FECHAS

Hay fechas que no pasan desapercibidas, no pasarán nunca. Llegarán una y otra vez y seremos conscientes, sin dudar un sólo instante, del día que es. Algunas veces tendrá trazas familiares y en otras ocasiones será una sociedad entera la que sea voz del calendario. En mi caso, por ejemplo, sucede con el catorce de abril, fecha para muchos conmemorativa de la república española, pero que para mí, siempre ha sido recordada por ser el aniversario de boda de mis abuelos.
Cuando me preguntan por el 23F no puedo contar mucho porque yo acaba de cumplir cinco años, estaba en el mundo, pero en mi mundo. Sin embargo, recuerdo que jugando con mis primos, puse una silla a dos patas mientras me sujetaba a dos mecedoras, éstas se balancearon como era su naturaleza, y me hice un “piquete” en la cabeza con el mueble que escondía la máquina de coser. Yo sangraba muchísimo, era algo muy escandaloso o a mí me lo parecía. Me asusté. Recuerdo a mi abuela con una esponja celeste (de las celestes de antes, que eran como grises), quitándome la sangre de la cabeza y cuando volvía a mojarla bajo el grifo, veía mi sangre mezclada con el agua paseando por el blanco lavabo. Me impresionaba y era cuando miraba hacia mi derecha y veía a mis primos asomados al quicio de la puerta, como en las películas, de mayor a menor altura, un montón de cabezas asomadas (estábamos ocho niños allí esa tarde) y oía a mi prima, la mayor, decirle a mi abuela: “Yiya, ¿se va a morir verdad?”. Está claro que no me pasó nada y si hubo que darme algún punto de sutura, no era el día. De casa no salimos.
Cuando fue el 11S, estábamos con mi compadre en casa de mi madre. Habíamos comido juntos y nos quedamos petrificados delante de la televisión, pasaron las horas y no habíamos hecho más que mirar atónitos lo que sucedía. Creo que soóo me levanté a hacerle la papilla de fruta a la niña, que tenía entonces casi seis meses. Tengo que reconocer que mi madre, antes que nadie, y casi al instante, comentó que tenía toda la pinta de ser un atentado terrorista de mano de los suicidas islámicos. Y si me aterró ver caer las Torres Gemelas, que el Pentágono fuera atacado me parecía de ciencia ficción, y algo tan grave que supuse que nos iba a salir caro al mundo entero. No me equivoqué mucho. A esa tarde se le añadieron días de desconcierto. Me cambió el perfil de Nueva York y yo sin haberlo visto…
Y ahora llega nuestra fecha fatídica, y mientras los estadounidenses se unieron en el dolor y continuaron unidos, nosotros fuimos -somos- distintos. Respondimos de la manera más solidaria y entregada, sin condiciones, todo un país al servicio de la ayuda, un despliegue ciudadano sin precedentes, que nos duró bien poco y aún hoy es causa de enfrentamiento, diez años después.
Yo de los atentados del 11M me enteré en la calle, por los comentarios de las personas que no dejaban de hablar del tema. No era un runrún, eran conversaciones abiertas, casi a gritos llenos de pánico. Yo había ido muy temprano con mi hija de la manita a buscar un cole que nos gustara para ella, estaba por el barrio de Realejo, casi en un paseo, sus pies eran pequeños, ella iba a cumplir tres años. Pero Granada se volvió clamor y me volví a casa, y entre millones de cajas de mudanza aún sin colocar, encendí la televisión y me aferré al teléfono buscando a todas las personas que podían estar por casualidad en alguno de esos trenes. No había nadie de mis conocidos, pero me volví familia en la distancia de cada uno de los que estaban sufriendo allí. Recuerdo llorar y llorar. Y sentía que era mi obligación sufrir con ellos, no podía hacer nada más, estar ahí y compartir su dolor, aunque nadie lo supiera.
Ese sentimiento de solidaridad, que recuperamos ante otras tragedias, es tan intenso como pendular. Del amor al odio es cierto que sólo hay un paso. Y aunque nos unimos como sociedad ante la tragedia, lo cierto es que los pueblos sólo se unen de verdad cuando superan, olvidan y perdonan juntos (no quiero decir que no haya una justicia para los asesinos). Los días posteriores fueron desconcertantes, en ese mes de Marzo y en los meses siguientes se dijeron demasiadas cosas, en demasiados lugares, por demasiadas personas. Quizás fruto de la rabia, del miedo o del desconcierto. Ha pasado el tiempo y llegando esta fecha, acabo viendo los mismos reproches y nadie se desdice, se perdona, o sigue adelante, sin olvidar a las víctimas reales de aquel atentado, por supuesto.
Reconozco que entonces, cuando veo que no hay forma, siento mucha envidia del pueblo estadounidense.

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6 comentarios en “FECHAS

  1. También vemos a los yankis ponerse la mano derecha sobre el pecho cuando se interpreta su himno. Tienen muchas cosas de que avergonzarse, pero son pueblo unido y orgulloso cuando el momento lo requiere.

    Aquí, en esos días de dolor y luto, los inicuos personajes que todos conocemos es como si se lanzaran unos a otros trapos sucios de sangre inocente.

    N. J.

  2. Lo que se vivió en Madrid ese día, no se puede explicar en palabras, esta ciudad que todo es ruido, se calló por completo, todo era tristeza y silencio. Cuando subo las escaleras de Atocha, hago trasbordo de unas líneas a otras, me imagino lo que pasarían esas personas por esas escaleras y esas vías, mejor no pensarlo y seguir viviendo. Macu.

  3. Madrid (y el resto de España) demostró ese día con el silencio y el respeto la gran ciudad que es. Y los días posteriores, los españoles demostramos la clase de pueblo que podemos llegar a ser…

  4. Una parte del pueblo español -“pásalo”- vituperó a otra considerándola culpable de la matanza, desde pocas horas después, calientes aún los cuerpos y sin coagular la sangre derramada.

  5. Lo sé, pero eso fue a un nivel político y partidista, (también en los días previos a las elecciones y con la confusión de no saber el origen del atentado) pero el pueblo llano, se volcó en solidaridad y homenajes a las víctimas y familiares dejando de lado todo lo demás. Así lo vi yo, es mi opinión personal, siempre me inclino a ver el lado bueno de las cosas.

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