UNA MAÑANA EN EL BUS

Empezar el día odiando el despertador no era ni mucho menos lo peor que podía suceder antes de llegar al trabajo. Discutir con la cafetera o pelear con la tostadora. Sufrir por las prisas el desconsuelo que da el primer chorro de agua fría en la espalda, y pensar, un día más, que el agua debería salir directamente caliente. No saber que ponerse tras mirar una y otra vez el armario, dejarlo todo para poner la lavadora. Volver iluminada con el modelo a llevar, y comprobar que o estaba algo sucio, o sin planchar o no tenía medias adecuadas para completar el look. Llegar al ascensor y que tarde tres eternidades en llegar y tener la sensación, todos los días, de que se va a parar y se va a quedar encerrada.
Pero lo peor, sin discusión alguna, era el momento de abrir la puerta de casa y ver la marquesina a lo lejos, a su derecha, a al izquierda el luminoso con el número de su autobús. A penas cien metros que se hacían kilómetros.
Salir corriendo desde antes de oír el portazo de la pesada puerta. Las personas que caminaban quejumbrosas por el hachazo del madrugón se volvían obstáculos en su carrera. La meta, la parada del autobús. Cada vez se levantaba antes y sin embargo, no conseguía librarse del agónico momento de sentir la espada de Damocles sobre su cabeza. Llegaría a tiempo, perdería el bus, todos los días igual.
Al final lo conseguía, por supuesto. Es más, sólo en un par de ocasiones perdió el autobús. Pero el estrés del transporte público n desaparecía. Lo de sentarse era un poco utópico, pero como su ruta llegaba a los cuarenta y cinco minutos, hacia la mitad solía conseguir un asiento. Esos treinta minutos, aproximadamente, los aprovechaba para pensar, para ordenar su mente doméstica o laboral. Pocas veces era momento de sentimentalidades. Salvo que tuviera algún mensaje de primera mañana. También era cierto que si se acostaba con la angustia de una discusión o de una falta de certeza, entonces en su viaje no había otro pensamiento. La duda, la eterna duda, era lo que más le podía quitar el sueño, por encima de una tragedia, de un dolor…y le ocupaba todo su tiempo.
Pero si hacía un promedio, de un mes de viajes, de ida y vuelta, de casa al trabajo, casi nunca podía pensar. Siempre se sentaba con alguien, como era lógico en hora punta, pero lo que no era normal, es que siempre le contaran su vida, sus anécdotas o sus dramas personales. Quisiera o no. Durante un momento dado llevó hasta auriculares, para intentar aislarse, pero nada, al final le hablaban y tenía que dejar colgando las palabras o la música en el aire, y le llegaba desde lejos pero sin poder disfrutarla. Acabó evitando el trance de tener en el bolso los cables enmarañados para nada.
Hoy tenía a su lado a una chica joven, normalmente no hablaban, buena señal. Se enfrascaban en el móvil y sólo -y como mucho- se dirigían a ella para salir. Tenía tiempo para mirar las noticias en el móvil, leer alguna columna y pensar cómo iba a organizar la mañana. Se congratulaba de su suerte, fue consciente hasta de que sonreía.
Buscó uno de sus columnistas favoritos y cuando llevaba a penas siete reglones, su vecina de asiento comenzó a llorar.
“Mala suerte”, pensó, “otro día que le tocaba no dedicarse a lo suyo. ¿quién dejaba llorar a una criatura sin consolarla?”

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