07.97

Era julio de 1997, yo estaba ya de vacaciones en casa y mis amigas habían vuelto también de las distintas universidades del país, a la mayoría nos quedaban “flecos” como en las negociaciones de los traspasos de los futbolistas y teníamos que estudiar pero la playa era esa distracción que nos llamaba a voces en el sopor de la tarde mediterránea.
Ese primer día del mes entró mi abuela llorando a mi cuarto y era la primera vez en mi vida que la veía llorar, nos decía que lo habían encontrado pero jamás pensamos, ni por un momento que fuera con vida, pero después de tantas tardes de concentraciones, Ortega Lara había sido liberado por la Guardia Civil. El aspecto de ese hombre lo tendré para siempre en mi memoria, sus ojos y esos brazos tan largos…
Recuerdo las conversaciones de ese día tumbada en la toalla, el olor a la crema solar y la sonrisa de algún chaval al pasar. A los veintiún años las ideas políticas suelen estar definidas y pese a estar algunas veces contrapuestas, ante el terror estábamos todos en el mismo bando.
Ese mes de julio aún hubo una tarde que no fuimos a la playa, la tarde del día once no hizo falta preguntar los planes, nadie dio un paso atrás, salimos a la calle pidiendo la libertad de Miguel Ángel Blanco, había lágrimas en los ojos de las personas mayores, y en los nuestros la esperanza de que nos tendrían en cuenta, sobre todo cuando vimos la manifestación de medio millón de personas en Bilbao. Recuerdo que todos entendimos que no se podía ceder al chantaje de unos asesinos que pedían el acercamiento de sus presos, -acercamiento me digo y me repito hoy-, esa exigencia de que las cárceles de esos crueles terroristas estuvieran cerca de Euskadi.
Miguel Ángel Blanco fue asesinado por unos cobardes y entonces entendimos que no había opciones a ceder, murió y todos le lloramos, recuerdo que ese día estábamos en la playa, convencidas de que no lo ejecutarían, y alguien radio en mano, susurró…”lo han matado”, la playa quedó en silencio, abarrotada, solo las olas y algunos gritos de niños pequeños que no comprendían lo sucedido…”¡Esta vivo!”, se gritó, y contuvimos la respiración, los murmullos se unieron a las oraciones y al final en la madrugada nació un héroe, un país que se mantuvo en pie y una familia destrozada.
Hoy, años más tarde veo perpleja y asqueada, como una nefasta ley, un reconocimiento europeo de nuestra inutilidad legislativa y una extraña prisa judicial, hace que esos vulgares asesinos, cobardes y canallas alimañas, estén en las calles y me pregunto cómo es posible que lo entienda en el trocito de cielo en el que está seguro, Miguel Ángel Blanco.

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