Acunaba a su pequeño trozo de vida.
Podría decir que fue ayer cuando nació, pero habían pasado dos meses. Era pequeña de tamaño, casi minúscula. Quedaba la duda de si entraban ahí todos los órganos vitales. Nació siendo poco más que una muñeca, con latido y respiración, y aunque hubo suerte y no necesitó que esa respiración fuera asistida, sí que hubo que buscar ropita especial. Aún así, seguía siendo una belleza de reducidas proporciones.
Al cambiarla de ropa, esa que hubo que ir a comprar a toda velocidad, era aún más consciente de su fragilidad, pero al mismo tiempo sabía que era fuerte y luchadora. Nacer en la contradicción. Seguramente apuntaba maneras, no dejaría de lado ese dato. Estaba claro que había traído al mundo a una mujer «de tronío».
Tan poquita cosa, y sin embargo, cuando la miraba o tenía en los brazos, no había nada más grande con que compararlo. Tenía que pararse a pensar que era suya, que había nacido de su cuerpo y que tras tantos meses hablándole, contándole y sintiendo un sinfín de síntomas y sentimientos, estaba con ella. En ocasiones, la mañana se le iba mirándole, hablándole, cantándole y pasando el dedo entre los ojos y la puntita de su casi inexistente nariz, una caricia con la que ella parpadeaba y le devolvía la mirada con los ojos despiertos. Podía pasar horas mirándola, despierta o dormida, sólo disfrutando de su belleza.
Había mujeres, amigas suyas incluso, que con cierta superioridad hablaban de la maternidad desde un punto despectivo. Ser madre era para ellas, poco más o menos, que arruinarte la figura, el cutis y la vida -por ese orden, pese a mi perplejidad-. Despreciaban a los bebés, hasta de su propia familia y a cada noticia de embarazo, respondían con un pésame. Ponderaban un odio supremo a los niños y si osabas a decir que eras feliz al lado de tu hija y que hasta echabas de menos sentirla dentro de ti, donde era tuya en exclusiva, te miraban con cara de lástima, como a un desahuciado por lepra.
Es cierto que había alguna noche sin dormir, que nacían preocupaciones nuevas y que la maternidad es un estado transitorio que dura hasta que mueres. En ocasiones olía a crema para el culito o a leche agria. Aún era pronto pero sabía que vendrían las regañinas, los pulsos madre e hija, las noches de fiebre y los llantos de desamor. Todo llegaría, tarde o temprano, e incluso un día se iría de casa y tendría su vida fuera del que fue su hogar, lejos de sus caricias en la nariz y quién sabe, si cantándole a un hija que fuera su nieta.
Pero mientras, hasta entonces, (y después también), sería la madre de la preciosidad que acunaba. No se dejaría amedrentar por las miradas de suficiencia, tampoco devolvería el gesto, ni siquiera perdería el tiempo en defenderse porque no tenía nada de lo que disculparse. Solamente, con la voz de dentro, muy flojito, pensaría que ella tenía muchísima suerte, no era más mujer por ser madre, pero seguro, que no lo era menos.
Mes: marzo 2014
FECHAS
Hay fechas que no pasan desapercibidas, no pasarán nunca. Llegarán una y otra vez y seremos conscientes, sin dudar un sólo instante, del día que es. Algunas veces tendrá trazas familiares y en otras ocasiones será una sociedad entera la que sea voz del calendario. En mi caso, por ejemplo, sucede con el catorce de abril, fecha para muchos conmemorativa de la república española, pero que para mí, siempre ha sido recordada por ser el aniversario de boda de mis abuelos.
Cuando me preguntan por el 23F no puedo contar mucho porque yo acaba de cumplir cinco años, estaba en el mundo, pero en mi mundo. Sin embargo, recuerdo que jugando con mis primos, puse una silla a dos patas mientras me sujetaba a dos mecedoras, éstas se balancearon como era su naturaleza, y me hice un «piquete» en la cabeza con el mueble que escondía la máquina de coser. Yo sangraba muchísimo, era algo muy escandaloso o a mí me lo parecía. Me asusté. Recuerdo a mi abuela con una esponja celeste (de las celestes de antes, que eran como grises), quitándome la sangre de la cabeza y cuando volvía a mojarla bajo el grifo, veía mi sangre mezclada con el agua paseando por el blanco lavabo. Me impresionaba y era cuando miraba hacia mi derecha y veía a mis primos asomados al quicio de la puerta, como en las películas, de mayor a menor altura, un montón de cabezas asomadas (estábamos ocho niños allí esa tarde) y oía a mi prima, la mayor, decirle a mi abuela: «Yiya, ¿se va a morir verdad?». Está claro que no me pasó nada y si hubo que darme algún punto de sutura, no era el día. De casa no salimos.
