VACACIONES DE NAVIDAD

Había una vez una princesa, en realidad no era una princesa pero ella se sentía así. Era una niña normal de las que viven en un bloque de pisos y para dar su dirección tienen que aprenderse un orden establecido de números y letras, así que no se lo sabía muy bien. Iba a un colegio que no era de los que en su casa se llamaban “los caros” y su reino solo abarcaba a su dormitorio, siempre y cuando no entrara su madre escoba en mano murmurando a la velocidad de la luz palabras como sucio, desorden y castigo. A lo mejor a las princesas de verdad también le pasan cosas parecidas cuando aparece la reina madre.
Era una princesa porque así se lo decía su abuelo y su abuelo siempre tenía razón y chuches. Cuando él la recogía del colegio podía contarle a modo ametralladora las cosas que habían pasado durante la eterna mañana escolar sin que él le mandara a callar o le dijera que se pusiera tranquila. No solo eso, también participaba de la conversación y le preguntaba por sus compañeros porque ya los conocía de tanto escucharla.
Esos días tenían magia porque luego iba a comer a su casa y la abuela siempre hacía comidas que olían bien y llevaba delantal, le daba besos grandes y la peinaba con el pelo muy tirante oliendo a colonia. Su abuela hacía las cosas como si no costaran esfuerzo y aunque no le podía ayudar con los deberes sabía coserle los dobladillos de la falda del uniforme sin que le cayera una reprimenda previa.
Ahora llegaban las vacaciones, las de Navidad que eran las que mejor sabían, y mamá la dejaba en casa de los abuelos a pasar la mañana y era como hacer un viaje por el mundo. Un servicio monárquico de diplomacia y asuntos exteriores. Cada día era una aventura, unos tocaba ir al mercado a encargar cosas para la cena de Nochebuena y otros recogerlas, había días que necesitaban sacar medicinas de la farmacia, también iban por la prensa y a comer churros, paraban en el parque y hasta iban a llevar la carta de los Reyes Magos, pero en Correos que de esos otros buzones de purpurina no se fiaba.
La tarde que papá y mamá trabajan era el mejor de todos porque se hacían los roscos. La abuela decía que los dulces solo se podían hacer por las tardes así que aprovechaban y la princesa veía a su abuela sofocada de calor, con las mangas del jersey remangadas, el delantal lleno de harina y las manos masajeando sin parar la masa con la que luego harían los roscos. Era divertido, como “plasti”, estirar el churrito de masa y unir las puntas. La abuela le había enseñado que tenía que ser de un tamaño adecuado y la niña se afanaba en acometer bien su tarea. A la mitad, la abuela empezaba a freírlos y ella sola se quedaba con la responsabilidad de terminar la masa. Siempre venía el abuelo de visita a la cocina y robaba uno, “están calientes, te van a sentar mal” protestaba la abuela. Pero como protestan las abuelas que es sonriendo.
Y cuando terminaban, la abuela preparaba un principesco recipiente con roscos…”para que desayunes mañana y les des uno a papá”. Y entonces después de ayudarle a lavarse las manos, volvía a peinarla, le reliaba una eterna bufanda al cuello mientras le repetía, “no abras la boca que te entra el frío”, y ella con las manos enguantadas con ayuda del abuelo -que siempre le hacía una broma con que había perdido un dedo- iba sujetando la tibia fiambrera, se montaba en el coche de vuelta a casa con una agotada mamá y a veces se dormía en el trayecto.
Lo mejor sin duda es que sabía que mañana ella volvería a ser una princesa de la mano de sus abuelos.

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