BLANCO, JAZZ Y NEGRO

De la misma manera que no puedo evitar desconfiar de las personas que constantemente te dicen que son felicísimas, venga a cuento o no, me cuesta entender que alguien se aburra. Y aún menos en los tiempos que corren.
A mi me faltan horas en el día para poder abarcar todas las cosas que quisiera hacer, que tengo pendientes o en las que me gusta ocupar el tiempo libre. Gracias a internet, a golpe de click…tengo todo -o casi todo- lo que me apasiona a mi: leer, informarme, planear viajes y descubrir lugares y hoteles, escuchar música, ver vídeos de cocina, escribir…y también buscar fotografías.
Me parece un arte glorioso el captar una imagen y un momento dado de alguien o de algún lugar. Reconozco que me gustan las fotos sin retocar o que lo están poco y prefiero retratos de personas que fotografías de animales. Me apasiona la foto en blanco y negro.
En estos días he estado recuperando el hobby de buscar fotografía del dulce y viejo Hollywood. Aúno mi pasión por el cine clásico, los años cuarenta y cincuenta, la instantánea bicolor sin filtros, el glamour de entonces, las joyas y la moda, los peinados… Disfruto cada una de esas imágenes lamentando un estilo de vida que ya no está y que seguramente yo no hubiera podido alcanzar aunque hubiera nacido entonces e incluso si hubiera nacido allí. Por aquellos días llegaban pocas actrices a ser grandes estrellas y era la época en la que hacían contratos con las grandes productoras, y la verdad, es que yo nunca quise, ni quiero, ser actriz, pero esa alta costura, esos rostros perfectos y esa vida entre el lujo, las copas y la interpretación, no tengo más remedio que envidiarla, y vivirla ahora, en este momento y en este siglo.
Mientras suena el jazz en la voz de Julie London susurrando «The more I see you» en mi ordenador, imagino un club tenue en el que las parejas bailan rodeados de orquesta, humo y efluvios de perfume mezclado con whiskey, donde las estolas de piel y las joyas pasan inadvertidas por lo común, las mujeres tienen caprichosas pitilleras y los hombres elegantes encendedores solícitos a cualquier necesidad femenina y al mismo tiempo imagino en una de las mesas reservadas, a Frank Sinatra y Ava Gardner ríendo, como en la última foto que busqué de ellos y contemplo al animal más bello del mundo y a la voz, juntas, y quisiera ser el amable fotógrafo que inmortalizó esas sonrisas quizás justo antes de una de esas terribles discusiones que protagonizaban los dos…agrandando la leyenda puede que quizás sólo para volver a tenerse con más intensidad…

 
 
 

CURRICULUM VACÍO

Siempre había mirado con cierta lástima esa mujer que se sienta sola en una mesa de la cafetería y se abstrae en el movimiento de la cucharilla. No es la mujer atareada, ocupada en mil menesteres que le hacen entrever una vida llena de emociones y personas. Esa mujer que hace tiempo en el calor del café servido para no llegar a la soledad de su casa.
Durante una época de su vida fue incapaz de comprender que alguien fuera solo al cine, sin más compañía que un paquete de palomitas o una estilizada botella de agua.
Se acostumbró a que sus pasos siempre tuvieran el eco de otros a su lado, y hasta cuando caminaba sola a alguna tarea, se sentía acompañada pues el camino siempre le llevaba de vuelta a un hogar.
Había cerrado puertas para abrir ventanas y guardado en el último cajón de la cómoda sus preferencias y necesidades para priorizar las de los demás, sin dramas, con la naturalidad que se guarda la ropa de invierno cuando suben las temperaturas.
Y un día se dió cuenta que no tenía donde ir, si las cosas cambiaban, si el suelo firme que con dedicación limpiaba se le hundía, no tenía capacidad de reacción.
¿Dónde podría ir sin más curriculum que manos dedicadas a la limpieza del hogar, las caricias para los hijos, y sin más puntos que los que le dieron en el centro de salud el día que se le estalló la sopera de la vajilla buena?¿Cómo enfrentarse al mundo real si ella se acostumbró a vivir arrimando el hombro en la vida de los suyos?
Cuando el punto de vista de una mujer solo puede ser el techo de la habitación donde duerme en las noches en vela, se pierde mucha perspectiva.
Había vivido feliz en la inconsciencia de la lucha diaria y nunca se había planteado nada más, pero hoy había sido capaz de comprender que aunque siempre había creído que era un pilar fuerte, el centro de un todo, en realidad era quien más tenía que perder. 

