Se levantaba temprano para tener la sensación de tener una ajetreada vida laboral, una intensa vida social, una acogedora vida familiar…y a duras penas tenía una vida.
Vivía en una casa tan pequeña que a veces pensaba que para poner otra estantería necesitaría quitar el lavabo y lavarse los dientes en el fregadero. Ella que siempre había sido tan escrupulosa.
Había pensado muchas veces que tuvo que haber un punto de inflexión. Un instante en el que la vida dejó de ser un cuento de hadas y se convirtió en pura (¿puta?) realidad. El problema es que la memoria es más sabia que nosotros mismos y hace olvidar lo que nos daña. A veces. Quisiera tener el mecanismo de desconexión del recuerdo. ¿Por qué era incapaz de recordar lo que comió el jueves pasado y sin embargo se estremecía por aquél último beso? Era mucho más útil recordar su almuerzo por el bien de su dieta y olvidar el calor de otros labios para tranquilizar su alma.
Y ahora que había desayunado, recogido y barrido sus treinta y ocho metros cuadrados, ¿qué hacer?. Miró a su única compañía, su galápago. Tenía una tortuga de agua, la compró un momento estúpido en el que le pareció divertido cuidar de alguien que tenía la posibilidad de esconder la cabeza y desaparecer. Un alter ego hecho ser vivo. Lo que no sabía -ni le explicaron- es que hibernaba. Su compañía la abandonaba casi cinco meses. El día que lo buscó en Internet preocupada por si estaba muerta (estuvo a punto de tirarla a la basura) y descubrió que se desconectaba por el frío tuvo un ataque de risa. ¡Era todo tan apropiado! Por un lado envidiaba a su tortuga «James» más que nunca: evitar el frío y dormir, ¿había algo mejor? y por otro lado pensó que era el colmo de las desdichas: buscar un compañero y que éste tenga excusa biológica para ignorarla, había hombres que sin duda la trataron igual pero sin biología de por medio…
Otra vez el mismo tema. Iba a tener que aprender a vivir sin que los finales de sus pensamientos acabaran siempre en el sexo contrario (¿o contrariado?). Había otras cosas, tenía aficiones, algunas amigas…no había necesidad de tener pareja, no era imprescindible. ¿Es que acaso no sabía estar sola? Era una mujer autosuficiente, inteligente y físicamente estaba bastante bien. ¡Qué tontería esa fijación!
Pero lo cierto, aún a riesgo de escuchar a la voz íntima que silenciaba, es que una vez que has sentido el amor y has sido amada…es como una droga. Lo disfrutas, te eleva, cambia los colores del mundo y quieres que no acabe. Cuando por la circunstancia que sea no hay más, hay que pasar la época del «mono»: pensar en sucumbir, llorar, temblar, no dormir, sufrir. Y después queda el tentador recuerdo dulcificado por el paso de tiempo que difumina los malos recuerdos, las resacas de las discusiones, de la desilusión. Y pese a todo y sobre todo quieres que te vuelvan a querer. Pero eso no debe decirse. Es mucho mejor decir que estás mejor sola, que no das explicaciones. Y sin embargo estás deseando que en un abrazo puedas comentar tú día.
Mientras se recogía el pelo sin mirarse al espejo pensó que el día empezaba mal, demasiadas inquietudes profundas para ser tan temprano. Se enredó una larga bufanda al cuello, subió la cremallera de sus botas y de su chaquetón. Miró la bolsa con la cámara de fotos. Había dejado de llover. Era un buen día para hacer fotos. Necesitaba salir y buscar la belleza sana de la naturaleza o la decrépita marabunta de asfalto. Mejor ver las cosas a través del objetivo. Incluso puede que así pudiera observar bien a alguien, hacerlo suyo antes de conocerlo y que fuera el hombre de su vida…
¡¡Otra vez el mismo tema!! ¡Luci por Dios -se dijo- al final va a parecer que tienes un problema!!
