Nos empeñamos una y otra vez, y me incluyo, en buscar complejísimas razones para no ser del todo feliz. Tenemos en el fondo del alma la ambición taladrada y las aspiraciones suelen ser tan desorbitadas que más que un aliciente, se convierten en una losa de desencanto profundo.
Hay momentos en los que miramos más los huecos de lo que no tenemos que disfrutamos de lo que tenemos. Y sé que no es consciente. Estoy segura que la teoría de la aceptación de la realidad, del disfrute de las pequeñas cosas, la de la pasión del día a día; ese argumento en el que todos somos partidarios de la felicidad en función de lo que tenemos, en que hay cosas que no cuestan dinero pero que llenan, ¡ese mantra, ese!, pensamos que lo cumplimos y hasta lo verbalizamos «soy un tío sencillo», «yo me conformo con cualquier cosa», «lo importante es que te quieran»… Pero a la hora de la verdad el que no quiere estar jubilado, quiere estar de vacaciones, o tener mejor coche o una plaza de garaje debajo de la oficina, o poder comer en un restaurante de vez en cuando, o mandar a los niños a estudiar fuera…siempre tenemos latente la falta de alguna materialidad pese a que estamos convencidos de que somos casi -casi- espíritu puro con alguna terrenalidad.
Lo que sucede es que cuando viene un golpe de mala suerte, nos aferramos a lo que tenemos y es como un limpiaparabrisas de cuatro por cuatro tras salir de un charca de barro, se nos abre la visión y nos muestra la realidad. Es entonces cuando valoramos lo de que nos quieren, los amaneceres, la compañía, el sonido hueco del silencio o la algarabía preescolar, el sabor del pescado o el olor a infancia.
Resulta un poco descorazonador que en la loca carrera cotidiana no encontremos el momento de la consciencia de nuestras posesiones, las que tenemos, las que atesoramos y comprobar que las inmateriales son las que de verdad ensanchan el alma. Yo siempre pensé que del dolor extremo surge el amor verdadero.
Lo que ocurre es que ayer por la tarde, sentada con un libro en las manos, se me llenaron los ojos llenos de lágrimas (sí, de esas de las que hablaba ayer) y tuve que levantar la vista para no mojar sus páginas, y al parpadear en un acto reflejo de salvar del naufragio a las lentillas, rodaron por mi rostro y se me despejaron los ojos y el corazón, el alma, llámale equis…y me di cuenta de que la emoción no deja de ser un tesoro, una suerte, un privilegio de esos de la teoría de las pequeñas cosas y que esas (aquellas) lágrimas no eran de dolor y, ni se podían considerar un trazo de mala suerte, así que mientras oscurecía a mi alrededor y la música sonaba en mis auriculares, me alegré de no encontrar ningún hueco que llenar porque me sentía absolutamente plena y feliz de ser consciente de ello.
(Si tuviera el valor de dedicarle esto a quién fue capaz de provocar la emoción, lo haría. En todo caso, gracias)
P.D Vistas las preguntas, edito y comparto que el libro es «Cuentos de la vida casi entera» de Angelina Lamelas. Una maravilla. No suelo hacerlo nunca, pero este libro lo recomiendo insistentemente, imaginad cuánto me ha emocionado.
Autor: @AhoraRo
EMOCIONES
La risa es meridianamente clara, oyes a alguien reír y no te cabe duda de que es signo de que esa persona está siendo feliz, que se lo está pasando bien, que algo o alguien le induce a ese estruendo que es la sonoridad de la alegría; ya sea una risa prudente o una carcajada, es lo de menos, la risa se contagia.
La sonrisa puede que tenga más recovecos y sea más difícil de interpretar, es probable que haya muchas formas de entender qué significa o quiere decir una sonrisa, depende de muchos factores; si es franca y abierta, una sonrisa que no tiene doblez, sólo puede implicar alegría. Otras veces la sonrisa es más leve, casi de medio lado, una sonrisa pícara y juguetona, de alguien que incita a la broma o a la diversión. Hay sonrisas de auténticos nervios que van dos pasos antes de risa histérica. Y también está la sonrisa desencantada y triste que no tiene luz, es la sonrisa opaca de intentar que no se transparente el dolor. También hay sonrisas irónicas que son las que tienen las personas inteligentes la mayoría de las veces. Las cínicas que son sibilinas y rastreras, un siseo de serpiente, éstas me desagradan particularmente, las que más.
Lo que son más difíciles de interpretar son las lágrimas, la mayoría de la gente piensa que solo se llora por un dolor, por sufrimiento y luego las lágrimas de alegría. Pienso -es opinión personalísima-que ante las lágrimas ajenas las personas se bloquean y son incapaces de reaccionar. Unos huyen y otros consuelan pero no se interpretan; todo lo más se espera a que el afligido y lloroso sujeto sea capaz de balbucear por sí mismo lo que le sucede.
