Sólo algunas mujeres pueden saber lo que se siente en ese momento.
Algo que se puede llegar a anhelar y temer al mismo tiempo, y se mira mil veces el reloj… los relojes de toda la casa y cuando por fin una de las múltiples veces, retienes la hora en el cerebro, tienes al mismo tiempo ganas de parar el mundo y necesidad de que acelere, sólo para que pase… o para que empiece. Porque algunas sueñan con el principio y otras…con el final.
Y por mucha seguridad que tenga una mujer en sí misma, por mucho que confíe en sus posibilidades, en su inteligencia o en su belleza, en su suerte, o todas las variables juntas, siempre…siempre en ese momento surge la duda, la eterna duda.
La duda a no saber cómo enfrentarse al primer momento, al primer saludo, a una posible dificultad, de no saber cómo reaccionar ante una contrariedad, de no saber ni donde poner la mirada. ¿Y las manos? ¿Qué se hace con las manos? Debería de haber artículos de opinión, foros de debate, libros de autoayuda, páginas de internet que aconsejaran, ¡vídeos de YouTube!…¿qué hacer con las manos?
Y por más estudiado que se tengan los movimientos como una coreografía… a fin de cuentas es más o menos rutinario, aunque el pasillo se convierta en pista de atletismo, cronómetro en mano, aunque la precisión sea milimétrica, se puede llegar a pasar en menos que un Ferrari de cero a cien, de un «me da tiempo, está todo controlado» a «¡madre mía que no llego!». La paradoja del tiempo hecha palpable realidad.
La ropa se eligió hace mucho tiempo, y duerme inerte encima de la cama, y mientras se suben las medias con una media sonrisa, se va completando el ritual de vestirse y del maquillaje. Por fin los últimos retoques a velocidades dignas de sanción por la Benemérita… y el momento de vaciar el bolso encima de la cama intentando que quepan mil cosas en una cartera de mano preciosa, monísima, y ridículamente pequeña.
Pendientes en la mano para poner en el ascensor … y la calle.
Mirándose de reojo en todos los escaparates: La realidad.
Conforme se va llegando al sitio acordado, nervios, decisión, más miedo, y el momento de enfrentarse a un desconocido que sin embargo parece que siempre estuvo en tu vida.
(A Malvaloca)
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ANTONIO MINGOTE
Me he criado con el periódico de la grapa, desde muy pequeña acompañando a mi abuelo al mismo kiosko de prensa del puerto de Algeciras, el ABC de Madrid, el Quiz, el Hola, el Época, y para la niña, Petete. Así semana tras semana…y cuando él ya no pudo hacerlo, siempre alguien, siempre, por la prensa, jamás faltaba el ABC menos los dos días en los que » siguiendo la tradición de Prensa Española…» no había y entonces, ese día «leíamos historia».
Fui creciendo y dejé el Petete, tras haber completado todos sus tomos, que conservo como oro en paño, me encantan, no se puede renegar de quien se ha sido.
Cuando me llegaba el turno del periódico, o iba yo a comprarlo siempre leía lo primero, la viñeta de Mingote y la tira de Cándido, a veces no entendía el primero y me reía con el segundo, en otras ocasiones me esforzaba mucho en comprender donde estaba la gracia de ese extraño personaje que vivía justo encima de los crucigramas del final del periódico, con dos pelos que le cruzaban la cabeza, y siempre me llamaba la atención el trazo que parecía rápido y casi improvisado de D. Antonio. Envidia de la mala porque jamás en la vida he sabido plasmar lo que estaba en mi cabeza en un dibujo, y muchisimo menos conseguir que seis o siete trazos parecieran algo más que un borrón en una hoja.