Cuando fue el 11S, estábamos con mi compadre en casa de mi madre. Habíamos comido juntos y nos quedamos petrificados delante de la televisión, pasaron las horas y no habíamos hecho más que mirar atónitos lo que sucedía. Creo que soóo me levanté a hacerle la papilla de fruta a la niña, que tenía entonces casi seis meses. Tengo que reconocer que mi madre, antes que nadie, y casi al instante, comentó que tenía toda la pinta de ser un atentado terrorista de mano de los suicidas islámicos. Y si me aterró ver caer las Torres Gemelas, que el Pentágono fuera atacado me parecía de ciencia ficción, y algo tan grave que supuse que nos iba a salir caro al mundo entero. No me equivoqué mucho. A esa tarde se le añadieron días de desconcierto. Me cambió el perfil de Nueva York y yo sin haberlo visto…
Y ahora llega nuestra fecha fatídica, y mientras los estadounidenses se unieron en el dolor y continuaron unidos, nosotros fuimos -somos- distintos. Respondimos de la manera más solidaria y entregada, sin condiciones, todo un país al servicio de la ayuda, un despliegue ciudadano sin precedentes, que nos duró bien poco y aún hoy es causa de enfrentamiento, diez años después.
Yo de los atentados del 11M me enteré en la calle, por los comentarios de las personas que no dejaban de hablar del tema. No era un runrún, eran conversaciones abiertas, casi a gritos llenos de pánico. Yo había ido muy temprano con mi hija de la manita a buscar un cole que nos gustara para ella, estaba por el barrio de Realejo, casi en un paseo, sus pies eran pequeños, ella iba a cumplir tres años. Pero Granada se volvió clamor y me volví a casa, y entre millones de cajas de mudanza aún sin colocar, encendí la televisión y me aferré al teléfono buscando a todas las personas que podían estar por casualidad en alguno de esos trenes. No había nadie de mis conocidos, pero me volví familia en la distancia de cada uno de los que estaban sufriendo allí. Recuerdo llorar y llorar. Y sentía que era mi obligación sufrir con ellos, no podía hacer nada más, estar ahí y compartir su dolor, aunque nadie lo supiera.
Ese sentimiento de solidaridad, que recuperamos ante otras tragedias, es tan intenso como pendular. Del amor al odio es cierto que sólo hay un paso. Y aunque nos unimos como sociedad ante la tragedia, lo cierto es que los pueblos sólo se unen de verdad cuando superan, olvidan y perdonan juntos (no quiero decir que no haya una justicia para los asesinos). Los días posteriores fueron desconcertantes, en ese mes de Marzo y en los meses siguientes se dijeron demasiadas cosas, en demasiados lugares, por demasiadas personas. Quizás fruto de la rabia, del miedo o del desconcierto. Ha pasado el tiempo y llegando esta fecha, acabo viendo los mismos reproches y nadie se desdice, se perdona, o sigue adelante, sin olvidar a las víctimas reales de aquel atentado, por supuesto.
Reconozco que entonces, cuando veo que no hay forma, siento mucha envidia del pueblo estadounidense.
CELEBREMOS
Dos años ya.
Dos años y esta es la entrada 272. No es nada especial ni emocionante pero es un número capicúo formado por mis dos números favoritos. Me ha parecido que era una buena señal, me ha dado alegría. Algo así como un buen presagio. De todas formas, como entre las muchas manías que tengo está fijarme en las cifras, y si no me gustan especialmente, sumar los números o restarlos entre ellos, buscando llegar a algo que me convenza, ya habría encontrado la forma de que el número de la entrada me favoreciera. También cuento las letras de los nombres de pila, cosas raras que hago.
Ha sido un viaje maravilloso y espero que siga siéndolo. He multiplicado por cinco las visitas diarias y en ocasiones tengo el mismo número de lectores en España que fuera. Aprovecho para saludar a los muchos que me leen desde el otro lado del Atlántico. Hemos llegado, porque somos todos, a las 25.000 visitas que es algo que no podía ni imaginar el día que puse la primera piedra de mi muchedad hecha gotas.
