Sentada en una silla, arrimada a una mesa, Mónica lloraba con desconsuelo, un llanto lento y amargo, sin escándalos ni gritos, sólo lágrimas ácidas resbalaban por su rostro. Éstas iban a morir a su barbilla y empezaban a mojarle la ropa de la lluvia incesante de dolor. Ni lo notaba.
Los brazos flácidos apoyados muertos sobre las piernas completaban la imagen del derrotismo, hombros caídos y espalda curvada. El desasosiego hecho mujer.
Nadie le oía, ni quería ser escuchada, era simplemente un mano a mano con el dolor, no quería compasión ni tampoco buscaba ayuda, era su momento liberador…que a la vez le hundía. Paradojas humanas, cosas que pasan.
Aún llorando miró un pequeño libro de hojas en blanco, algo manual, casi arcaico e íntimo sin duda, como en trance y con toda la claridad que le era posible comenzó a escribir:
«Querido diario, hay veces que me faltan las fuerzas, que creo que no puedo seguir adelante y aunque mi alrededor se derrumba mientras yo intento salvar a los míos, a los que quiero, a lo poco que tengo.
No me permito que se note que estoy al borde de caer y asumo con normalidad que tengo que ser el mástil que queda en pie, la columna que aun sigue firme, la sonrisa que anima, el abrazo que consuela, el pañuelo de lágrimas.
Considero que no es un sacrificio, ni una condena, tampoco es para ir dándose golpes de pecho, sería ridículo…sólo te lo cuento a ti, querido diario, porque se que guardas los secretos y en tus hojas vive cómplice el silencio.
En los días en los que temo caer, me permito el balanceo previo, las lágrimas y la desesperación, pero poco tiempo…no me puede perder ni un minuto de más ni me puedo dar el lujo de que por inercia el bamboleo acabe en destrucción. Es un riesgo que no me conviene asumir, si me arrodillo puede ser que caiga rodando cuesta abajo.
Y hoy me sirves tú de desahogo, como otros días fueron los pañuelos, el espejo, el agua de la lluvia fundiéndose con las lágrimas o incluso, intolerablemente, los kilos de más.
Así que ya me he dado el respiro ayudada por ti, ha llegado el momento, me seco los ojos y me enderezo, vuelve a ser el día uno, vuelve a empezar la lucha y repartir sonrisas. Sin tiempo que perder.»
Mes: octubre 2013
CAFÉ REFLEXIVO
Sonrió al camarero con la cortesía justa mientras solícita pedía un café con leche, grande, doble de café, leche desnatada…no, no quería sacarina. Aún no entendía porque el gremio de los camareros entendía como en un todo que si querías leche desnatada inevitablemente necesitabas sacarina…ella no quería ni edulcurante ni azúcar…simplemente odiaba el sabor de la leche entera, le resultaba un sabor graso y perpetuo…no había un motivo de dieta. Que a lo mejor debería, pero no era el momento de ponerse a adelgazar.
Miró a su alrededor con el hábito de la curiosidad más que del interés y descubrió un señor con su perro y un periódico en papel, y aún sin retirar, en otra mesa, una taza de café y un vaso junto a un botellín de batido. Una madre y un hijo, pensó, raro por ser horario escolar…igual se equivocaba en su predicción y en realidad era un ejecutivo agresivo imbuído en el mundo de la leche chocolateada.
Resbaló suavemente por la silla y miró a su derecha, inmóvil su útil de escritura, que ya no eran papel y pluma…¡cómo han cambiado los tiempos! le dio pereza y no lo volvió a mirar, se veía en ese instante incapacitada para ponerse a escribir.
Esperó tranquila su café, se felicitó de que lo acompañaran con un vaso de agua y dio las gracias. Bendita buena costumbre.
Su hilo de pensamiento fue entonces libre y éste vagaba por sus recuerdos y sus deseos, la concatenación de sensaciones la llevaba por senderos conocidos y en el fondo esperados, pero las preguntas se le iban de las manos y conocía bien la horrible resaca que dejan las cuestiones de sinceras respuestas.
Nunca tuvo remordimientos ni reparos por los pasos que fue dando, las cosas solía reflexionarlas y si no había tiempo…optaba por la mejor de las opciones que se le planteaban. O la que creía que era la menos mala. Aún así, en esa voz íntima que es la conciencia alguna vez se preguntó si se estaría equivocando o si se había equivocado.