Mes: febrero 2014
AUTOLIMITACIÓN
Hoy me he preguntado hasta que punto tengo derecho a escribir de mis recuerdos cuando éstos implican a más personas. Me surge una duda moral y de cariño a ciertas personas cuando me pongo delante de esta pantalla y quiero plasmar lo que siento o lo que me ha arañado la memoria al despertar.
¿Dónde está el límite para considerar un momento del pasado sólo tuyo? Una imagen, un sonido, un olor…en principio son nuestros, de eso tan personalísimo que es la memoria, pero ¿qué ocurre cuando dentro de esa parte de nosotros interactúan otras personas que además son fácilmente reconocibles en nuestra vida?
En mi caso reconozco que me gusta que me atice la nostalgia del pasado porque muchos de mis momentos los difuminó la química y un mal tratamiento médico me privó de parte de mí. Sé que soy, como todos, un presente hecho de retazos de ayer pero en mi caso a veces no conozco todos los ingredientes. Por eso, cuando llega algún viejo momento a hacerse novedad en mi presente es como cuando pruebas un plato nuevo e intentas adivinar las especies con las que lo han aderezado y de repente reconoces que está ahí un punto de canela.
No me gusta mirar al pasado más de lo necesario y disfrutando del hoy siempre voy mirando hacia delante pero en días en los que se hace presente el ayer como un espíritu con conexión ouija, con serenidad casi de nonagenaria, me apetece recrearme en mi descubrimiento emocional. Da igual que el recuerdo sea bueno o malo, que me haga llorar o reír hasta las lágrimas, no me importa saber que el desasosiego, la euforia o la angustia que tengo vaya a durar todo el día porque he recuperado una parte de mí.
Entonces es cuando quiero escribirlo, porque es de las pocas cosas que puedo hacer para darle forma y tengo que reconocer que también es porque tengo miedo de volverlo a olvidar. Pero entonces me nace la duda de si al plasmar el momento puedo dañar a alguien o simplemente puedo molestarles por contar lo que también es parte de mí. Es algo que no me gustaría hacer, nunca.
Hasta hoy no he encontrado la respuesta, a veces escribo un cuento con algo muy personal para poder desahogarme y otras lo escribo en el vacío, sí…con sus puntos y sus comas, evitando los adverbios terminados en mente y las locuciones «prohibidas»; sin necesidad de cerrar los ojos escribo líneas y líneas en el aire y curiosamente cuando lo hago mi manera de escribir es con estilográfica y en cuaderno…
Aún no se que hacer hoy puede que lo guarde para un mañana pero necesito que la sensación se vuelva palabra.
LLUVIA NUEVA
En esta noche que he dormido poco, muy poco, además arreciaba el viento y la lluvia era agua con genio. Aunque se intente evitar, cuando no se puede dormir y la oscuridad te atrapa en la cama se empieza a pensar y es un discurrir distinto a la reflexión diurna. Es una manera intensa y más realista, no tiene por qué ser un pensamiento pesimista aunque a veces es fácil caer en la negatividad.
La persiana tableteaba y en sus incesantes movimientos llegaba a golpear el cristal haciéndole la competencia a las enormes gotas de agua que se lanzaban kamikazes. Parecía que tenía quince años y alguien me tiraba piedrecitas a la ventana para que me asomara, suponiendo por supuesto que yo fuera estadounidense y viviera en una película. Me acordé de la cantidad de películas que he llegado a ver con esa escena y lo que es peor, la de películas que ya ha visto mi hija así. ¿En que momento creció tanto y no me di cuenta? ¿Dónde está mi bebé? Ya se, ya se, es naturaleza, lo normal, pero cada paso que da ella hacia delante es uno que se aleja y es mi niña.
Y entonces recordé que de niña yo no veía tantas películas y que en los días como hoy, de temporal en el Estrecho (no se llamaban entonces ciclogénesis ni explotadas ni por explotar) dejaban de salir los barcos y eché de menos el mar, no suele pasarme, pero me alegro mucho cuando lo tengo cerca. Aunque no lo vea, me gusta saber que está a diez minutos de mis pies. Ahora son muchísimos más pasos. He vivido temporales dentro del barco de Ceuta en el mar, de esos que la maquinaria queda al aire y suena en vacío, en los que los platos de la cafetería caen al suelo y el color de las personas pasa al verde. Incluso una vez, en el último barco antes de «cerrar el puerto» -que es una expresión maravillosa- nos esperaba la Cruz Roja. Embarazada un temporal de ese calado es una experiencia indescriptible sin caer en lo escatológico.
