Es un hecho que podemos definirnos con algunos adjetivos, pinceladas de nosotros con pocas palabras. Podemos dar un perfil de nuestra personalidad, gustos y aficiones, tendencias políticas y religiosas en a penas ocho o nueve características. Mucha culpa, supongo, tendrá habernos hecho perfiles en las redes sociales donde nos piden una bio, ni siquiera escribimos ya biografía, y nos dejan un espacio pequeñito con limitación de caracteres.
En mi perfil de twitter se puede saber más o menos como soy, por supuesto que no me va a conocer nadie a fondo con lo que pongo, y mucho menos va a ser definitivo lo que escriba…y siempre hay perjuicios.
Seguramente quien sepa que soy madridista, pues puede tener una base de resquemor si es culé, o piense que soy una imperialista nacional…y nada más lejos de eso, ahora bien, madridista si, hasta la médula.
Nacer, nacemos sin perjuicios, cuando mi hija mayor tendría poco más de un año, jugaba en el parque con un niño muy muy negrito, de su edad, jugaron un par de horas, y luego, de vuelta a casa, le preguntamos…»¿Rocío cómo era ese amigo tuyo?» Y nos dijo: «divertido y con el pelo rizado»
Luego surgen no se muy bien por qué pero creo, y me puedo equivocar, que los perjuicios son algo que en principio se va difuminando con la edad, dejas de encasillar a la gente, aunque todos tengamos nuestros distintos apartados y en condiciones normales, a todas las personas se le da una oportunidad, sin tener en cuenta edad, religión, color, forma de vestir, de pensar, o de vivir.
Mi madre me enseñó no solo a respetar a todo el mundo, sino a tener claro que de todas las personas se puede aprender, y que cualquier forma de vida, aunque me choque o no la comparta, tiene que ser aceptada en la sociedad siempre y cuando no cause perjuicios a la comunidad, es cuestión de estar en unas ciertas normas de convivencia generales y fáciles de seguir, aunque siempre existan mastuerzos que se dediquen a fastidiar a los demás, y para eso se supone que existen unas leyes que nos protegen.
Obsérvese por el lector – me encanta esta frase tan de libro de postguerra -, que escribo con todas las condicionales porque me resulta osado pluralizar. Aun así, creo que individualizando puedo atreverme a generalizar que la mayoría somos buena gente, personas que aunque pensemos distinto sabemos hablar, tolerar y respetar a los otros…e incluso callar, que a veces también es útil siempre y cuando sea un silencio poco importante y recíproco.
Y es que hay más buenos que malos…sólo que los malos hacen más ruido.
Autor: @AhoraRo
ESTE ES UN MUNDO…
Este es el mundo en el que una niña de ocho años, yemení, muere en su noche de bodas, por las heridas sufridas por la violación de su marido. Que por mucho que sea su marido, es violación.
Este es el mundo donde Malala sufre amenazas de muerte y casi muere por defender desde sus doce años, el derecho a que las niñas de su país vayan al colegio.
Este es el mundo donde se llevan a los niños a manifestaciones cruentas para mostrar al mundo como el contrario mata a los niños. Y donde los niños pueden ser niños refugiados y viven un horrible presente con un inexistente futuro.
Este es el mundo donde niños suben a motos a dejarse la vida en un circuito si hace falta, pero como da dinero no importa. O al fútbol, o la gimnasia rítmica, o el deporte que sea, mientras papá se frota las manos y negocia la ficha de su hijo.
Este es el mundo donde una niña o un niño pueden ser utilizados como reclamo publicitario, como actores, como estrella de la canción y la interpretación sin que luego importe sus problemas de adaptación y maduración y que se conviertan sin a penas excepciones, en lamentables juguetes rotos exhibiéndose por distintos escenarios en una loca carrera hacia delante.
Este es el mundo donde los hijos son utilizados como arma arrojadiza entre adultos que son sus padres y a la vez sus manipuladores.
Este es el mundo donde hay niños que se suicidan.
Y podría seguir, pero he escrito mucho sobre esto, porque me puede y me supera que los adultos dejen a los niños sin su infancia, en función del dinero en el primer mundo, y de creencias en el llamado tercer mundo. Si es que hay primeros y terceros.
Existe una Declaración de los Derechos de los Niños, de la protección a la Infancia que se ultraja continuadamente mientras nosotros, desviamos la mirada.
EMPEZANDO
Ya no se hacían los días como los de antes.
Días en los que amanecía con el olor del desayuno y el chocar de la loza y anochecía con el calor del sol aún en la piel.
Esos días en los que las horas duraban más y la siesta de los mayores era el refugio de la imaginación, la maquinación de faraónicos juegos y la espera a que la digestión se hiciera.
Ya no formaba parte de su cuerpo el salitre, la arena que ni en la ducha se había despegado de sus pies, ni el cansancio de la batalla de bolas de arena.
