Yo siempre quise tener unos vaqueros estrechos. Pero no unos pantalones de los que ahora se llaman «Slim fit», porque lo de pitillo no se admite con la nueva ley antitabaco. Me refiero a unos pantalones que fueran como fueran tuvieran una talla pequeña, estrechos de cadera.
Fui, soy y seré de cadera ancha, esto es como tener los ojos azules pero mucho menos atractivo y muchísimo menos agradable a la vista. Si no piensen en Paul Newman, anchito él y con los ojos marrones…¿a que pierde? Pues eso.
Lo de las caderas anchas estaba bien cuando era moneda de cambio para la dote o el trueque de cabras y camellos, porque presuntamente era signo de buena paridora. Entonces supongo que sería como un valor al alza o unos Manolo Blahnik, pero en la vida y en la época que me tocó vivir, las caderas anchas sólo tenían (y tienen) dos significados: gorda y culona.
Da igual que se critique a las modelos por ser escuálidas, no importa si algún ocurrente diga aquello de «así hay donde agarrar», aprovecho para decir que no tiene ninguna gracia. La verdad es que unas caderas anchas son inevitables.
De adolescente, y hasta un poco más crecidita, toda mi ilusión era limarme las caderas. La silicona mamaria hacía furor entre los sueños de las púberes pero yo sólo soñaba con quitarme los huesos de la cadera como otras se quitaron muelas o costillas.
Esos vaqueros estrechos eran para mi una meta, una utopía, y si malo era cuando la doctrina de la moda los proponía de tiro o talle alto -para que entraran las caderas, la cintura bailaba así que: te lo arreglaban o te apretabas en un cinturón cual lechuga (de las de antes, cuando sólo había de un tipo y venían con una cinta negra o goma pringosa amarrada)- peor fue cuando la dictadura del jeans optó por los vaqueros a la cadera, que si bien resolvían el problema anterior, el ancho era superior y, por tanto, el tamaño de mi vaquero siempre era de mayor anchura.
Hubo un momento en mi vida en el que adelgacé mucho, rápido e insensatamente, y tuve unos vaqueros estrechos. Sólo fue en ese momento. Lo triste, o la moraleja, es que en aquel momento no era consciente de que lo eran, los veía tan anchos como siempre y me sentía más gorda que nunca.
Ahora ya no entro en esos vaqueros estrechos, que guardo con cariño, y no creo que lo vuelva a conseguir – ni a intentar-. Seguiré queriendo ser una niña (una mujer ya…) de vaqueros estrechos y lo soy porque aunque voy aprendiendo a gustarme, cuando me sueño, me sueño enfundada en unos flamantes vaqueros estrechos.
Mes: septiembre 2013
ANGUSTIA EN PLATA
Reposó suavemente las manos el regazo y el pequeño sobre resbaló por el tafetán de su vestido y cayó sin ruido alguno a la mullida alfombra. Pensó en incorporarse y recogerlo y sin embargo siguió con los ojos cerrados, la cabeza recostada en el alto respaldo y simplemente anotó en su memoria que tenía que volver a tenerlo en sus manos a la mayor brevedad.
La noticia, aunque se la hubieran traído en bandeja de plata, no dejaba de ser una preocupante comunicación.
Un suspiro de angustia le paralizó la respiración y la sostuvo ahí, dejando el aire en el pecho perfectamente encorsetado y con una desconcertante suavidad, lo fue expulsando.
El crepitar del fuego la acompañaba en el final de este agosto cálido durante las horas centrales del día pero frío mientras avanzaba la jornada y para ella, a estas horas helado, sin duda le iba recordando que el otoño llamaba a la puerta. Con el cambio de estación definitivamente volvería toda la alta sociedad a Londres dejando atrás las residencia de verano o los elegantes viajes por las costas de Europa, y cuando esto sucediera…¿cómo ocultar lo imposible?
– Disculpe señora, ¿Le enciendo la luz?
Un breve gesto con la cabeza y un susurro de agradecimiento le hicieron abrir los ojos tras varios parpadeos algo ortopédicos. La había envuelto la oscuridad y no había sido consciente y ahora la luz parecía su conciencia.
El fuego fue convenientemente avivado y la tarjeta junto con su sobre volvieron a la bandeja de plata sin la más mínima curiosidad por parte de su viejo y fiel mayordomo que se fue sigiloso sin saber lo que aquella línea de tinta ocultaba.
Mientras él salía de la estancia tuvo una sonrisa dulce y triste hacia la persona más fiel de su vida, su impasible Alfred, qué sería de él si todo se descubría…
Giró leve y elegantemente la cabeza a la mesita del café y allí estaba el principio del fin. Inútilmente intentó recordar cuándo apareció esa bandeja para el correo en casa, siempre estuvo ahí, como los sillones confortables, las tostadas del desayuno y el saberse a salvo. Volvió a recordar el contenido de la misiva pues lo tenía grabado en la memoria y se estremeció.
Echaba de menos a su marido, le dejó en buena posición, no era una de esas viudas venidas a menos, no tuvieron hijos y sus sobrinos eran, por ahora, distantes con la fortuna que presumiblemente iban a recibir. Eran chicos cariñosos, eso era cierto, pero no podía acudir a ellos.
¡Ay, George, querido! Seguro que tú sabrías que hacer frente a tan burdo chantaje, tú sabrías como solucionarlo y que a la conservadora sociedad victoriana no le llegara ningún horrible rumor, por cierto que fuera, que lo era.
En eso no podía engañarse, era verdad, terriblemente cierto pero no podría soportar la cárcel o aún peor…el vacío social. Sucumbir al chantaje también es una opción, pero poco fiable. Sólo George sabría arreglarlo…se enfadó consigo misma
¡Demonios, George! ¿Por qué tuve que matarte?