La mente es ese resorte extraño que hace que el hilo de los pensamientos derive hacia un sitio o hacia otro.
Mi mente es rápida, directa, clarificadora en ocasiones y otras veces lo único que hace es embrollar aún más lo que a duras penas dejaba de ser nebulosa.
Una gota de lluvia en un cristal puede llevarme a pensar en lágrimas, y tras esto un dolor, una alegría, un sentimiento propio o ajeno. Un alfiler en el suelo puede llevarme a pensar en aquella moqueta de color verde oscuro donde una tarde fría me probé por primera vez un traje de novia…
El otro día algo tan usual como una tormenta firme y recia de un invierno típico en todos sus sentidos, con fríos, temporales y quejas del tipo «este año hace más frío que nunca» «no puedo soportar más tiempo estos días de lluvia» «¡vaya viento!», me llevó a pensar, tras un trueno y el miedo que me producen, en los temporales que vivía de niña, cuando el mar se enfurecía, y los barcos hacían sonar sus sirenas al compás del ulular del viento en mis ventanas, y de ahí pensé en los faros.
Cuando era pequeña los faros me impresionaban, me daban miedo y sobretodo me horrorizaban las historias de personas que vivían solas, sin conversación alguna, en aquel torreón, en una mezcla de Rapunzel, un lobo de mar y un auténtico héroe. Siempre tuve claro que áquel que vigilaba los faros era una persona importante, muy importante, que cuidaba abnegadamente de los demás con su intermitencia luminaria.
Más mayor además de aprender que ya muchos no necesitaban siquiera un humano dentro, empecé a verlos con la estética adecuada, como esa torre creada por hombres para salvar a hombres, el trabajo de alguien en beneficio de la sociedad y todo ello a través de una bonita estampa, el faro en si es elegante, firme y un poco inseguro con su sí y su no de luz.
Pensando en los faros, acabé derivando en las personas, a las similitudes que pueden llegar a encontrarse porque para mi, y es opinión personalísima, algunas son como esos faros, de apariencia fuerte, firme, indestructible, alguien a quien piensas que puedes aferrarte porque te salvará, alguien que se da a los demás, y ciertamente lo hacen, pero cuando te acercas y la perspectiva la pierdes y sólo ves lo que realmente tienes enfrente, cuando subes las escaleras de su interior, entonces te das cuenta de lo frágil que es, lo desolado, lo abatido, y es cierto que dan luz, proyectan la esperanza, la tranquilidad, la seguridad y sin embargo más tarde, apenas un parpadeo después, solo es una mole oscura, solitaria, al final de un camino sin salida, algo olvidado y depreciado en su valor real.
No llegué después de todo ese razonamiento a ninguna conclusión, me quedé intranquila y busqué la belleza de los faros navegando por este mar de internet donde si bien no hay faros que nos avisen del peligro podemos viajar buscando nuevos hilos que nos hagan reflexionar.
Autor: @AhoraRo
DULCE NAVIDAD
El bote de galletas no estaba entre sus favoritos pero la alacena era un lugar maravilloso. En casa la alacena era un cuarto pequeñito pequeñito, o un gran armario empotrado, según se mirase. Se empeñaban en poner muy alto las galletas en su gran caja de lata, magullada y algo descolorida con aquella antigua pegatina hecha con ese aparato tan raro en el que se iban apareciendo las letras en una tirita adhesiva mientras se presionaba en el lugar adecuado. Pero estando las bizcochos, el pudding y los roscos de Navidad…¿quién puede querer unas galletas?
Toda la alacena estaba perfectamente ordenada, identificada y no estaba por orden alfabético era porque creía que nadie se le había ocurrido…si hubiera estado en la mente de alguien, jamás la harina estaría por delante del arroz ni éste detrás del azúcar. Por si acaso y para evitarse complicaciones a la hora de echar una mano a mamá en la cocina nunca comentaba su observación.
No tenía claro tampoco si realmente no querían que se acercara a los dulces o era una tradición a mantener porque si no fuera asi…¿para qué diablos dejaban las cajas de leche justo debajo casi en forma de escalera para que pudiera acceder a casi la totalidad de los estantes? Por si acaso, para desafiar a las normas, en el caso de que no fuera una advertencia poética, o para complacer el interés en el engaño, se comió un rosquito…no era el más grande pero dejó un hueco que se afanó en recolocar.
Sentada en una esquinita, saboreando la canela y el azúcar, masticando despacio y disfrutando de la clandestinidad fue dando cuenta del rosco. La tentación de coger otro era grande, pero fue prudente, se sacudió el jersey tejido con tanto cariño por su abuela, de muchos colores distintos, que se arremolinaban en su sofá en madejitas más grandes o más pequeñas mientras lo iba haciendo con el compás de las agujas y de vez en cuando con la mirada en un libro azul que debía ser la Biblia del punto.
Era una pena que «robar» pudding o bizcocho dejara huella, tendría que esperar a que lo abrieran formalmente para poder llegar a ellos ilegalmente, a deshora, justo justo cuando le dicen que no debe comer.
Llegaba el momento difícil, salir de la alacena sin que la pillaran, abrió despacito la puerta y sigilosamente, pegada al marco de la puerta salió sonriéndose para adentro. ¡Qué de cosas buenas tiene la Navidad!