Habían llegado pronto los uniformes a los centros comerciales, y sufrió un horror cuando su madre, previsora, se empeñaba en meter sus pies, acostumbrados a la libertad de una sandalia, en unos coartadores calcetines para comprar unos zapatos cerrados que le angustiaban y le apretaban hasta en la caja. ¡Hasta tuvo que probarse un jersey de manga larga!
Las libretas ya tenían su nombre, y aunque este año no estrenaba ni estuche ni mochila, su madre la había dejado limpia y reluciente, parecía casi nueva. Ya estaba todo preparado y vivió el momento de la desavenencia personal con ella misma; por un lado le aterraba pensar en los madrugones, las largas horas sentada, los deberes para casa… y por otro se sentía contenta de volver a ver a sus compañeros y hasta a sus profesores, pero…¡con lo bien que estaba ella a su ritmo de playa, lectura y juegos!
Tumbada en la cama notó algo parecido a los nervios, al miedo, a la añoranza…mañana vuelta al colegio, ya no había vuelta atrás, sabía que lo pasaría bien, en el fondo le gustaba, sólo es que a veces, costaba empezar.
VACIOS DE PIEL DE GALLINA
Hay muchas cosas que me afectan emocionalmente en el día a día, unas de manera positiva y otras de manera negativa, como a cualquiera, no presumo de ser un ser especial, mas bien al contrario reivindico mi normalidad.
Soy de lágrima fácil, tanto para lo bueno como para malo, puedo emocionarme hasta el llanto con un libro, un anuncio, una película o una historia….generalmente si hay niños o personas mayores de por medio. Cuando algo me toca la fibra desde un punto de vista negativo, me afecta hasta físicamente, no sólo por las lágrimas, que también, es un conjunto de sensaciones que me dejan fuera de juego, a veces sin capacidad de reacción, de entre todas éstas, lo que más, la desilusión.
Si algo o alguien me desilusiona, en ese momento noto un vacío en el estómago, como si fuera en caída libre, como en esas atracciones extremas de los parques que tanto me gustan, sólo que no grito, no me divierto, sólo tengo en el paladar un regusto amargo; y la piel se me pone de gallina con un frío interior que me congela hasta el alma. Y sí, también lloro, sobre todo si estoy sola.
Soy absolutamente pasional y racial en mis reacciones y reconozco que no siempre es una ventaja, más bien al contrario, aún así admito que la desilusión es la que más provoca en mí cambios de estado. A mi misma me digo que la culpa es mía porque realmente la expectativa la creamos nosotros mismos.
¿Hasta que punto es culpable una persona o una circunstancia de lo que tú esperas de ella? Incluso si alguien te promete la luna, tienes que saber o debes de ser consciente de que es un imposible, una metáfora del momento, una exageración o incluso un deseo real de ese astronauta ratero, pero … irrealizable.
Por eso, cuando se secan las lágrimas, me vuelve el pulso a su ritmo normal, y consigo analizar la situación con mayor o menor serenidad, me enfado conmigo misma…y me repito que no me va a volver a pasar, que no puede ser que con la edad que tengo – una señora edad – me ilusione como una cría y aún peor, reaccione de semejante manera si las cosas no suceden como había esperado.
Hasta ahora por lo general no lo consigo, y sigo confiando en las personas, e ilusionándome con casi todo…y ahora, en este instante, me pregunto si no merece la pena un mal rato ante una desilusión si a cambio puedo vivir intensamente la alegría de tantos otros buenos momentos.
Yo creo que si ¿no?
NIEBLA SIN GAFAS
La vida sin gafas y sin lentillas es en mi caso la nebulosa londinense en mi horizonte.
El feliz estado de pseudoinconsciencia frente a la falta de visión debería tranquilizarme e incluso me debería permitir dejarme llevar por la distorsión de la realidad. Un momento casi psicotrópico sin gastos ni contraindicaciones, a priori.
Sin embargo, sin la nitidez que me procura mi óptico de cabecera siento miedo, me falta la costumbre de mirar, de ver. Temo no reaccionar a tiempo ante algún imprevisto o confundir las cosas importantes, y sin embargo, soy consciente de que si estoy un tiempo así, en mi cuasi ceguera ocasional, mi visión se va amoldando y mi recuerdo va intentando suplir de peor o mejor manera lo que mis ojos no me pueden aportar.
Mi costumbre es coger las gafas en cuanto abro los ojos y en ocasiones los cierro con ellas puestas. Esto provoca que algún alma cándida mucho menos necesitada del sueño o menos dormilona, me las quite…pero…entonces surge el horror, ahí si siento pánico. Mis gafas no están donde deberían, no las encuentro, ¡horror, sin gafas no encuentro mis gafas!, es cuando mi mente trabaja rápido hasta que consigo recordar e intuir lo último que ocurrió y buceo en la rutina del otro para saber donde estarán mis gafas antes de dar un solo paso sin mi esperanza en la certeza de la costumbre ajena.
Aunque ahora, sinceramente, a estas horas en las que mis ojos enfundados en prótesis favorecedoras y de color chocolate, me muestran el teclado de mi ordenador, me apetece cerrar los ojos…o quitarme las gafas, que viene a ser más o menos lo mismo.