Poco a poco, me fui intoduciendo en el mundo, saliendo de la burbujita de la infancia, un día lees a Antonio Burgos, otro dia Jaime Capmany, Ussía…pero siempre, lo primero, Mingote, elegante, tierno, certero, ácido…Luego, empezar el periódico por detrás, no se porqué, y contar los hijos que tenían los habitantes de las esquelas, comentar con los demás….»vaya este tenía once, seis casados, una viuda y un jesuíta» «pues este no ha muerto tan mayor»…
Recuerdo perfectamente una portada de Mingote en la que un niño no comprendía porque un encapuchado mataba a su padre, otra tierna de cuando el dueño de El Corte Inglés falleció, el día que le hicieron parte de la Real Academia Española, con la «r» y se le caían encima ratones, ratas y un montón de cosas más que empezaban con esa letra…Me gustaba especialmente como pintaba a Dios, a la Justicia y su razonable visión de los nacionalismos. Me compré un Quijote más sólo porque estaba ilustrado por él.
Ahora que por fin ha accedido a esas nubes tan bonitas que pintaba es como si se hubiera ido parte de mi infancia, de mi vida, casi de mi familia…allí está Chumy Chumez, Tip, Manolo Summer y tantos otros…seguro que San Pedro tiene una sonrisa de oreja a oreja.
MONOTONIA
Un frenazo, un chirrido, el dibujo de las ruedas en el asfalto, parte del desgaste de las ruedas del coche dibujando el paso de peatones por el que se frenó tarde, un conductor asustado, un viandante taquicárdico y para ella…un despertar incómodo, ¿qué hora sería?, miró la muñeca derecha delgada y elegante al trasluz de la ventana y se dió cuenta que desde hacía tiempo no tenía reloj.
Mentalmente apuntó llevarlo a arreglar para ponérselo.
Giró sobre sí misma, rotando por la cama hacia el otro extremo, el despertador comenzó a sonar, y suspiró, le habían robado sus últimos cinco minutos, ¡maldita sea!, no era la mejor manera de empezar el día…tampoco dejaría le condicionara toda la jornada.
El ritual de la mañana comenzaba con buscar unas gafas que jamás vieron la luz de la calle y un paso por el baño, encender la radio de la cocina y preparar un café que a esas horas siempre tardaba demasiado en salir, mientras se bebía un gran vaso de agua y preparaba unos cereales bajos en grasa, bajos en azúcares, bajos en hidratos, bajos en sales, en fin…bajos en todo…por supuesto con leche desnatada, o un brebaje que alguien podría confundir con agua sucia.
Mientras masticaba pensaba en que tenia que comer más frutas, menos hidratos, que le sobraban kilos y cosas por hacer.
Después de del desayuno se dio cuenta de que nuevamente, y no sabía ni como, se le había hecho tarde, y trasladándose radio en mano, se dió una ducha mientras pensaba que se iba a poner y como narices iba a peinarse. Sus pelos era un gran batalla perdida.
Cuando por fin giró las llaves de la puerta de su casa, mientras llamaba el ascensor y volvía a asegurarse de que estaba bien cerrada se dió cuenta que no llevaba el móvil, justo cuando iba a usarlo para ver que hora era.
Llamó al ascensor compulsivamente mientras se convencía de que sólo era un teléfono y que nada urgente pasa en seis minutos, ¡joder…!!!! Justo en el momento que más prisa tenía, el ascensor tardaba en llegar, echó a correr escaleras arriba con un cierto ruido algo desagradable para vecinos que no necesitaban madrugar pero, como cualquiera puede comprender, un móvil abandonado es cuestión de vida o muerte.
EN ESTE LADO DEL ESPEJO
La imagen que le devuelve el espejo no es la que espera ver, se espera encontrar con unos años menos, con la energía intacta de ayer, con el brillo de ojos que tenía desde que descubrió que la vida se bebía mejor a tragos grandes, y que el miedo era la excusa de los cobardes.
Se esperaba encontrar con la piel tersa, sin arrugas de expresión, sin flacidez en el rostro, con esa frescura en la piel que sólo necesitaba a penas brillo en los labios para ir «maquillada». Ese rostro radiante cuando se pisa firme sobre el asfalto y la piel.
Cerró los ojos fuerte como si viviera un mal sueño, hasta que empezó a ver chispitas de colores, luces en el fondo negro que le hicieran caer en el abismo del mareo y los abrió despacio, muy despacio, susurrando para sí palabras de aliento, esperando encontrar la mujer que aprendía a serlo.
