Entre las cosas que se suelen decir desde el poso que es la sabiduría popular es que de «una boda sale otra boda» y que «de las tragedias nacen los niños». No entraría yo mucho en honduras porque los tiempos han cambiado pero es cierto que antes la mejor manera de socializar con alguien «forastero» era en eventos como las bodas o viajes a ver a la familia; y cuando era incluso alguien conocido o del pueblo, con la alegría, la copita y el baile ¿quién no le daba una oportunidad a conocer a ese individuo vestido con las mejores galas del sexo contrario? Tampoco hay que renegar que cuando algo duele mucho, cuando el mundo se hunde, el amor -no voy a analizar si es sexo, amor o las dos cosas- te salva, el punto de desconexión absolutamente hormonal y mental que en otros tiempo solía ser signo de embarazo y hasta hoy en día…
Al final la vida no viene a ser más que un equilibrio entre las cosas buenas y las malas, entre las alegrías y las penas, los días de vino y rosas o de sangre, sudor y lágrimas. En ocasiones, esos dicotómicos momentos se entrelazan y mientras sufres y lloras sucede algo que es un rayo de esperanza, que brilla y calienta más que nunca porque en medio de la desolación una flor es más que protagonista…Y entonces se crea una situación que personalmente me desasosiega mucho, ese algo ilusiona y crea en el ánimo un estado similar a la felicidad, si no es ésta al completo, pero a la vez sabes que hay dolor a tu alrededor y que hasta ese instante lumínico y alegre sólo había lágrimas y te sientes mal por estar o haber estado contenta.
Lo que ocurre, por lo general, es que no hay mucho tiempo para pararse a analizar las cosas, llega arrasando el día a día, la cotidianeidad o lo extraordinario y las reflexiones se echan a un lado para continuar viviendo, pero esa inquietud queda adherida al alma.
Supongo que la solución es revestirse de ese presupuesto sentido de lo cartesiano que tienen los germanos y hacer parcelas con la emoción. Disfrutar como nunca de lo bueno y tener templanza cuando vienen «revirás» (que se dice en mi tierra), aunque la verdad es que esto no debe ser nada fácil, mi sangre sureña por lo menos, no sabe hacerlo.
Mes: diciembre 2013
OJOS RASGADOS
La primera vez que te tuve en brazos me miraste con esos ojos atrevidos, te hice cosquillas y me sonreíste. No lo olvidaré en la vida. Tu madre me contaba un montón de cosas a las que yo no prestaba ninguna atención porque te habías convertido en un imán, en una personita que me había conquistado desde el primer momento.
Con ese pelo tan corto y tan rubio, parecía que no existía, esos ojos rasgados y ese pegote de nariz que casi me hacía plantearme como podías respirar, estabas siendo el rey de mi fiesta, mi tema de conversación favorito, y sé que llegó tu hermana a pedir su trocito de atención y recuerdo que vinieron corriendo también mi hija con una amiguita y yo por todo saludo les enseñé la dulzura que tenía en los brazos y ellas, en el tiempo que dura la atención de una niña de tres años, juguetearon contigo mientras tú, ¡ay, sinvergüenza!, te dejabas querer.
Cuando tu madre decidió que te estaba malcriando demasiado, que era hora de irse y que te sentabas en el carro no me gustó la idea, tuve que obedecer y volver al mundo real pero con la misma desgana que me ponía a ordenar mi cuarto cuando era pequeña. De ese carro te liberé muchísimas veces hasta que empezaste a dar los primeros pasos y entonces pasé a correr tras de ti.
Durante años te vi crecer y hace tiempo que no te veo, los kilómetros y las circunstancias han hecho mella pero no te olvido, me cuentan que estás hecho un hombre de diez años, un tío independiente y resolutivo, guapo y meloso, y siento mucha envidia de los que te tienen cerca porque tú has sido una parte muy importante de mi vida y ahora me faltas.
Tengo guardado el calendario de cuando participaste en él con la Asociación, nos contó tu madre que fuiste un protagonista indiscutible, mano a mano con Miguel Ríos, que enamoraste a todos y a la cámara. ¡Cómo no! Es que no podía ser de otra manera…aún no te conocían.
Un día, mientras tu hermana jugaba con mi hija, tú no te acuerdas, yo jugaba contigo con cierta dificultad porque estaba embarazadísima y una señora mayor, sin mala intención -supongo-, me dijo que tuviera cuidado que era tentar a la suerte, que igual mi hija salía con síndrome down como tú. Me revolví como una fiera, lo reconozco, dispuesta a ser tajante y mordaz pero de repente vi tu carita, me serené y le dije con todo mi corazón: «ojalá mi hija sea tan maravillosa como lo es él».