Hay momentos en los que se llora por dolor físico, a más dolor más lágrimas, teniendo siempre en cuenta que el umbral del dolor cada uno lo tenemos en un sitio y que es tan subjetivo como el adn. Cuando el dolor es del alma, sea por la pérdida de un ser querido, un amor, un desencanto, una traición, entonces son más difíciles de controlar y de superar, incluso a veces son lágrimas secas que no se reflejan en el exterior, pero que no dejan de brotar. Hay veces que lloramos de alegría o de risa y ésas son claramente identificables e incluso, y estas las uso yo mucho, están las lágrimas de emoción frente a un buen libro, una apasionante película o una canción; también ante un abrazo o una frase justa en un momento determinado pueden escaparse las lágrimas. También se llora de puro miedo.
Sin embargo, hay un tipo de llanto que creo que no se suele identificar bien, suele confundirse con el dolor o la pena y no son así, son las lágrimas de rabia o de indignación, las que surgen por impotencia e incomprensión, cuando no puedes explicarte o no puedes hacer nada por resolver una determinada situación. No es que duela, no es que importe en exceso, pero ante una injusticia a veces sólo nos aplacan las lágrimas.
Por si acaso me quedo con la sonrisa, la que quieran y elijan y si tienen que borrarla que sea siempre por la risa alegre o las lágrimas de emoción.
JUZGADOS DE ACERA
Acabo de leer un magnífico artículo de Jabois, -gracias Noemí-, impecable en la manera de escribirlo, contundente en sus argumentos. Casi me convence. Viene a hablar de los privilegios que se le pueden dar, y los que se le han dado, a la Infanta Cristina respecto al proceso de Noós.
Entiendo que la sociedad emite juicios paralelos y no es justo, pero somos ciudadanos de profesión: activista de rellano de escalera, de primero de vecina cotilla. Aquí y en Kentucky, cualquier tipo de imputación conlleva una estigmatización social por lo general y es algo que puede que no sea justo pero es usual. Pero no sólo le sucede a los personajes relevantes o conocidos, les ocurre también al hombre que es falsamente acusado de maltrato, por ejemplo. Es más, se puede dar justo lo contrario, recordemos cuando Messi fue a declarar entre aplausos o el presidente del Sevilla F.C que va pidiendo firmas por la citada ciudad para que le den un indulto para una condena en firme jaleado por muchos ciudadanos.
No consigo comprender el placer de abuchear a una persona, de ocupar tiempo y espacio en semejante hazaña vociferante. No podría ser apedreadora. Quizás entiendo que alguien que perdió su dinero en las preferentes vaya a acordarse de todas las generaciones difuntas de Blesa, porque no tiene otra opción. Entiendo que con delitos de sangre de por medio se pierda la noción de la realidad, yo estoy segura que la perdería, y no sólo iría a gritar, quizás me plantaría buscando venganzas mayores. Aunque incluso así, creo que no me apunto a humillar a nadie. No veo placer ni justicia poética en ello.
Que la Infanta haga un Morante, o un Curro Romero, me da exactamente igual. La condena social la tiene ya, la justicia dirá si tiene o no otro tipo de condena. Desde luego si han saqueado fondos públicos que devuelvan el dinero, eso lo primero, todo y con intereses, el resto me parece irrelevante salvo por una cuestión…
Cuando ella, la Infanta, va a algún tipo de evento público lleva escolta y se movilizan a los cuerpos de seguridad del Estado. Acudir al juzgado es un acto privado elevado a público por lo tanto tendrá que haber un plan de seguridad e irá acompañada por su escolta. No es bajar un momentito al Mercadona que no tengo ajos. Teniendo en cuenta la cantidad de recortes que lleva sufrido el ciudadano medio, la falta de recursos, de trabajo, de vivienda…, hartos de ver como de un lado y de otro ha habido quien ha metido la mano en la caja, no es difícil pensar que a alguien se le crucen los cables. No sería tan raro, un ciudadano que tenga una precaria situación y la compare con los privilegios por nacimiento de doña Cristina y haga algo más que vociferar. ¿Y entonces? Entonces seguramente será políticamente un desconcierto, puede que se levanten voces por la República aprovechando un detonante como ese (no sería la primera vez en la historia que pasa), pero lo que seguro sucedería es que ella saldría indemne, sin un rasguño, y escoltas y policías heridos o algo peor.
Me van ustedes a perdonar, incluida doña Cristina y su real familia, pero me importa muy poco que se libre o no del abucheo, lo que me preocupa de verdad son esos trabajadores que en el ejercicio de sus funciones pueden salir mal parados.
CITAS CON PAVO
Yo tuve quince años.
Es fácil llegar a esa conclusión sabiendo que acabo de cumplir 38, por mucho que se intente no se puede uno saltar ningún año de la ristra. Una vez pasados se puede poner interés en olvidar alguno si fue especialmente nefasto, pero no suele funcionar. Es más, y esto es una teoría personal, cuanto más interés pones en silenciar algo o alguien, más se mete en el recoveco de la memoria y más difícil es sacarlo al destierro mental del olvido.
Pues yo a mis quince años además de ser «rellenita» y un poco patito feo, era una adolescente de manual. Si se cogen las características de una adolescente tipo puedo ir chequeando que si no cumplí el 100% fueron el 93%. No era especialmente conflictiva y menos todavía si se compara con lo que algunas televisiones se empeñan en mostrarnos como adolescentes tipo, incluso a reformar (como las viviendas de segunda mano) pero era una típica teenager.