Al mundo lo mueve el amor, reflexionaba, pero lo dudaba, quizás la ilusión, el compromiso…o la envidia. Lo que si tenía claro es que nada da más dolor de cabeza que una ilusión. Se sentía independiente, mujer de mundo, una profesional, alguien que se había prohibido sentir cualquier tipo de emoción que le hiciera sentirse vulnerable…alguien que no hacía más que saltarse su propia prohibición a la torera.
¡Qué ridiculez!, estaba ilusionada como una adolescente, feliz, pendiente, era incapaz de decir que estaba enamorada, imposible verbalizar la palabra y aun menos asumirla. Sabía que es cuestión de genes, ADN masculino, seres que llevan en la sangre ligar, conquistar, buscar la sonrisa de su víctima…y una vez la consiguen, la olvidan. Siempre fueron como niños encaprichados de un juguete que luego muere en el olvido del estante cubierto de polvo.
Las mujeres, hasta las más frías y calculadoras, eran víctimas en ocasiones de lo que evitan e incluso critican en las demás: «Caen como tontas» «Allí va otra» «¿No sabe ya cómo es?» Y de repente sin saber cómo traspasan la línea, se convierten en la tonta que conoce como son las reglas del juego y sin embargo acepta el envite sabiendo que sólo puede perder.
Apuró el café y cogiendo el bolso miró la parpadeante luz del móvil…un vuelco al corazón y al mismo tiempo un íntimo reproche…pagó su cuenta y ya de pie bebió rápido y de un trago el vaso de agua, y con él se planteó algo parecido a un acto de contrición. No miraría el mensaje aún. Valía demasiado para verse caer, no sabía cuánto duraría la voluntad pero mientras tanto, se sentía fuerte.
"SEMOS TORPES"
Dicen la OCDE y el informe PISA, que somos unos incultos. Todos. Los niños y los que van en el segmento de dieciséis a sesenta y cinco. Los mayores de sesenta y cinco no tenemos referencias, las temo, visto lo visto.
Rápidamente se ha culpado a la LOGSE, pero no podemos olvidar que no es tan antigua como para que sea la única responsable de tamaña desgracia. Por que es una desgracia, una hecatombe. Que un país no sepa entender lo que lee y no sea capaz ni de sumar lo que compra, bromas a parte, es dramático.
Seguramente en otro momento de mi vida hubiera defendido a capa y espada a la generación que ahora tiene cincuenta y muchos o sesenta, que tuvo una educación intensa en conceptos, exigente y basada en la responsabilidad y el esfuerzo…pero ya no.
No debemos olvidar que el periódico más leído en España es un diario deportivo. Y para mi opinión bastante lamentable en la redacción de los contenidos.
Durante la última Feria del Libro de Madrid, -ojo, Madrid, la capital…nada de provincias- observé durante el apogeo del fin de semana los gustos y la diversidad de ofertas que se ofrecían. Los libros no son baratos, pensé, la gente elegirá bien donde hacer el gasto, serán sus favoritos. Bien. Ante el amontonamiento de público, de todas edades, sexos -incluso compuestos- y condiciones, se organizaba una cola que iba acompañada de su correspondiente vigilante de seguridad, todo perfectamente planteado para poder hacer el desembolso y además de comprar el libro conseguir la firma del autor e incluso hacerse una foto, presuntamente luego leer la obra. Los top de la jornada y por tanto la mayor afluencia de compradores fueron por este orden: Mario Vaquerizo, la madre de Jesulin, Jorge Javier Vázquez y Mercedes Milá. Entonces comprendí que estamos perdidos, que no hay remedio. Libremente se ha elegido ser un país inculto, zoquete, absurdo, histriónico y lamentable.
Asumo la libertad de prensa, de editorial, de gusto, de afición … todo lo que se quiera decir, pero si tienes a autores de verdad, escritores que pueden apasionar más o menos, pero que llenan de literatura los libros… y eliges eso, entonces solo queda asumirlo con la mayor dignidad posible…
Hace ya muchos años, como quince, hubo una chica que me dijo «Yo no leo libros porque no entiendo las palabras», recuerdo mi ofuscación, y hoy asumo que fui injusta y borde cuando le respondí «mira en la estantería, el libro más gordo se llama diccionario y ahí puedes buscar lo que no entiendas». Parece ser que es usual en España, no saber entender lo que se lee…ella al menos fue sincera y lo reconoció.