A Víctor, por la luz que puso en mi vida.
TE ECHO DE MENOS BELO
Empiezo a fundir el atardecer de hoy con el amanecer de mañana, una coctelera de espacio tiempo sin necesidad de agitar, una necesidad de hacer que se fundan las luces y sombras que me recuerdan tanto a ti.
Nunca fui de recordar los aniversarios de los fallecimientos aunque algunos son imposibles de olvidar y sin embargo siempre quise contar mi vida por cumpleaños y momentos vividos, en uno u otro lugar, en esta vida o en la otra, que no se si allí se sigue manteniendo el cumpleaños o cambia la fecha, pero como nadie se ha venido del otro lado a confirmarme -ni a desmentirme- mi creencia…la dejo tal cual.
Así que te recuerdo hoy por mañana, que sería tu cumpleaños, del día de San Francisco Javier, felicidades Belo, y tú con ese sello que dejaron en tu alma los jesuitas que te enseñaron lo que sabías, que era más que mucho, sin duda hoy ningún niño tendría tu sabiduría infantil, tu perseverancia y a la vez tu ritmo personal e incontestable, estoy segura que en ese lugar recibes mi felicitación. Ya sé, ya sé que no fueron solo los jesuitas, la Academia Militar hizo el resto, y la vida -supongo- otro poco, que en realidad era un mucho, y es que nunca conocí a nadie tan inteligente como tú.
Sólo tuviste prisa para llegar a los toros, podían zarpar barcos, despedirse los trenes o partir los coches sin ti, pero si se trataba de poner un pie en el coso taurino, eso eran palabras mayores y te volvías tan puntual que era difícil reconocerte. Aunque dicen que la edad te hizo un poco más blando y hasta llegabas a tiempo a alguna que otra cita.
Tus nervios siempre tenían como base común el Atlético de Madrid, ese que tantos sufrimientos te daba…o tantas alegrías que con ellos nunca se sabe, pero jamás fuiste contrario a ningún equipo. En la temporada que te fuiste, fue el año del doblete del Atlético, estoy segura que hiciste lo imposible por echar una manita allí arriba a los rojiblancos de tus amores.
Tu voz grave y sin complejos, amigo de todos, charlabas con obispos y charcuteros, con tenderos y catedráticos, nunca vi de ti un mal gesto hacia nadie, ni una ráfaga de clasismo. Leal como nadie, católico como ya no hay, si fuiste buen padre -que me consta- aún mejor abuelo. Yo no voy a decir que era tu favorita, porque tu corazón y tu justicia eran tan grande que era imposible que hicieras algo así, pero yo era la que más cerca estaba, la que más suerte tuvo de disfrutarte y con la que más discutiste…que todo hay que decirlo.
No voy a recordar el día que te fuiste, voy a recordar cada achuchón, cada beso, cada caricia y cada capricho que me diste y consentiste…no habrá nadie en mi vida como tú y sólo Dios -y tú que seguro que estás muy cerca- sabes cuánto te echo de menos.
EL EPÍLOGO DE ANA
La realidad es que Ana salió adelante, no fue fácil, si bien durante semanas se sentía desgraciada y no era capaz de salir a la calle sin dolor o sin que todo le supusiera un doloroso recuerdo, fue poco a poco recuperando su mundo, su vida. Se hizo millones de preguntas y ni una sola vez encontró una respuesta que le fuera válida, hasta que se aburrió de hacer el amago de contestarse.
Durante una temporada le pasaban las mañanas y las noches con una cadencia lenta, una sucesión en el tiempo que no podía parar pero tampoco hubiera hecho el amago de controlarlo. Se dejaba llevar sin necesidad de comer, de dormir, sólo las lágrimas, los recuerdos y alguna que otra obligación -que podía cumplir a base de fuerza de voluntad- eran sus compañeras.
De repente, recordaba, un día sintió calor y descubrió que ya estaba empezada la primavera, no tenía ningún mensaje que le hiciera concebir esperanzas pero ella tampoco cayó en la tentación de echarse atrás, lo último que le dirigió fue aquella carta y nunca obtuvo respuesta.
Así que con aquel jersey sudado se quitó la última capa de dolor y absurda esperanza, y liberada de abrigo, de cuerpo y alma, se fue a la calle a mirar la realidad con ojos nuevos. Y resultó que pese a su aislamiento, el mundo había seguido girando, la vida siguió sus pasos y las flores que comenzaban a salir provocaban las alergias y las alegrías a la vista de todos los años y supo, al mirar los colores sin filtro alguno, que todo había pasado, no sabía si se daría una nueva oportunidad frente al amor, pero tampoco le cerraba la puerta a la esperanza.
Ana miró al futuro porque nadie muere de amor.