Yo era una pava, de las que se enamoraban perdidamente…y para toda vida, oía canciones de amor del grupo musical del momento, llenaba la carpeta de corazones en sumas de letras, escribía poesías propias a escondidas y las que ponía en los márgenes de los libros eran almíbar hecho texto. Llenaba mi cuarto de posters y mi carpeta la forraba con fotos de actores y cantantes. También tenía a mi osito de peluche (Topi). Y en mi descargo diré que no era yo de las más cursis que había.
Hay cosas muy básicas dentro de la adolescencia, una de ellas la reflejan en la serie Castle. Le pregunta el escritor a Beckett: «¿Cuándo sabes que te has enamorado por primera vez?» y ella contesta: «Cuando entiendes la letra de las canciones» Ahí un síntoma contundente de la adolescencia. Es un básico, no sólo las entiendes si no que las escribes, las memorizas, las cantas, las desmenuzas…Hasta las grabábamos en esas míticas cintas TDK (de 60 o de 90) directamente de la radio. Conforme te vas a haciendo mayor las canciones te las aprendes si las has oído mucho o te vas inventando lo que no te acuerdas con «nanananinnonannino» o lo que toque.
Yo por supuesto era de esas, no había lacrimógena canción de amor que no me supiera y viviera, y le encontrara sentido y hasta hiciera mía según el momento sentimental. ¿Para qué negarlo? Era así. Tan cierto como los calcetines verde botella de mi uniforme.
La otra característica de esa edad es utilizar «citas» y no me refiero a las que se refieren a quedar con un chico, que eso en mi tiempo -y no es tan lejano- no se hacía, ahora con la norteamericanización puede que si, pero entonces tú salías con tus amigas y te encontrabas con el niño que te gustaba y sus amigos. Había muy pocas que salieran solas con su «novio» a los quince años. A las citas que yo me refiero son a los pensamientos de otras personas. Yo era adicta a buscarlas y utilizarlas, y ojo que no había internet, era mucho más arduo conseguirlas y me gustaban tanto que buscaba libros al respecto, creo conservar un libro bastante voluminoso lleno de citas que era casi mi guía espiritual. Lo tenía lleno de fichas de cartón, porque jamás he subrayado un libro, y escribía las más inspiradoras. Todo muy adolescente.
Ahora, con la edad, utilizo muchas menos palabras ajenas y mucho más las propias. Tampoco me aprendo las canciones, y lo que es peor, alguna de las que conocía las he ido olvidando.
LLUVIA MOJADA
Llueve al otro lado del cristal y noto aún la humedad en el bajo de mis pantalones causa de los charcos que intenté sortear con mala fortuna por lo visto. Llueve y sigo pensando por qué me afecta tanto. Es irracional que un día gris y lluvioso me parezca la antesala de todo lo horrible que pueda imaginar. Y tengo una imaginación portentosa.
La lluvia es cinematográfica sin duda, una mujer en la calle, unos labios entre abiertos y el agua cayendo por su rostro dándole una pátina de frescura -nunca mejor dicho- y al mismo tiempo de desolada fragilidad. El agua cae y ella susurra su nombre y entonces el amor de su vida se vuelve y la besa, o se va calle abajo dependiendo de si sea puro romanticismo o dolorosa tragedia.
La realidad es que ella no quiere mojarse el pelo porque ha ido a la peluquería, su rimmel no es waterproof y aún no ha bebido lo suficiente para que todo eso le de igual. Tiene frío, tirita y en sus ojos hay más ira que dolor, más enfado que fragilidad…quizás sin lluvia sería más emotivo pero los pies mojados no provocan dulzura y amor.
Ver llover, el fuego en la chimenea, una camiseta grande de un amor ausente, unos calcetines gordos bajados y una taza de café humeante. Ella sentada en el alféizar de la ventana, abstraída en como caen las gotas deslizándose en un vals suave y acuático. El crepitar de la leña, el calor del hogar y el frío interior por la soledad, sea provocado, puntual o eterno…¡Qué bonito!
Lo que de verdad ocurre, es que ella está hundidísima, así que lleva un pijama viejo con los calcetines por fuera, está en el sofá destrozando la Tablet, el pc, o el móvil, mientras le cuenta a una amiga lo capullo que ha sido el otro que se ha ido y la ha dejado allí plantada. Por supuesto no hay chimenea si no una agradable calefacción central y en realidad no tiene frío porque el enfado le hace sudar, y más que café hay chocolate y/o alcohol.
La verdad es que la lluvia acarrea atascos, niños que van al cole con botas de agua que les recuecen los pies y si no las llevan los tienen mojados todo el día, ropa que no se seca, suelos resbaladizos, paragüas olvidados, taxis imposibles, cristales por limpiar, carreteras peligrosas, resfriados eternos, y además de todo, en mi caso, una absurda melancolía que me atraviesa el alma.
Esperemos que pronto escampe.
