COMPÁS DE PÓKER

De entre el humo una gran mesa redonda, cinco sillas y cuatro hombres en mangas de camisa adornados sus pechos por la simetría paralela de unos tirantes que sujetaban pantalones de caída perfecta. Las chaquetas inertes en el respaldo. Las armas cerca. Destocados de sombrero o simplemente echados hacia atrás entre el saludo eterno y un descuidado desaliño. Una manera de ser pero sobre todo de estar.
El silencio se rompía a penas por el tintineo de lo que fueron hielos en los vasos, el crujir del papel del cigarrillo o el rasgar del encendedor. Todo con la calma propia de quien arrastra los naipes por el tapete verde sin mover un solo músculo y reflexiona preparando la siguiente jugada.
A penas hay palabras sin embargo se están divirtiendo. No es sólo una partida de cartas, la adrenalina baila al compás del aire condensado. Hay mucho dinero en juego y lo que es peor, si las fichas no se travisten después en moneda de curso legal hasta el último centavo, el plomo puede hacer su aparición y no en monedas de dólar precisamente.
La partida de póker solo terminará cuando llegue la hora, la policía o se acabe el dinero, mientras tanto cuatro hombres se escudriñan para luego no mirarse a los ojos a la hora de estudiar sus propios movimientos y sólo en caso de pasar o de mostrar “escalera de color” relajar la mirada y hasta los hombros resbalando suavemente por la silla.
Cuatro mujeres acompañan a los hombres, no hablan entre ellas sabiendo que podría costarle caro, aburridas ocupan su puesto sin mucho que hacer, jugando con el esmalte de sus uñas, con un punto perdido de sus medias o distraída en cualquier cosa que no fuera esa horrible noche de juego sin orquesta, sin copas: sin diversión.
“Nena” y un gesto de la mano al vaso vacío y la belleza morena cobra vida, pasea su bonito vestido con una mezcla de provocación o entumecimiento y con la botella en la mano llena hasta el nivel justo el bajo y ancho recipiente. Jamás se repone el hielo de un vaso de whiskey, nunca aquí, no ahora.
Solo una de las mujeres mira con atención a otra, la nueva es una tierna rubia vestida de celeste, tan dulce y joven que casi daba ganas de avisarle que no era lugar para ella, que volviera al pueblo y buscara un buen hombre temeroso de Dios, trabajador que le llenara de niños y tareas del hogar, pero  entonces todos pensarían que lo que quiere es quedarse con su hombre y no era el caso. Esa recomendación en teoría tan inocente podía provocar que alguna bala distraída acabara incrustada como abalorio en su sujetador.
El hombre de ella, de la aséptica rubia, era sin duda el más guapo y el más canalla, alto y moreno desde sus zapatos al brillo de su pelo no había nada fuera de lugar, nada sobraba y aún menos faltaba, su revólver le sentaba igual de bien que la loción del afeitado y su sonrisa era entre déspota y conquistadora. Hubo un tiempo.. pero ya…era mayor para él.
Ella conocía bien sus besos y sus caricias y una vez el revés de su mano, en ese mismo instante en el que un escalofrío le recorrió el cuerpo le vino a la memoria aquel último baile, recordó el abrazo al compás de la canción.  “Dream a little dream of me” un pequeño e irónico giro del destino.
En ese instante la mano terminaba, con suerte la noche, y él con su voz ronca mostró un Full y ganaba una partida poco interesante, levantó la mirada y la vio.
Como un resorte ella miró hacia otro lado, el corazón le latía fuerte en el pecho y el rojo y escotado vestido subía y bajaba a velocidad inusual, tragó amargura e intentando aparentar tranquilidad y desafecto se recriminó: “ya no era su hombre, mejor dicho, ella ya no era su chica”, quiso que todo acabara y mientras, en su cabeza, siguió sonando la melodía de su adiós.

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