OREJA DEL MUNDO vs CERVEZA

Desde que era muy joven, desde que iba en el autobús urbano hasta la playa, yo debía tener unos catorce años como mucho, de las primeras veces que iba sola a algún sitio, a mi me han contado cosas.
A veces las confidencias eran operaciones, ya que el autobús incluía un agradable recorrido en el que había una parada en el hospital, de hecho creo que tengo la posibilidad de operar «demenisco» y de «visícula» sin haber pasado por facultad alguna y muchísimo menos por el Mir, y acierto a diagnosticar con los ojos cerrados la hiperglucemia, la hipertensión y el tratamiento a seguir.
En otras ocasiones la conversación la dirigían a las críticas de familiares, quisiera yo conversar o no con la criticona. Si algunas nueras o suegras supieran lo que se puede llegar a decir en diez minutos…yo creo que se quedarían perplejas o puede que no se quedaran tan impresionadas como yo porque también son capaces de hacerlo…En realidad para ellas es como repetir un guión, como si en sus cabezas lo hubieran dicho tantas veces que a la hora de verbalizarlo sale  a tropel, como si abrieran unas compuertas. La cantidad de barbaridades al minuto no era nada desdeñable y porque ya me las sabía, pero era el mejor aprendizaje de insultos y palabrotas que he oido en mi vida, en el más castizo de los andalucismos.
También oía muchas penas de amores, las que menos porque ahí les costaba un poquito más, pero si el viaje se alargaba…caía, seguro, pero más de una, de dos y de treinta si que he oido.
Esto no cambió cuando dejé de coger el bus urbano, me siguió sucediendo en consultas de médicos (un gran foco), en la peluquería, en la cola del banco, en los centros de la administración pública, en los comercios, en los trenes, y hasta en los aeropuertos…donde todo el mundo parece tan impersonal y poco dialogante.
De ahí que pasara a autodefinirme como «oreja del mundo». Soy una persona que oye, que asiente, que sonrie y que a veces y a ciegas intenta decir una frase que reconforte a la persona que te cuenta algo que necesita soltar, que le angustia, le apena ¡y a veces hasta le alegra!, recuerdo una señora que la llamaron al móvil y a duras penas podía cogerlo, no veía «delcerca» y se lo descolgué yo…¡¡y su hija le decía que iba a ser abuela!! nos emocionamos muchísimo claro, ella por supuesto le contó que yo le había ayudado y que estaba esperando para ayudar a colgarlo. Y esperé, y colgué y supongo que será una abuela estupenda.
Otro día, y palabra que no miento, en El Corte Inglés, una señora me preguntó si me gustaba un vestido para su nieta, contesté que era muy mono, algo cortante, me la veía venir, me enseñó seis, opiné, busqué lo que quería….y luego me dijo, ¿me lo cobras?, su cara cuando le dije que no trabajaba allí era un poema, me reí mucho, pobrecita, ahí había estado yo escuchando la gran carrera «de maestra de niños mayores» que estaba estudiando su nieta, lo guapa, lo lista, lo trabajadora que era…He elegido pendientes para hijas, hasta me he probado una vez un vestido, ¿te importa muchacha, es que es más o menos como tú?
Mis amigas también me cuentan sus cosas, como es lógico, los hijos, los padres, los nietos, las enfermedades, las desilusiones, los fracasos, los problemas…y comprendo que tengo que estar, que es justo, y si se sienten levemente reconfortadas pues aún mejor y si puedo ayudar en lo que sea me siento más tranquila, sabiendo que apoyo a alguien en sus malos momentos. A veces son horas al teléfono, al ordenador o tardes de café y lágrimas, no me gusta ver a nadie triste, deprimido, sufriendo y sé por experiencia que una mano tendida ayuda más que un pie en la cabeza.
Muchas veces me pregunto a qué puede deberse, y mi madre siempre dice que la gente ya no va a hablar con los curas, y los psicólogos están muy caros, y el ser humano sigue siendo un ser social y las penas compartidas son menos penas, y al contarlas parece que pierden fuerza, como la coca cola.
De eso no me quejo, lo llevo como si fuera un superpoder, un don divino, de lo que me quejo y aprovecho, ya que estamos, es que cuando las cosas vienen bien dadas y lo que se cuentan son alegrías, a nadie se le ocurre decir…»Niña, que te invito a una cerveza»

(No os enfadéis, sabéis que sigo siendo «la oreja del mundo»)