Desde luego, sin libros, las mudanzas tienen que ser mucho más cómodas.
De lo de las cuentas ni hablamos…no hay más que ver dónde estamos.
UN LIBRO
Suspiró hondo, parpadeó despacio y dejó de mirar a un punto fijo sin más. Ni sabía cual era, tampoco acertaba a saber el tiempo que había pasado abstraída, ausente y fuera del mundo. Lejana su mente había vagado por los sinuosos renglones del libro que tenía en su regazo, sentada cómoda y a la vez en el equilibrio del punto y coma.
Jamás subrayó un libro, pero nunca los olvidó y algunos los leyó con tal deseo que la primera línea de cada página se unía en un baile vertiginoso con la última, deseosa de saber y de vivir la realidad imaginada de hojas encuadernadas. Tal era el ansia que, en ocasiones, tenía que volver a leerlo para saborearlo, paladeando lo que antes le supuso la agonía de saber.
Sin embargo, en esta ocasión cada frase era un poema, una metáfora oculta en un requiebro, y leer solo un párrafo implicaba parar a tomar el aire que se había dejado suspenso en el pecho por la emoción que se filtraba. Esa emoción, que era insistente, laceraba el alma al mismo tiempo que la curaba, una herida de sal, besos y limón.
Libros había muchos, escritores pocos. Se había banalizado tanto el papel, que el couché se transformó en literario y la literatura acabó arrinconada y aterida, asustada y solitaria. Pero unos pocos de escritores y lectores, seguían disfrutando de la lectura lenta y profunda, esa que mueve los cimientos más íntimos y que provoca una sonrisa, una lágrima o ambas a la vez cobijadas por un escalofrío, algo parecido al placer de la tristeza, al dolor en la alegría.
Se asombraba del milagro de la palabra perfecta, de como las pausas atenuaban el dolor o provocaban la magia, le impresionaba hasta que punto una descripción se visualizaba con tal facilidad que podrías reconocer a esa persona, ese paisaje y de que manera los diálogos fluían tal y como lo soñaste antes de suceder.
Bajó la cabeza al inerte trozo de vida que descansaba en sus piernas, su libro, su compañía y a la vez su ventana a sentir historias ajenas que las volvía suyas, sentimientos propios reconocidos en la piel de otro.
Un escape, una diversión. Un libro.
TERCER PLATO DE DESPEDIDA A LA FRANCESA
Dice una web que la expresión «despedirse a la francesa» es una adaptación de la despedida «sans adieu» que se estilaba en la Francia del siglo XVIII y que mientras allí se consideraba durante esta época un rasgo de imprescindible buena educación entre la alta sociedad del momento, aquí además de la traducción libre, le cambiamos el sentido y se considera una descortesía despedirse sin decir adiós.
A mi siempre me ha sorprendido cuando en alguna película alguien se va, con portazo o no, diciendo una gran frase pero sin despedirse… Yo estoy segura que soltaría con contundencia la ráfaga de palabras y después diría por lo menos un Adios. Y si me pusiera teatral, un «hasta nunca» o algo así. Lo del portazo tampoco tengo muy claro que lo diera, que no me gustan.
Todo esto viene a cuentas del whastapp, o cualquier tipo de comunicación en redes sociales o aplicaciones telefónicas. Hay personas que dejan un mensaje, bien. Y hay quien deja una conversación suspendida en el aire…quizás luego vuelvan a la media hora, o quizás no, pero yo (que debo ser tonta) me quedo esperando respuesta y la doy lo más rápido que puedo porque me parece que la cortesía manda…
A mi esto de que te dejen con la palabra en las manos me resulta un poco desagradable, ya no es que te sientas segundo plato, porque puedes entender que a la vez que se conversa se están haciendo otras cosas, pero es que ya pasa como a tercera división B. Un poco tipo «cuando no tengo nada que hacer y me aburro como una ostra, miro el móvil y me acuerdo que dejé aquí en medio una conversación»
Que puede ser que yo sea una antigua, que no me adapte bien a las cosas o que incluso al final por ir contra corriente quede como pesada…que todo puede pasar, pero yo nunca dejé una conversación pendiente ni un «luego hablamos» se estiró más de un «ahora». La verdad es que no lo puedo remediar…debe ser que lo mío siempre ha sido más british que franchute.