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Cuando el cumpleaños coincide con el final de año, como es mi caso, es el momento de hacer balance si te apetece o tienes el cuerpo para semejante ejercicio de reflexión, que no es fácil enfrentarse a toro pasado a un año completo, lleno de meses, días y horas. Echar la memoria atrás puede ser traicionero, sobre todo si el principio de año fue muchísimo peor que el final, aunque yo que soy de memoria frágil a veces tengo complicado recordar y hay ocasiones en las que pensar en Enero del 2013 me resulte tan frustrante como Junio de 1997 por poner un ejemplo, hay ocasiones en las que para mi limitada capacidad de recuerdo, las vivencias están igual de lejos y difíciles de recordar.
En mi caso, como en todos los años, ha habido momentos muy buenos y otros para olvidar -aunque estén más presentes que nunca- pero lo cierto es que siempre hay un paso al frente que dar y mirar por encima del hombro a lo que quedó atrás sólo sirve si se va a aprender algo y por mucho que se diga en los libros de autoayuda, no siempre las experiencias vitales van con moraleja.
Llega un momento que cuando le restas veinticinco a los años que cumples y te acuerdas perfectamente del año que resulta de la operación, trece en  mi caso, tienes que asumir que ya tienes una edad. No tiene que ser una mala edad ni una vejez prematura, no es eso, pero ya hay que empezar a plantearte que puede que estés rozando el: “lo bien que estás para la edad que tienes” o incluso muchísimo más doloroso “peor es el que no los cumple” que es un extraño consuelo nacional, que sí, que es cierto y que cumplir años es una bendición, pero hay que ver como somos de juntar churras con merinas en este adorado país.
Me acuerdo de mis trece como si esta mañana de lunes me pusiera el odioso baby (bata de cuadritos blancos y verdes) encima del uniforme, como si me estuviera subiendo los calcetines verde botella mientras la clase entera te tiraba de las orejas porque ya en octavo eres mayor para que te canten tus compañeras cumpleaños feliz y repartas sugus, y sin embargo ya han pasado veinticinco años que es un tiempo considerable pero desde luego, en mi caso, exprimido hasta la última gota siempre.
Ahora espero, que cuando tenga que volver a recordar mis trece años sea justo después de haberle restado cincuenta a la edad que cumplo.

(Gracias a todos por vuestras felicitaciones…)

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