VERANO

¡Qué fácil se me hace traer a mi recuerdo algún pasaje de mis infantiles veranos!
Veranos de libros, muchos libros, siempre los libros, al despertar, después de comer, jamás dormí la siesta…¡qué cosas!, durante la fresquita de la tarde esperando un anochecer, siempre como una tradición todos los Agatha Cristhie, las «pecaminosas» novelitas de Luisa María Linares, todos los Mafaldas, y los Astérix, y abriendo el verano… «El Camino» de Delibes.
Y durante algunas semanas, vacaciones estivales de viajes culturales, creo que no valoré en su justa medida el esfuerzo materno por enseñarme a aprender de piedras, caminos, museos, lugares de España y del extranjero. De hecho me recuerdo protestando por ir otra vez a Santiago de Compostela donde auguraba que el Santo me abrazaba a mi en vez de yo a él. Hoy veo como ella le enseña a mis hijas igual y me doy cuenta del privilegio que tuve y que gracias a Dios siguen teniendo ellas, solo que ahora yo les señalo la suerte que tienen, no quiero que no lo tengan en cuenta. No todos los niños pueden aprender tanto ni in situ.
También, evidentemente, eran veranos de playa, viviendo en una ciudad de costa formaba parte de la normalidad, todos los días a la playa, otro punto que no valorabamos en su justa medida, había gente cociéndose en según que sitio de nuestra geografía y sin embargo nuestra cotidianeidad nos hacía tomarlo como algo natural…todo el mundo, para nosotros, tenía derecho a la playa.
La playa…curiosamente la playa de mi infancia no fue la playa de mi adolescencia. Catorce o quince años y la playa con las amigas, las risas, muchísimas risas, el calor, jugar a ser grande sin perder la inocencia de la que acabé desprendiéndome a base de tropiezos, lo que algunos dirían experiencia…¡Cuántas veces echo de menos esa blancura de alma, esas risas, esa vida en la que la máxima complicación era saber a que hora quedábamos! Siento como si fuera ahora mismo el calor de piel tras la tarde en la playa, el sabor a salitre, el crujir de mi pelo, y las charlas sentadas en algún portal comiendo chuches o algún dulce….primeros corazones rotos.
Y ¿ahora? Ahora toca otra vida con otras vidas, otra etapa, otro mundo, otros recuerdos, distintos, nuevos, igual de intensos pero sin la inmaculada sensación de que los días sucedían por el calendario sin más temor que el quince de septiembre y la vuelta al colegio.
Feliz Verano.

MONOTONÍA ( II )

Conforme iba andando por el pasillo iba viéndome reflejada en el espejo del baño con más claridad, su casa siempre era una casa de puertas y ventanas abiertas, en verano y en invierno, no podía soportar durante mucho tiempo sin renovar el aire, le entraba una claustrofobia que le hacía boquear como un pez fuera de un mar…o una carcelaria pecera.
Por un momento contemplé la idea de no encender el interruptor y dejar que la luz que entraba por la ventana esmerilada fuera la única que le acompañara al final del día.
¡Qué poco práctico es lo literario…! Encendí la luz y me miré en el espejo, cada vez se notaba antes el cansancio … se estaba haciendo mayor. La cercanía de su cumpleaños no le hacía olvidar como el tiempo pasaba…nunca había sido una persona que le importara sumar velitas en la tarta pero no dejaba de preguntarse si su apariencia era de alguien más mayor de lo que decía su denei, con una foto digna de un cartel de los que empapelan las comisarías.
Maquinalmente cogí uno de los algodones desmaquilladores y comencé a distribuir un desmaquillante de ojos, el blanco de éste rápidamente pasó a teñirse de un azul pitufo nada real, y al pasarlo por sus ojos se convirtió en una mancha negra de un rimmel carísimo que me regalaron una vez, cuando se acabara tendría que volver a olvidarme de esa marca…ese elegante revestimiento plateado, destilaba glamour y clase…no volver a tenerlo no era traumático…pero siempre pensaba en ello, una mezcla emborronada de cariño hacia esa persona y de realidad a golpe de desmaquillante.
Bien…ahora una cinta en el pelo me devolvía la imagen de una mujer casi infantil como si volviera completamente despeinada después de un ajetreado día de colegio y amigas, y quitándome el anillo de plata comencé a enjabonar mi rostro, sin meter espuma en los ojos… los gestos eran completamente aprendidos, inconscientes, enjuagarse con agua fría en estos momentos, era un acto de valor y coquetería…pero la costumbre pudo más. A veces se planteaba si realmente era presumida o era una persona que repetía una y otra vez las tareas diarias. Una cadena de desmontaje de una toilette doméstica.
Ciertamente era este un momento en el que al no preocuparse de lo que hacía podía dejar que su mente fuera a otro lugar…y no precisamente a ir de shopping a New York City, sino a plantearse que haría mañana de comer, si habría suficiente ropa para poner a carga plena una lavadora de blanca o si las niñas tenían las camisas de los uniformes listos en los cajones…la cabeza nunca paraba…
Una mirada al móvil….¿es tan temprano? ¿cómo puede ser que esté tan cansada? ¿qué voy a dejar para la vejez..?
Y con el rostro sin más verdad que la realidad, con un pijama calentito y gigante….sólo quedaba soñar con un rato de sofá donde por un momento pudiera sentir que por fin…era ella el centro de su vida…aunque solo fueran unos instantes, entre el duermevela, el ronroneo de la televisión y el calor de una manta.
Hasta mañana….