ESTRELLAS FUGACES

Hubo un tiempo en el que las noches de nubes, permitían jugar al escondite con la luna y hacía soñar con la silueta del castillo del conde Drácula. Esas noches nubladas privaban de la diversión de unir con una línea imaginaria, los puntos celestiales que son las estrellas. Eso era antes, cuando dejaron de verse las estrellas en las ciudades perdimos la oportunidad de buscar una fugaz a la que pedirle un deseo. De ahí que los niños de asfalto le pedimos deseos a los aviones.
Claro que cada vez nos volvemos más reacios a creer en la suerte, descreídos de la magia de los deseos y pragmáticos en el día a día, acabamos rompiendo la infancia antes de tiempo y sin embargo al mismo tiempo somos adultos infantilizados reacios a asumir responsabilidades, consecuencias de nuestros actos y decisiones.
Si ahora fuera entonces pediría muy fuerte el deseo de que la infancia fuera una transición suave y lenta de aprender valores que tejieran nuestra vida de adulto sin encorsetarla ni dispersarse, con el sentido común que antes había, que se pudiera jugar con menos juguetes y más fantasía, que los libros fueran un deseo y no una obligación y además se usaran como la puerta que enseña y divierte porque los niños son niños pero no tontos, y pediría que el respeto a los demás no fuera ni inexistente ni por imposición ni temor.
Pediría sin duda que ningún niño sufriera, nunca, y que siempre tengan esa capacidad de asombro por todo, con la luz clara que desprenden sus ojos entusiasmados y que la sonrisa sea siempre la mejor respuesta .
Pondré esta noche mucho interés asomada a mi ventana por si conversando con la luna nos interrumpe una estrella fugaz.

MANTEQUILLA DE CACAHUETE

Nunca he tenido problemas con el «imperialismo norteamericano», soy de una generación que no traía resquemores pasados ni tampoco superioridades.
Me he criado con su cine, su música y sus series de televisión. Sin problemas. Lo mismo aprendíamos que había un barrio que se llamaba Bel Air que era de ricos y famosos, que queríamos ser alumnos de Top Gun. Confiábamos en que existieran grupos en paralelo a la justicia con coches que hablaban o locos al volante de furgonetas negras con una raya roja.
Conforme se va creciendo y se deja de vivir pensando que en California todas las mujeres son espectaculares o que todo el mundo se enamora en Nueva York, se puede ir variando la opinión, sin duda, pero creo que en rasgos generales, la mayoría no deja de tener un conocimiento audiovisual y una indiferencia pasiva, salvo cuando suceden grandes eventos como la gala de los Oscars, la Super Bowl o alguna tragedia.
Las generaciones más jóvenes están asumiendo que USA suele ser el dueño de la red, de los video juegos, del cine y de la música. Han interiorizado como propio muchos de los roles, comidas y costumbres norteamericanas que jamás se han dado aquí. Y muchos padres han sucumbido con ellos.
Empezamos celebrando Halloween, entre otras cosas supongo que porque la gente ya no se entierra en los cementerios, el cambio a la cremación y a esparcir las cenizas ha llevado a que ese festivo quede para muchos en un impasse. Mis hijas ha llegado a celebrar en el colegio Acción de Gracias, que a mi personalmente me parece una fiesta bonita, ya decía desde hace mucho tiempo el refranero castellano, que es de bien nacido ser agradecido.
Pero vamos a más, mi hija mayor antes de pasar al Instituto ha hecho una fiesta -a petición de un gran conjunto de padres-  de graduación de primaria a lo yankie, en el gimnasio, con música y padres vigilantes, sin reina del baile ni ramillete, a Dios gracias. Una especie de remake, sin ponche y con tortilla de patatas.
Se que muchos de nuestros hijos darían algo por tener una taquilla en los pasillos del instituto y por disfrutar de aquellos laboratorios, o pertenecer al equipo de animadoras o de baloncesto, incluso montar grandes obras con los talleres de teatro, Shakespeare incluido. De esto también hizo mi hija. En fin, lo que sale en las películas americanas.
Pero como decía va más allá, ya hay en España bodas temáticas, damas de honor en el cortejo de las novias, despedidas de solteros (ni pensar quiero en EuroVegas y su vertiente festivalera) en limousina rosa o de Hammer…. etc
Estaría bien que ya que estamos copiando tanto, que remedáramos el sentido de comunidad, de respeto a los símbolos, de orgullo de su nación, de su bandera o de su ejército. No estaría mal que valoráramos que ellos siempre apuestan por los mejores, ya sea en investigación científica o médica, o en lo social. Que defienden la cultura del esfuerzo y mucho menos las de las subvenciones.
Y sería redondo si puestos a imitar, imitáramos que los partidos políticos se auto financian, y que cada uno de los congresistas emite su voto, sin disciplina de partido. 

