La empatía esa cualidad de ponerse en los zapatos del otro, de descalzar al de enfrente para saber lo que siente o qué había en su cabeza para tomar aquella decisión o qué latía en su corazón para dar aquel beso o no mirar atrás.
La empatía, la piedad, la comprensión era cualidades a las que se solía aspirar, que te enseñaban de niña, o al menos a mí me lo enseñaron: todo el mundo es igual de importante, nadie es más que nadie, y no se debe prejuzgar.
Fui una niña con suerte y quizás demasiado sentimental, eso me hace ser una mujer que se emociona hasta el ridículo y que no puede sentenciar categóricamente en temas del corazón, o del sexo, que no es lo mismo aunque a veces se confunda.
Mi trabajo nace de la emoción y del amor, es una especie de fusión entre Navidad, Disney y el BBVA y vivir rodeada de amor hace que mis emociones estén siempre a flor de piel. Imaginad: yo soy de la que llora en las bodas. Pero también soy la persona que conoce historias de amor, unas veces más fáciles que otras, historias de infancia recuperadas a la madurez, historias de valientes que se entregan uno a otro.
Ahora cuando intentas empatizar con el de enfrente suelen acusarte de tibio que por lo visto es algo trágico cuando a mi me parece la elegancia de la mesura, la inteligencia del término medio, la capacidad de no sentenciar sin todos los datos. Bien, debo ser una tibia, comprendo y acepto y si me resulta absolutamente imposible aceptar, al menos respeto. En temas de amor (y de sexo) el respeto tiene que ser la base de los protagonistas y de los que están alrededor.
Hoy en día hay historias de amor que hace cincuenta años serían imposibles, como por ejemplo la de las relaciones que nacen de internet. A la fecha en la que estamos y en nuestro lado del mundo, por ejemplo, es difícil encontrar matrimonios concertados, quiero decir con esto que las relaciones también evolucionan y no las hace mejores ni peores que las anteriores. Es justo evolucionar con ellas.
Vivir en el sur y tener una pareja en el norte no es tan complicado como hace sólo treinta años, las comunicaciones han avanzado muchísimo. Volver a encontrar el amor con alguien de tu mismo sexo después de haber roto una relación heterosexual ya no sorprende a nadie, divorciarse y volverlo a intentar una y otra vez con la emoción de la primera puede dejar algunos rasguños en el corazón, pero nadie va a etiquetar de promiscuo.
Por mucho que algunos vayan de dignos, a la hora de la verdad creo que todos somos bastante tolerantes en el tema de amores y lo va siendo en el tema del sexo. Hay unos límites, ojo, está claro, empatizar con un criminal no es la idea, ni que haya personas sufriendo, pero ¿no es acaso un privilegio ver como dos personas se hacen felices, se van enamorando y afianzan su amor? ¿Quiénes somos nosotros para decidir lo que está bien o mal si se funden en uno y les llena de paz?
Y como lo que no está en los Simpson está en la Biblia, os dejo una cita que me acompaña este año:
«Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto». (Colosenses 3.14)