GRACIAS

No corren buenos tiempos y ya no es algo que nos cuentan en los informativos, en los periódicos, en los noticiarios, ahora lo sentimos en carne propia, en mayor o menor medida todos nos vamos dando cuenta de que el mundo está cambiando, las mentalidades tienen que evolucionar y seguramente la vida ya no será la que conocíamos.
Es algo socialmente aceptado y no sé si psicológicamente cierto, que ante las adversidades sale nuestro verdadero ser. Algo parecido a ese dicho popular que afirma que los niños y los borrachos son los que dicen la verdad.
Aparecen en nuestra sociedad los mayores, algunos recuperados de los asilos o residencias de ancianos, esos sacrificados pensionistas que saben hacer filigranas con sus pensiones, en ocasiones vergonzosamente mínimas, que acaban dando de comer no sólo a sus hijos sino a la familia de éstos, entregando sin problemas los ahorros de toda una vida, sacando esa casta que hizo que esta nación sea ahora al menos más de lo que fue.
También vemos el poder de la Iglesia, que está mal vista en según que círculos, pero a la que se recurre para que a algunos se les llene el carro de la compra con alimentos básicos que les hacen llevadero el trance de sentarse alrededor de la mesa.
Está también, por desgracia, quien se sienta a esperar a que le solucionen otros la vida, porque si culpa tienen los de arriba, casi todas, también hay que reconocer que ha habido en este país mucha insensatez individual puede que movida por una corriente de desenfreno consumista general…pero de los que muchos tienen que aceptar su parte de responsabilidad.
Pero sobretodo, más que nada, me gusta esa gran cantidad de gente que no hace aspavientos, que no se les oye armar ruido con protestas estériles o pataleos quizás comprensibles pero inútles, sino que luchan aprentado los dientes y salen hacia delante sin quejas y además mientras tanto …te regala una sonrisa.
Desde aqui, con toda la humildad que me da este soporte, ¡muchas gracias!

DESTELLOS

Sé que es difícil de creer pero soy una persona de memoria tenue, por una enfermedad inexistente diagnosticada a base de desaciertos acabé medicándome con unas pastillas que me lo hicieron pasar difícil con sus efectos secundarios y a la vez borraron muchos de mis recuerdos.
No es una pérdida total de la memoria, ni sólo he perdido una época, ni siquiera tiene una lógica si es que puede haber lógica en que a los treinta y pocos te hayan borrado en ocasiones, difuminado en otras, todo tu ayer.
En algunos momentos, cuando hablo con amigas de la niñez o con familiares, me comentan anécdotas y veo en su cara la incredulidad ante la falta de asentimiento o participación en la conversación. Hechos que fueron llamativos, divertidos, ampliamente recordados a lo largo de nuestros encuentros y que de repente me dejan fuera de juego como si yo no los hubiera vivido. Y no sé disimular, se me nota perfectamente en la cara, supongo que no sólo deben de leer en mi rostro el despiste absoluto, sino también el esfuerzo por recordar. Sé que no es fácil crerme, lo se, porque otras cosas las recuerdo claramente. A veces, ante la insistencia, y el cúmulo de detalles con el que me intentan ayudar me aparece como una sombra de mi pasado y en ocasiones puedo atrapar el momento y afianzarlo nuevamente en mi historia. Tampoco es garantía de que siga recordándolo.
Doy gracias a haber sido una tenaz «reportera» con la cámara de fotos, las instantáneas ayudan también, pero antes de la era digital no era tan fácil tener tantas imágenes seguidas como para ayudar a repetir la película de mi vida.
Soy una mujer que a veces tiene recuerdos inventados porque a fin de cuentas soy un ser parcial que de su pasado solo tiene lagunas y destellos, eso si, sin pasado puedes reinventarte.