TRUFAS PARA LAURA

Caminaba deprisa por la acera. Sorteaba gente como si estuviera regateando a los contrarios para llegar al borde del área. Juego de cintura hecho mujer, parecía que en algún momento le haría una “bicicleta” a quien se atreviera a interponerse en su camino. La única nota discordante eran sus botas altas de tacón ídem que como calzado deportivo era incómodo además de estar fuera de las normas que establece la UEFA.
De repente le sonó el teléfono, lo había notado en la vibración anterior a través del bolsillo de su cálido chaquetón, esos segundos le daban la oportunidad de ir sacando el teléfono con rapidez, antes de que la impresionante banda sonora de Star Wars con su “Marcha Imperial” hiciera de banda sonora de los viandantes más tiempo del necesario.
Una voz en hilo le hablaba entrecortada “No hace falta que vengas, de verdad, estoy mejor, no te preocupes, hace mucho frío, vete a casa” Sin bajar la intensidad del paso siguió su camino y contestó escueta “Estoy llegando, ¿te subo algo?” “no de verdad, no te preocupes…” Cortó la línea y guardó el móvil. No es que fuera mal educada ni estuviera teniendo un ataque de orgullo, es que entraba en una pequeña cafetería. No era lujosa ni elegante. Era una sencilla cafetería de barrio donde muchas personas iban a desayunar y por las tardes algunos abuelos tomaban un café y hasta jugaban a las cartas; una de esas en las que aún responden un “buenas tardes”.
Mientras pedía dos cafés para llevar y media docena de minitrufitas de chocolate negro tecleó un mensaje en el móvil. “Voy para casa de Laura. Luego te cuento. No te preocupes. La cena está hecha y dile a la niña que recoja el baño después de la ducha que ya mañana le lavo yo el pelo. Te quiero”
Suspiró, pagó e hizo malabares con las tres cosas que le daban. Pensando en su casa y en lo comprensivos que eran llegó a su destino y aprovechando que un vecino sacaba el perro consiguió entrar sin tener que buscar el equilibrio imposible para pulsar el telefonillo -ese maravilloso invento que nos hace hablar con las paredes-.
Al llamar a su puerta le salió al encuentro una amiga pálida, con los ojos semiabiertos, hinchados de tanto llorar, parecía tan débil e indefensa que daba ganas de acogerla como se hace con un perro callejero. Estaba más delgada que ayer, parecía que se había consumido y veinte kilos de su espléndida figura se habían ido lagrimal abajo. Costaba reconocer a la mujer rompedora y bella que era.
Con la confianza que dan los años se metió en la cocina tras empujarla suave al salón. Volcó los cafés en tazas de verdad y recicló el papel que envolvía los pastelitos tras quitarlo. Con todo en una bandeja buscó un vaso de agua y sacó de su bolso un paracetamol. Si sufre el alma, el cuerpo también.
La vio desde lejos, acurrucada en sí misma, envuelta en una manta, despeinada y vacía y se armó de valor para escuchar una historia dolorosa y también para dar los ánimos justos sin frivolizar su dolor.
Su relato: el de siempre, el de tantas mujeres. Un hombre maravilloso, una historia con pinta de ser eterna, una pasión desbordada y de repente todo se acaba sin esperarlo. Un buen día, y sin mediar tragedia previa, un adiós. Y un día más tarde, cuando la perplejidad se hace a un lado, quedan las lágrimas y las preguntas. ¿Qué ha pasado? ¿Qué salió mal? ¿Por qué?
En medio de la conversación no paraba de repetir que no entendía nada, que había intentado hablar con él y no le cogía o daba comunicando, que le había mandado mensajes pidiendo una razón y ante todo ese cúmulo de errores tan humanos, ella solo podía dejarla hablar y no fustigarla con ningún reproche.
Sonó el teléfono y era él. Laura la miró y se puso nerviosa como una niña, intentó recomponerse poniendo su espalda muy recta, y descolgó pasando en una caricia su dedo por la pantalla del móvil…”¿Si?” No fueron más de cuarenta segundos y ella soltó el teléfono sin colgar, le resbaló por la mantita hasta que murió en el suelo.
Alarmada preguntó, “¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?” y con los ojos muertos y a punto de perder el conocimiento o quizás la razón le respondió “Me ha dicho que me odia, que lo deje en paz, que si intento ponerme en contacto con él pide una orden de alejamiento” Estupefacta Laura solo repetía, “por qué, por qué, no entiendo nada….qué ha pasado”
Y ella, algo más mayor y con más experiencia, la miró con infinita tristeza, y lo supo, pero no podía decirlo, no era el momento, Laura no lo iba a entender, en el fondo él le había hecho un último favor: Lo mejor que le puede pasar a una mujer para olvidar a un hombre es que él la desilusione.

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2 comentarios en “TRUFAS PARA LAURA

  1. Ufffffff, he vivido una historia tan parecida recientemente que lo he leído casi sin respirar, pero a mí aún no me ha llegado una llamada dando el caso por cerrado y mi pregunta sigue siendo, por qué, que hice mal??
    Es una historia que se repite con demasiada frecuencia…por qué??

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