Yo, que fui una niña feliz, cuando soplaba el viento y arreciaba la lluvia me sentía muy desgraciada, me afectaba la climatología tanto como ahora. Y mi casa que era un sueño de techos altísimos (con cuatro salones, cuarto de juegos, cocina inmensa, office, despensa, cuarto de la plancha y además los baños y dormitorios) se prestaba aún más porque crujían las maderas de los enormes balcones y las losetas del suelo parecía que tenían fantasmas ululantes apoyadas en ellas y por el enorme patio interior el aire gritaba nombres entre silbidos atronadores y yo entonces inventaba historias muy tristes y muy lacrimógenas que no escribía en ninguna parte pero me metía tanto en el papel que a veces acababa llorando.
Son otras gotas, es lluvia nueva, viento sin mar, pero sigo siendo a veces la misma niña que se sentaba a imaginar en el temporal aunque ahora sea muchas más veces a recordar.
RÍO QUEMA
Me acuerdo del día que me lo contó como si fuera hoy, el caso es que no se que ha hecho que lo recordara, pero la estoy viendo…casi una niña aún y me hablaba como una mujer experimentada.
«Hay gente que se enamora en verano, pero la playa de ellos fue mi Quema, el río Quema, ya sabes…A los quince años…y si supieras lo que he llorado por esos quince años, por esa niña que jugaba a ser mujer en la Hermandad del Rocío de su pueblo, frente a las importantes, en la plaza, al final…ese caminito que había que recorrer para ir a la puerta de la casa y un moreno de los de película… un Jorge Mistral. Igual tú no sabes quien es, no importa.
Yo ya lo había visto, ¿sabes? lo ví un día con alguien que no supe si era su novia o su hermana, estaba afeitándose, como se afeitan los hombres en el Rocío…»niña aguántame el espejo», con la camisa remetida y sacadas las mangas, los tirantes atrás, el pantalón algo abierto que como son tan altos de cintura… Él me vio por primera vez cuando iba a dar una vueltecita más a la Ermita: «niña tomate algo»… «a la vuelta»… «¿eres forastera?»…»Vengo con la Hermandad» le respondí muy orgullosa, a ver si se creía que me había colado…»del pueblo no eres…» Le sonreí y seguí andando con mis amigas.
Pero en ese momento, lo sentí, supe que la niña se había quedado atrás y ya era una mujer, una de las que se comen el mundo a bocaos y por nada sería capaz de echarse atrás.
Te parecerá una locura, lo fue. Nunca supo mi edad. Yo creo que pensó que yo era más mayor, tampoco lo saqué de su error.
Me dio mi primer vino rociero, ese mosto aljarafeño que me picó la garganta, incluso mi primer whiskey, con seven up (topacio le decían allí). Me dijeron que tenía novia, no lo sé ni me importó, no pienses mal de mí, es que yo no era responsable de eso, es que todo era una nube, una polvarea…me llevó por todo el Rocío de la mano, él no lo sabía pero era la primera vez que me llevaban así. Se me ponía la piel de gallina cada vez que me la soltaba y me la volvía a coger. Era tamborilero de una Hermandad de las grandes. Una televisión alemana nos grabó bailando una sevillana…sexy decía el cámara o algo así porque yo estaba como en otro mundo. Las sevillanas bailadas por alquien que no es tu amiga o tu tío cambian mucho, y me dí cuenta arrastrando esas arenas en la segunda, y llevando las manos al cielo en cada final que él me cogía de la cintura.
