enerva es el uso de “Lo Público”
Es fantástico lo que cabe dentro de esas comillas.
Cualquiera que haya trabajado en una empresa privada, en unas condiciones laborales justas, sabe bien que hay unos límites que no se puede uno saltar porque se ve en la calle. Sabe que hay excesos que no debe cometer, ni tiene carta blanca para hacer su santa voluntad. Bien, eso en “Lo Público” no se da.
Voy a generalizar por injusto que sea.
Me indigna llegar a la consulta de un médico, “por lo privado”, y encontrarme que el señor doctor lleva una bata del SAS. Servicio Andaluz de Salud. Esa bata, que él está utilizando en su consulta privada la he pagado yo, y usted, y a la hora de pagarle su factura a mi no me hace ni el más mínimo descuento. ¿Chocolate del loro? No…que el loro ya está empachado.
El otro día una señora muy maja que conozco imbuida en el mundo de las manualidades me enseñó unos puntos de lecturas hechos con los depresores -creo que se llaman- de madera con los que el médico ve las gargantas. Maravilloso, qué bonito. Al poco rato llegó su vecina, celadora del Hospital Público Virgen del Rocío, con su caja de depresores, nuevecita, para que su amiga se dedique al mundo de la manualidad. Manualidad que por cierto vende en negro. ¿Por qué tengo yo que pagarle a esa señora los materiales de su afición o negocio ilegal?
A esto se pueden unir las fotocopias, botes de Betadine, las llamadas, los paquetes de folios, los termómetros, bolígrafos, el limpiasuelos, y tantas otras cosas que mis ojitos han visto. ¿Por qué tengo que dar por bueno ese robo, que lo es, de un material que está comprado para el uso en el centro laboral público, en beneficio de los consumidores -contribuyentes pagadores-? No lo comprendo.
Esto sin hablar de cuando las tarjetas de crédito de señores públicos, que lo son, se convierten en coladero de trajes de flamenca, sesiones de peluquería, cenas pantagruélicas o combustible como para dar la vuelta al mundo.
Tampoco veo con lógica el uso del tiempo. El tiempo es oro, vale dinero. Conozco a cierta trabajadora de un juzgado, que su tiempo de desayuno la emplea en hacer la compra. Esto sería perfectamente válido si lo hiciera en los veinte minutos, media hora, que debería ser. Pero me la encuentro paseando hacia la otra punta de la ciudad. Hora y media, dos horas, para desayunar. Su sueldo va en función de unas horas productivas (no de estar allí en de pasmarote, charlando, hablando por teléfono con sus amigas…) ¿Por qué le tengo que pagar su tiempo de esparcimiento? Cualquiera que trabaje en una empresa privada sabe lo que es ir, agotada de trabajar, a hacer la compra casi cerrando el comercio, o sacrificando sus sábados libres.
Sé que son pequeñas cosas, cantidades minúsculas dentro de presupuestos inmensos. Pero amén de que no quiero que se queden como privado lo que entra dentro de “Lo Público” es que me desagrada la miserable mentalidad del mangazo. Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero.
A mi no  me importa que se vaya contra quien defrauda, porque no defrauda al Gobierno, me defrauda a mí que pago los impuestos, y mi dinero no me lo roba nadie.

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3 comentarios en “HACIENDA SOMOS TODOS

  1. Si sumamos todos esos despistes de material y de horas de trabajo en el conjunto del país la cuantía sería escandalosa, que razón
    tienes.

  2. Sabes que me gusta leerte, Rocío. Unos días estoy más de acuerdo que otros en las ideas que viertes en tu blog, pero hoy, hoy es que lo has clavado para me forma de entender la cosa, esa cosa que llaman Hacienda. Totalmente de acuerdo. Pases buen día. Y Azules Saludos.

  3. “Tantas cosas que tus ojitos han visto…” Ni te cuento las que he visto yo desde dentro. Un ejemplo sangrante: Alguien se ha lavado las manos, menos mal, tras atender a. Como se ha terminado el papel absorbente, ni corto ni pere, se va al armario de curas y abre un paquete de gasa estéril. Ese lavado de manos, menos mal, le cuesta al contribuyente unas pesetas. Hablo del tiempo de las pesetas). Te aseguro que no era médico.

    (El gilip… que usa en su consulta privada bata del sas -no me da la gana usar mayús- sabe que puede poner en su declaración trimestral como desgravación no solo lo que vale la bata, sino la factura de donde puede mandar a lavarla. A diario, si quiere.)

    N. J.

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