Empecé la andadura hablando de epitafios, fue por darle un final al principio y no tener que plantearme funerales precipitados. Cualquier día me hago un obituario a mí misma con frases tipo para que, si se da el caso, no tenga que plantearse nadie que decir de mí. Aunque igual vale cualquiera de mis post. También es cierto que en mi lista de temas pendientes está dejar por escrito aquí, que es mi casa, como quiero que sea mi funeral. Muchos me habíais preguntado por qué un comienzo tan raro, pues fue por eso, por empezar por el final, como los periódicos de antaño.
Me encantan vuestros comentarios, ya queden aquí o sean carne de tuit o de comentario de Facebook. Y me encanta escribir lo que me sugerís, darle barniz a historias que contáis o hacerlo para algunos de vosotros. No sé si regalar palabras es un buen regalo, habrá quien prefiera un reloj, pero os aseguro que no hay nada que regale con más cariño, ni lo considere más importante. Algunos estáis aquí retratados con cariño pero no os lo he dicho y a otros sí os lo dije en público o en privado. Quedáis todavía muchos a los que regalaros gotas, que son efímeras, acuosas y se diluyen, pero son mías.
Así que gracias, a todos, a los que pasáis todos los días o sólo lo hicisteis una vez. Seguiré aquí para quien necesite sus gotas de Nervolcalm.
RECUERDO MÁS IVA
Cuando era muy pequeña, quería ser «profesora, bailarina, farmatéucica, y mamá. Cuando fuera más mayor abuela». Detrás de eso, concierta preocupación, le preguntaba a mi madre si me daría tiempo a todo. Creo que nací estresada de pensamiento y tranquila de cuerpo. De este tren me bajé pronto porque mi paciencia es limitada, mi disciplina, constancia y sacrificio no era tan extremo, y mi memoria era corta. Madre si que fui, soy, y lo de abuela…pues quién sabe. En fin, no conseguí nada.
Cuando jugaba no lo hacía con las muñecas, jugaba a tener galerías de arte con los libros de la enciclopedia, tenía una agencia de viajes, restaurantes o inmobiliarias. Rarita que era una. Creo que ya lo he contado, pero cuando ahorraba algo (solía ser casi nunca) me compraba talonarios de facturas, de pagarés, alquileres y similares. No quiero recordar cuando apareció el IVA en nuestras vidas, 1986, y yo con diez años recién cumplidos pidiendo que me explicaran como iba eso. Mi tía, una santa, me lo explicó, me enseñó y ya podía yo aplicar en mis facturas el IVA correspondiente. ¡Qué había que estar en todo! Incluso aprendí a hacer facturas proforma.
Algo más mayor, tenía once años, me leí una biografía de Madame Curie y me pareció que la vida se tenía que vivir plenamente a través de la química y no quise ser otra cosa. Me mantuve en esa opción hasta que fui consciente de la precariedad laborar (ya entonces) y decidí que sería ingeniero industrial pero que elegiría la rama de química. Mi madre, otra santa que aguantaba mi adolescente segundo de BUP, tenía yo quince años, me decía que fuera periodista. Ese año tuve una profesora de literatura – Hola Mª del Mar- que me dijo que no distinguiría jamás un texto bien escrito y que yo no sabía de letras. En un acto de falta de inteligencia sin precedente, le hice caso a la profesora basándome en el criterio de que era la que me tenía que puntuar, y me lancé por unas ciencias que aprobaba a base de horas y horas, y responsabilidad. Justo cuando ya me veía pisando la Escuela de Ingeniería Industrial, mi profesora de dibujo me dijo lo que yo sospechaba: Jamás aprobaría dibujo a un nivel superior. Era nula. Bueno, pues tampoco ingeniera. Sigamos.
Ahí entré en pánico y decidí que la opción bróker era la mejor. Había visto «Armas de mujer» y me gustaba. Era una época fantástica la de los finales de los ochenta, todo olía a Wall Street, la meca de los triunfadores. Todos queríamos ser JASP. Ya estaba decidida. Lo que ocurre es que tampoco llegué a ello porque en medio apareció una escuela de pilotos civiles. Entonces tuve claro que era lo mío, además en Top Gun lo vendían como una experiencia insuperable, me gustaba, pero me echaron para atrás por la miopía exagerada que tengo. Vaya, otra cosa que tampoco podía ser.
