EL SECRETO

Casi no había tenido tiempo de lavarse la cara y se la secaba en finas toallas de lino, se deshacía las trenzas con las que dormía con manos expertas y mientras se cepillaba con cierto ímpetu buscaba en su tocador las horquillas que le ayudarían a sujetar un moño más o menos equilibrado, los mechones que escapaban los iba intentando recolocar con más prendedores aún, había días en los que la cabeza era un martirio llevarla sobre los hombros.
El vestido tuvo la leve cordura de tenerlo listo, resposado e inerte sobre la silla de su dormitorio, enaguas y demás prendas interiores de las que las damas no hablaban ni en susurros ya las tenía convenientemente atadas y bien atadas.
El vestido, de una crujiente tela rosa claro iba adornado con unos preciosos encajes de color gris, que hacían juego con un coqueto, mínimo y algo ridículo sombrero. El sombrero ahora no era pertinente, gracias a Dios, pensó, porque le era algo difícil que quedara en el lugar adecuado con la firmeza justa.
Sonó el gong. Llegaba sin duda tarde al desayuno. Su familia era bien estricta respecto a los horarios, y el hecho de que la fortuna se hubiera fundido en recetas de médicos y consultas de especialistas, sólo había servido para que el personal de la casa hubiera menguado, y lo que antes era su doncella, ahora fuera un puesto inexistente, sólo el viejo mayordomo y su mujer en la cocina, eran las personas que trabajaban en ese inmenso caserón, a veces, y por horas, venía una chica del pueblo a limpiar y en las inusitadas ocasiones que había invitados, se agregaba una pinche para ayudar en la cocina y en el limpiado de la vajilla.
Bajó la escalera rápidamente con poca prestancia británica y victoriana, que recuperó en los últimos peldaños para entrar serena y reposada.
-Buenos días.
La respuesta un murmullo, entre desaprobación y saludo, estaba acostumbrada, pero ni por esas nadie podía quitarle el placer del desayuno. Absolutamente mundana, el desayuno era sin duda su momento favorito.
Su padre leía interesado las noticias de la política londinense y ella tenía el periódico local al lado de su taza que rápidamente fue llena de un fuerte, espeso y humeante café. El plato con una crujiente tostada, los huevos revueltos y las salchichas le abrieron más el apetito sólo con verlo, y la adorable bandejita que sostenía los recipientes con las mermeladas caseras y la mantequilla fue añadida en seguida por la profesionalidad de su mayordomo.
Recordaba los tiempos en los que la casa estaba más habitada, estaba mamá y sus dos hermanos, recordaba Navidades de mesa completa, y el aparador lleno de suculentos platos, riñones para Geogre, huevos fritos para Charlotte, y bacon para mamá. Los niños, sus sobrinos, hoy ya hombres y mujeres, disponían de bizcochos y bollos variados que embadurnaban de confituras y miel…tiempos…
Su padre mientras tanto hacía comentarios en voz baja, gruñía levemente con la lecturas de las diferentes noticias y de repente una exclamación sonora:
– ¡Qué las mujeres puedan votar! ¡Semejante despropósito! ¿¡Tamaña locura la permitirá el Parlamento!?
Y ella sonriendo hacia dentro se congració de que su secreto estuviera a salvo.

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