NIÑOS
Es bien sabido y conocido que yo no soy muy partidaria de ocupar el blog con la actualidad, pues esa la tenemos a la mano en lo que hoy nos empeñamos en repetir tras algún cursi, con perdón, como «sociedad de la información», cuando en realidad deberíamos llamarnos zoociedad (Mafalda dixit) y lo de estar informados no es tan real como decir que tenemos muchos conceptos, material y noticias a la mano pero que no siempre se utilizan. Cuántas veces de las noticias sólo se leen los titulares, y frente a un documental interesante y clarificador, el humanoide de turno mueve el mando a distancia hasta llegar a algo vacío de concepto que entretenga.
Tampoco he escondido jamás que soy una persona contraria al aborto, y que los niños, desde que están en ese baño amniótico y caliente, son para mí la defensa más clara y menos suceptible de ser discutida del mundo. Sé que muchos la discuten, pero ese corazón que late, ese movimiento fetal, ese «alguien» merece que sea mi causa número uno por la que pelear en esta vida.
Hoy he abierto el periódico, siguiendo la terrible noticia de un accidente fortuito y lamentable por el que una pequeña de cinco años perdía la vida. Y acto seguido, la noticia de la muerte de un bebé que junto con su hermanito fue apuñalado, y más abajo que la parricida sevillana había dado a luz a una niña después de asesinar, presuntamente…claro, a dos de sus hijos congelándolos. En las páginas de internacional hace tres días la muerte de diez niños sin privarnos del detallito de ver las imágenes.
¿Qué está pasando?
¿Qué monstruos hay?
¿Quién se cree alguien para atentar contra algo tan limpio, tan noble, tan inmaculado como un niño?
Intento encontrar razones, no las hay, intento seguir el hilo de pensamiento para coger a un bebé, abrir un arcón y depositarlo y olvidarse por completo que llora de frío…supongo que poco tiempo…Qué se piensa cuando esos ojos sin ensuciar del fango de la vida miran al que empuña un cuchillo…Con qué frialdad se dispara en una escuela…
Son niños, ¡por amor de Dios! y me da igual el Dios del que hablemos…son sólo niños, no pidieron venir a este mundo pero están aqui y tenemos el deber de protegerlos, no llegaremos nunca a ser una sociedad moralmente aceptable mientras no cuidemos de los que no saben defenderse solos: niños, ancianos, disminuídos psiquicos o físicos, esos seres de alma impoluta…vapuleados por la mezquindad del egoísmo social con el que nos desayunamos todas las mañanas y del que nos desprendemos al acostarnos para hipocritamente, dormir a pierna suelta, toda la noche.
PRESENTACIÓN "LILAS EN UN PRADO NEGRO"
ROCIO PIÑEIRO
Hace unos catorce meses que sucedió todo, y tengo que reconocer que no pasa un día en el que no piense en ella. Nunca la conocí, jamás vi su rostro y tampoco pude oír su voz, pero puedo asegurar que si me parara a repasar el día justo antes de cerrar los ojos para dormir me daría cuenta la de veces en las que el pensamiento corrió a su cara desconocida.
Llevo mucho tiempo queriendo escribir de ella, pero me surge la contradicción del dolor y la angustia, con el reconocimiento y el pequeñísimo homenaje que pudiera darle desde aquí.
Para escribir estas líneas he tenido que ir a la web y buscar la noticia, reconozco temblor y algo de angustia por volver a revivir, mientras leía, la secuencia de acontecimientos que se dieron ese día. Cuando he ido indagando en las distintas páginas que surgieron me ha llamado la atención su nombre…se llamaba Rocío, yo no lo sabía, y era justo de mi edad entonces, otro dato que no supe en su momento. He sentido un escalofrío por todo mi cuerpo.
Rocío Piñeiro Oitavén, pontevedresa que se fue a Madrid a trabajar y que a dos días de su cesárea programada, acudió a Misa en su barrio para rezar por ella, por su parto, por su hijo. Iba acompañada de su madre que se había trasladado a la capital para tan feliz acontecimiento. Todas las madres quieren estar con sus hijas y todas las hijas necesitan cerca a su madre.
La noticia, cuando sucedió, me hizo pensar en lo doloroso del momento, en ese hijo al que intentaron salvar y peleó dos días en esta vida, en su madre, en su marido que lo perdía todo, y en lo vulnerable que somos…de repente, en el sitio que menos te lo esperas, sin existir una razón – si es que alguna vez existe una razón para que un humano decida quitarle la vida a otro – se acaba todo. Sin más.
Muchas veces, cuando voy acompañada de mis hijas, me descubro en Misa, en los centros comerciales, en los restaurantes, en los cines… buscando un sitio donde ponerlas a salvo, donde protegerlas…y siempre llego a la misma conclusión: no puedo, y eso me aterra.
A Rocío no quiero olvidarla, ni creo que la olvide en la vida, ella con su bebé y una niña, Omayra Sanchez, de trece años, a la que grabaron los periodistas durante su agonía en Colombia, hundida en barro, suplicante y llorosa, con su familia enterrada a sus pies, forman parte de las mujeres que marcaron mi recuerdo, mi vida, mi manera de enfrentarme a las cosas. El día de hoy nunca va a repetirse, los momentos con los que tenemos alrededor pueden darse parecidos en otro momento, pero jamás como los que suceden en este instante. Debemos aprovechar la vida, somos frágiles ante la muerte y ésta puede estar en lo más común de nuestra rutina.