Volvió a mirar, y el reflejo del cristal ahumado le devolvió su rostro real, el de ahora, el de una mujer que había luchado, que había sufrido, que había amado, que había llorado…su rostro, sus matices podían leerse como un mapa en relieve, cada arruga, las ojeras, la palidez, la falta de de brillo en sus ojos se debía a algún momento duro, triste, doloroso…algunos tan cercanos que no le hubiera extrañado notar la humedad de la última lágrima.
Se pasó la mano por la frente, y el frío de sus dedos le hizo notar que le ardía, aquellas malditas jaquecas…esas tampoco estaban antes…
Antes su cabeza sólo estaba llena de sueños, proyectos, esperanzas y anhelos….ahora vivía las preocupaciones reales, las mundanas, las que hace que los sueños sigan su camino elevándose por el cielo como los globos de gas que se le escapan a los niños y logran sortear la trampa de los árboles.
Queda poco hueco para las ensoñaciones cuando el día a día pide destreza para lidiar con la realidad.
Aún asi, no se pierde la esperzanza, se dice, todo puede cambiar, las cosas deben de ir a mejor, me lo merezco, se autoconvence, y un esbozo de sonrisa, a un lado y otro del espejo, le hace presuponer que ya pasó lo peor y si bien, su rostro no va a volver a tener la angelicalidad que tuvo, quizás vuelva el brillo a sus ojos, la paz a su alma e incluso pueda permitirse la frivolidad…de tener algún sueño.
UN MAL DÍA
Un estruendo de cacerolas retumbó por el patio de luces del edificio, el sonoro desperfecto llegó a parecerse más a un solo de batería que a un desastre doméstico.
Si hubiera sido otro día hubiera sonreído pero tal y como estaba encauzada la mañana, su gesto fue una pura interjección malsonante sin necesidad de sonido.
Nada más despertarse se dió cuenta de que el despertador no había sonado …fundamentalmente porque no lo puso por la noche, y ya iba una hora tarde, en medio del aturdimiento puso los pies directamente en el suelo, un suelo helado que le hizo abrir los ojos de par en par, encoger las piernas a la altura de los hombros, sentir un escalofrío y buscar las zapatillas urgentemente para librarse de la congelación, incluso miró sus dedos por si había que amputar.
Al lavarse la cara lo hizo con el agua fría más bien por costumbre que por ganas y al alargar la mano para buscar la toalla se encontó con un vacío que le hizo ir goteando y en una postura algo simiesca a la búsqueda de una toalla, albornoz, pijama, bata o lo que fuera o fuese, seca.
Luego vinieron el café frío, la leche por fuera del cazo, las tostadas como Antonio Machín cantando «Angelitos Negros» y el corte de gas en mitad de la ducha.
Ahora iba a la cocina y sabía que se le quemarían las lentejas, ponía los ingredientes con una resignación de mártir algo cómica… si alguien la estuviera observando. Miró el cuchillo con cierta desesperanza y lanzó una mirada suplicante al botiquin. Ojalá haya agua oxigenada.
Sonó el timbre y se volvió con una mezcla de esperanza y de salvación, como si sonara en el cuadrilátero y ella fuera la boxeadora noqueada, se le cruzó la fugaz idea, el temible pensamiento de que esa llamada le estropearía aún más el día, pero sin embargo fue hacia la puerta limpiándose las manos en el delantal, arreglándose el pelo ante un espejo imaginario y dando unas voces indignas de su edad, sexo y condición….
Al abrir la puerta no vió al cartero, ni al conserje de la finca, tampoco a la señora que limpiaba las escaleras, ni siquiera eran unos Testigos de Jehová, o el jovencito agresivo a la venta de un seguro. Vio a un oficial de policía, uniformado y sonriente.
Entonces se percató rápidamente de su necesidad de peluquería, sus zapatillas de estar por casa, su delantal arrugado y con manchas, sus manos mojadas y su viejo jersey de estar por casa.
El policía seguía sonriendo, metió la mano en su bolsillo y le entregó abierta una cajita pequeña, forrada en terciopelo negro por fuera y en raso rojo por dentro….dentro un anillo, precioso y brillante…
A ella sólo le ocurrió pensar en cómo puede cambiar el curso de un día.


