EL LIBRO GORDO

El otro día tenía una conversación sesuda, bueno, más que sesuda una conversación con una persona inteligente, que eso es mucho más de lo que se puede llegar a esperar en según que momentos. Empiezo a valorarlo cada vez más.
Reconozco haber sufrido verdaderos ataques de pánico cuando veía que era imposible que ciertas personas no sólo fueran poco dotadas de actividad lógica neuronal, que eso puede ser en parte herencia genética, si no que además presumían de ello. Vanagloriarse de ser inculto es un mal endémico en nuestra sociedad. Como ejemplo una anécdota en la que no estoy orgullosa de mi comportamiento y pese a que han pasado ya quince años, aún tengo el regusto de haber sido poco elegante y comprensiva.
Por las rarezas que tiene la vida, las casualidades, quién sabe qué, yo estaba en una cocina que no era la mía sacando viandas de bolsas verdes, todas ellas compradas en un mercado angustioso y sudado. Soñaba con irme a la ducha y volver a tener una sensación de higiene que había dejado de sentir desde que entré en esa plaza de abastos. Antes de hacerlo, para que no quedara vestigio alguno de tan angustiosa batalla en mi cuerpo serrano, me puse a colocar la compra, iba buscándole acomodo a frutas, carnes y verduras – el pescado al fregadero, que había que limpiarlo- y mientras acometía con celeridad mis tareas, con la mente puesta en agua hirviendo como medio de desinfección, charlaba con un mujer. Quizás mujer le quedaba grande, era una muchacha. Yo tenía por aquel entonces veintidós años y ella creo que dieciocho. Yo acababa de terminar la carrera y ella iba teñida de un rubio oxigenado que daba mucho miedo. Me preguntaba cómo era eso de estudiar, para qué servía, por qué lo había hecho, y yo echaba balones fuera incapaz de contestar sobre el sentido de mi vida y los pasos dados. Fue entonces cuando me dijo una de las frases más rotundas que he oído en mi vida: “Yo es que no leo libros porque no entiendo las palabras”. Sería la edad, el calor, el sentir pegajoso aún en mi ser, o mi falta de tacto, pero le contesté: “Existe un libro que es más gordo que los demás que se llama diccionario y ahí vienen el significado de las palabras”. Ella siguió sonriendo, no había entendido nada.
Pues el otro día, mientras tenía esa conversación, recordé ese instante de mi vida y cuando, años más tarde, todo era aún peor, y lo que me llegaba del exterior eran programas de adolescentes iracundos, de talk shows mediocres, de disección de la prensa rosa, de realitys que se auto fagocitaban en programas de “debate” soeces, a gritos, mal guionizados, impostados y vulgares, una hecatombe. Pero entonces me topé con vía de escape on line. Fue entonces cuando descubrí que puede que sean pocos, pero son valientes, aguerridos y cultos. Que todavía hay grupos de personas de las que aprender y disfrutar de su conversación, y que aún queda un sector que entiende las palabras y que si no entiende alguna, no sufre nada por mirar en el libro gordo.

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