TIERRA SOÑADA POR MI

Siento los nervios en el estómago como una adolescente aferrada a un mensaje de su teléfono móvil, estoy inquieta como un niño la noche de Reyes y a ratos diría que se me acelera hasta el pulso.
Cuento los días deseando poder contar horas y disfruto de todos los preparativos que tengo que hacer para poder verte. Ansiosa como una primeriza enamorada espero por fin tenerte a mis pies, para postrarme a los tuyos, Granada.
En pocos días volveré a estar en la tierra que fortuitamente me vió nacer pero que adoro, a la que tuve la suerte de volver muchas veces como turista, como estudiante y como madre de familia durante unos maravillosos cinco años.
La echo de menos; a esa ciudad de atardeceres pintados que un presidente de Estados Unidos comprendió que eran más de lo que se podría encontrar en algún museo, por la belleza, lo efímero y la constante transformación hacia el azul noche…azul de azulejo de Alhambra. Me faltan palabras para ese palacio que nadie debe morir sin conocer porque por mucho que cuenten y digan, siempre será un relato incompleto. Esa ciudad cuna de poetas, de grandes músicos, de eternas leyendas.
Me falta su acento, su comida y sus cuestas, la silueta de la Sierra recogiendo sus calles y el cerro de San Miguel vigilante enfrente. Y el mirador de San Nicolás.
Daría lo que fuera por volver a sentarme en el Triunfo, a los pies de ese Hospital Real de escudo bicefálico, donde disfruté de su recogimiento y su acogedora biblioteca, y caminando por la Gran Vía quiero ir  a comerme una hallulla a López Mezquita y a pasear por la Alcaicería disfrutando de sus escaparates y de las caras de los turistas asombrados y que calle Zacatín me lleve a la plaza Bib- Rambla. ¿Hay algo más evocador que una plaza de ese nombre pegada a la Catedral donde reposan esos católicos que lo fueron, además de Reyes?
Necesito ir al Paseo de los Tristes, que no se sabe qué es más bonito, si el Paseo o el nombre, y subir la cuesta Gomérez, y pasear por el Realejo que fue mi segunda casa buscando el olor de los luthiers, y la sombra de los cármenes en los que soñé vivir.
Quiero un helado de Los Italianos y un plato de migas, quiero habas con jamón y piononos. Quiero disfrutar de esa «mala follá» que no es más que prudencia y algo de sequedad, porque eso si, cuando tienes un amigo en Granada, es para toda la vida.
Entiendo que Boabdil el Chico llorará por perderla y es cierto que no debe haber nada peor que ser ciego en Granada, aunque no le va a la zaga haberla vivido, disfrutado y tenido, y ahora…echarla de menos.
Pero «vuelvo a Granada», no será mucho tiempo, pero ese aire de cumbres nevadas me dará aliento hasta la próxima vez porque para mi, cuando la dejo atrás, sólo puedo murmurarle …hasta pronto.