Se me estaba echando el tiempo encima y había que decidir. Fue cuando mirando las distintas opciones, me gustó ser secretaria internacional y me fui al mejor sitio donde impartían esa especie de formación profesional de alto nivel. Pero ahí tampoco me adapté. San Sebastián en el 93 era demasiado para mí que me había criado en la otra punta del mapa.
Increíblemente yo acabé estudiando por descarte, me daba igual. Reconozco que Relaciones Laborales fue (es) una carrera que aunaba casi todo lo que me gustaba y especializarme en recursos humanos fue un acierto porque me encanta el trato con las personas y suavizar la imagen tan horrible que tenían los de personal. Además aunque no se hacen facturas, también hay impresos por rellenar. Eso si, internet me ha hecho mucho daño al respecto, no hay papelitos, ahora rellenamos Pdf.
Lo mejor de todo es que nunca dejé de leer, de escribir y de imaginar. Esa si ha sido la constante en mi vida. Todo variaba pero yo seguía atesorando libros y bolígrafo en mano, rellenando hojas. Ahora, después de todas las vueltas y vicisitudes, hago lo que me gusta, escribo. Soy madre, puede que hasta me de tiempo a ser abuela, siempre que mis hijas quieran y me dé tiempo. Todo lo demás queda en una sonrisa prendida en el recuerdo con el IVA repercutido, por supuesto.
19 AÑOS
Dieciocho años es la mayoría de edad. Aquí, en España, no voy a pasearme por otros mundos, vivo aquí. Supongo que la mayoría de edad más uno, además de ser una redundancia en lo que a mayorías se refiere, debe ser algo mucho más importante. Los diecinueve ya dan un peso, una calma, una serenidad menos rebelde. Es probable que quede algo de lo que fue, pero se va asumiendo. El paso del tiempo es un anestésico para ciertas cosas.
No es una cifra redonda de esas que celebramos con más contundencia, los veinte, los veinticinco…Tampoco sé quien decidió que la decena fuera la redondez. Intuyo que por la duplicidad de la cifra o el cambio de dígito, pero entiendo que es más por mor de la costumbre que de razonamientos matemáticos. A fin de cuentas, los huevos los compramos por docenas. Aunque asumo estar equivocada.
Supongo, queda un año para entonces, que el vigésimo año tendrá más peso. En realidad son pensamientos libres, no tengo ninguna constancia de que vaya a ser así. Esas rimbombancias, a veces, sólo son cosa de instituciones públicas, que no tienen otra cosa que hacer gastar nuestras aportaciones al erario público en conmemorar. Ya se ha cantado hasta la saciedad «que veinte años son nada…»
Pero ya anoche me acosté sabiendo que hoy serían diecinueve años, sin trípticos o panfletos que me lo recuerden, sin alarmas en el móvil, ni notas en el calendario. Tampoco está apuntado en mi agenda. Desde que despunta marzo lo voy sintiendo y el día seis no me queda más que respirar hondo, como si hubiera llegado por fin a meta. Ha pasado un año más.
En la mañana de hoy, pero de mil novecientos noventa y cinco, desperté de no haber dormido y pude despedirme de ti. Lo hice con todos los demás. Si alguna vez en mi vida me sentí parte de un todo, sin dejar de tener mi individualidad, fue entonces. Dijimos adiós cada uno a su manera. Ni mejores ni peores, sólo íntimos y subjetivos.
No fui consciente entonces nada más que del dolor sordo, de la lágrima silenciosa y de una profunda laceración del alma. Sin aspavientos, sin sonido, sin perder del todo el lado pragmático de las cosas o más bien, sin dejar de ser consciente de los pasos a dar. Serenidad en el ahogo y la presión del corazón. También fui capaz de reconocerme con el perfil británico heredado y aprendido por esa línea sutil y fuerte que es el traspaso de generación en generación.
No imaginé que tanto tiempo después, me parecería que fue ayer. Que mis ojos sigan viendo el momento y mi recuerdo sea una manera de no bucear en el pasado sino en el presente, porque para mí no te fuiste, no del todo. Siempre estás aquí.
Podría gastar las letras varias veces para decir de ti y retratarte en palabras, pero me quedaría corta. La verdad más contundente, no necesita tanto por decir, es sencilla. Te echo de menos de Belo.
(A mi abuelo)