Fuimos al Quema, ¿has ido alguna vez durante la romería? nosotros fuimos a ver los restos de lo pasado. Allí sentados me besó y me acarició la cara y no era ni la primera caricia ni el primer beso, pero me supieron a gloria, a hacerme mayor, a sentirme deseada por un hombre, a mucho por descubrir. Al día siguiente vino por mí y volvimos al Quema. Ya a escondidas ¿sabes? yo ya sabía que lo que estaba haciendo no estaba bien, pero no me importaba. Mi padre me hubiera matado, pero allí estaba yo jugando a ser mayor.
El lunes, fuimos a verla salir, me besó y yo me fui y él se fue.
Volví todo el camino con el recuerdo quemándome en los labios, con un frío raro por dentro, con un calor repentino cuando lo pensaba. Y fíjate, sólo tenía quince años y que manera de sentir.
No lo busqué, ni me buscó, será ya todo un señor y no se acordará de mí, pero para mí él me hizo mujer.»
Y aunque parezca mentira cuando terminó de contármelo todo dejé de considerarla poco más que una niña, y la ví como la mujer emocionada que aún se le empañaban los ojos cuando recordaba el Quema.
SUPER BOWL
No me quedé a ver la Super Bowl, entre otras cosas porque hoy es lunes y tocaba madrugar, además el día viene completito y no era cuestión de forzar la máquina que luego me convierto en una mezcla de Bitelchus y la Novia Cadáver. Mi pasión por Tim Burton no llega a tales extremos. Pero casi.
Reconozco que no tenía favorito y que dije los Broncos de Denver como podía haber dicho los de Seattle, gracias a Dios no aposté ni un euro (ni un dólar) porque han perdido estrepitosamente. Pero me alegro por ellos mucho ya que es la primera vez que ganan ese maravilloso espectáculo que es la SuperBowl.
Me gusta más el rugby que el futbol americano, entre otras cuestiones porque no llevan tanto casco y tantas protecciones. Es más de verdad. Más hombres contra hombres, sin aditivos. Además reconozco una especial debilidad por el Haka de los All Blacks. La arenga, los movimientos, el orgullo, la tribu como primer paso pero no el único. Una regresión tan masculina que creo que habrá pocas mujeres a las que no les guste esa exhibición de testosterona. Que igual hay muchas que no les parece atractivo, sólo que yo no las conozco. Además la camiseta es preciosa.
Pero yo hablaba de la Super Bowl, ese gran evento en el que los estadounidenses se conjuran con unos y otros, llenan un inmenso estadio y baten records de audiencia televisiva. Ese gran programa deportivo en el que los anuncios publicitarios se pagan en lingotes de oro por segundo y los creativos echan el resto para dar la campanada y ser el spot más comentado y seguido.
Incluyendo el espectáculo que hay entre los dos tiempos en el que este año Bruno Mars ha estado bastante bien, por no decir brutal, y con los Red Hot Child Pepper dando unos momentos de puro show, tan a lo grande que aquí es imposible. Al menos así me lo parece a mí, pero esto es cuestión de gustos… Mención especial a que en medio de la actuación salga un video de sus tropas repartidas por el mundo y no hay más que emoción y agradecimiento, algo tan normal y a menudo tan difícil de entender en este mi país. No me imagino una actuación de Bisbal y Extremoduro con imágenes de los nuestros con mensajes para su familia.
Eso si, para mí lo mejor de la Super Bowl es el principio. El himno. El respeto por el himno y la bandera que tienen los estadounidenses es admirable y envidiable. Son una nación joven comparada con la vieja Europa y sin embargo llega un evento deportivo (o de otro calibre) y todos con orgullo y la mano en el pecho, destocados, cantan uno de los himnos más bonitos del mundo. Incluso sin ser de allí emociona por la solemnidad con la que todos en pie entonan sin complejos, sean creyentes del Dios que sea, incluso sin ser creyentes:
¡Oh así sea siempre, en lealtad defendamos
Nuestra tierra natal contra el torpe invasor!
A Dios quien nos dio paz, libertad y honor,
Nos mantuvo nación, con fervor bendigamos.
Nuestra causa es el bien, y por eso triunfamos.
Siempre fue nuestro lema «¡En Dios confiamos!»
Y en el fondo yo como ellos puedo entonar: in God we trust.